Sueño Tóxico


En el viaje al funeral, un primo hermano me presentó a su otro primo. Me habían avisado que la prima pereció bajo las piedras en un terremoto.

Mi tío jamás reconoció a sus hijas de una mujer con quien convivió bajo una carpa de refugiados por el desastre de otro terremoto. El primo quería verse con su parentela luego de salir con vida de una dificultad. Balacera con final cercano.

Terremoto

Con el viaje madrugan llovizna y tormentas a un pueblo entre montañas en las lomas al Pacífico. Parada en Buga ante el templo del Cristo Milagroso, oraciones en la misa por el aparecido y la difunta. Viajamos entre cerros, rastrojos y arboledas, casas desbaratadas, deslizamientos, grietas de terremoto. Daños que se prolongaban en la cordillera.

Con la devastación, había hombres apostados con armas a lado y largo. Otra emergencia, reconocí en ellos a varios primos de otra rama familiar, alguno perdido en un tiempo desconocido con su paradero; a pesar de eso, tan jóvenes como si los años y los temblores jamás hubiesen pasado por sus vidas.  

Llegados donde mi prima difunta, saludé y llegó un pelotón de armados; me preguntaron quien era, mostré documentos y me llevaron prisionero. Me ataron a un guayacán junto a una escuela, al lado una grieta de la que salía humo azufrado. Habían hombres ancianos, jóvenes y gente conocida de quienes no recordaba sus nombres aunque persistían en mi memoria visual. Con ellos Fredy con otros parientes de Cali.

Entre guerrilleros y captores hicieron un anillo de seguridad para unas personas que llegaban, un círculo que se movilizaba al ritmo del movimiento de los personajes protegidos. Los cuidaban de sus enemigos y para que no se los tragaran las hendiduras de fallas geológicas abiertas por el terremoto.

Arribaron a la escuela por un paso entre tablones y andamiajes que eludían las oquedades, habría una reunión secreta, algo así como una convención de narcos. Estuve cerca y entendí, hablaban de sus negocios y asuntos como la reciprocidad entre sus escuadrones armados, su seguridad y la necesidad de imponer silencio en sus territorios hacia el Pacífico. Compartían un vaso del que tomaban una pócima para su inmunidad, un brebaje para que no les hicieran daño las balas y otras armas, era un preparado específico para ellos, por un brujo peruano, para hacerse invisibles a toda autoridad.

Cuando salían con sus maletines, asomaban billetes rojos y verdes. Un cojo con su muleta plateada, se apoyó en una señora enana, maletona, su barriga enchapada con un cinturón enorme para su estatura, en su hebilla de metal muy brillante relucía un botón de diamantes que al oprimirlo emitía un rayo láser enceguecedor para quien quisiera reconocerla.

Otro capo altísimo, muy flaco, era a quién más cuidaban al pasar por los huecos. Vestía con guayabera rosada y pantalón azul, el sombrero granate oscuro le ocultaba sus manchas de vitíligo en la frente y una nariz partida en dos durante una pelea en otro terremoto; sabía y combatía a sus enemigos, aunque estaba perdiendo la pelea con las células inmunitarias que destruían los melanocitos en su piel; iba con acompañantes semejantes, también vestidos con pantalones oscuros y guayaberas verde manzana, azules y blancas; todos caratejos, en cada pelea les aparecía un nuevo mapa del carate en cualquier parte del cuerpo.

Caminaban, el anillo escoltador se movía entre jovencitos aprehendidos para hacerles otro cerco. Los vecinos corrían cuando estos escoltas tocaban sus cuerpos con bocas de armas que transmitían el carate, a cada tramo el grupo transitaba con cambios de ritmo acordes con los jadeos de sus capos y sin desbaratar los anillos de protección.

Sin ser notado y fugazmente, me fui alejando entre la profundidad de una de las tarjaduras que partió un montículo frondoso de guaduas gordas. Con pocas personas, percibí cuando el personaje que me ceñía al anillo subía por el borde de mi atajo y me dejó hundido y solitario, aún rugía el terreno con estertores de terremoto. Corrí hacia una esquina en la entrada al poblado.

Me escondí en un callejón con casas derribadas. Me reconocí con familiares. Los seguí a la casa donde velaban a mi prima muerta. La habían depositado en lo profundo de una fosa abierta por el seísmo. Cerca estaba su fogón de leña a lado de la cocina del rancho, una ramada descubierta de sus hojas de cinc y cartones, la tierra del piso ardía, brotaban humo y chispas, candeladas. Mis primos rodeaban el hueco sentados en bancas de cedro.

Habían cubierto el cuerpo con piedras de colores que destapó el bramido del temblor, también se veía un cúmulo de cantos rodados de varios colores en el fondo de la fosa, le taparon con flores de monte, sentí su aroma llamado caballero de la noche, también emitían fragancia las azáleas de las seis de la tarde. En un un dedo extremo del pie de la difunta, le reconocí un lunar y la uña partida desde aquella hora lejana de niña cuando la pisó Matusalén, el caballo del abuelo, huíamos despavoridos entre peñascos por otro terremoto.

Al momento llegaron cuatro de aquellos hombres que me habían capturado, me recriminaron porque abandoné el sitio donde me retendrían. Expliqué: por qué, si me encontré solo entre un precipicio cuando me botaron los hombres del anillo de seguridad y nadie me impidió llegar hasta donde estaba mi familia en duelo.

Entre estos iba uno de la familia de la difunta. Me regresaron hacia un poblado rural, vi montañas con árboles altos desde donde se descolgaban campanas de borrachero, flores blancas sagradas de las que extraen la belladona, esa flor que convirtieron en mito cuando compenetró al yagé.

Continuamos por callejones con casas desperdigadas a punto de caerse. Me unieron con varios hombres en la esquina junto a la escuela. Niños uniformados de milicianos hacían el anillo de vigilancia; luego, a las ocho personas que estábamos ahí, nos enfilaron para un protocolo de fusilamiento, atados con cintas de cuero, uno al otro por cada brazo y otra amarra en las piernas, una a la del otro.

Una escuadra de fusileros se enfiló a metros para sus disparos, otros nos hicieron voltear con empujones y patadas al vernos a espaldas. Atados como hilera unida de pies y manos, los de cada extremo enlazados a los árboles, sentí estallidos de sus descargas y percibí con el rabillo del ojo los fogonazos que vomitaban las armas. En un tiempo con escenas detenidas, conté las fracciones e instantes de un segundo, vi que se acercaban los proyectiles por un agujero de espacio y tiempo continuo a mi instante mortal, pedí a ese espacio y tiempo infinitos que jamás me perforaran.

Terminaron las descargas, se fue el escuadrón de fusilamiento.

Se acercó una mujer. Con fe en la vida nos desató y comenzamos a caminar por un sendero hacia la plaza. Poco a poco los hombres baleados caen, agonizantes, extenuados con sus heridas, dejan gotas moradas y manchan el camino. Yo proseguía de nuevo por entre el surco que dejó el terremoto, los crujidos de la tierra amartillaban paredes de roca, dentro de mi cabeza se fueron derribando cosas, unas piedras contra otras les daban un ritmo de tun, tun, tun y me alejaba del lugar sin sensaciones dolorosas. Poco a poco se paralizaba mi brazo derecho y rodaba sangre desde mi omóplato. En sus bordes los chorros tenían partículas brillantes que hacían una línea roja a morada por donde se derramaban mis culpas. No estaba seguro donde estaba perforado, o si recibí uno o varios disparos.

Estaba lúcido y débil. Busqué el hospital. La gente me eludía, cuando comencé a flotar en el aire nadie notó mis aleteos, nadie me enviaba señales. Algún signo me llegaba de una casa con letras de jaculatorias y de allí otra indicación me guiaba a otra plegaria. Desde ahí solo recuerdo una travesía larga y al costado niños uniformados de milicianos que jugaban con sus armas.

Llegué de nuevo hasta aquella casa donde estaban mis familiares, anuncié que estaba herido, pero no oían, no me percibían. Lloraban, no me veían, me ignoraban; les hablé a gritos, no parecían escucharme. Yo no sentía dolores, ni siquiera sentía mi cuerpo, ya no me percibía en mi presencia física y todo el ambiente se fue volviendo rojo. Nubes rojas, cielo rojo, rayos morados, árboles rojos y mi cuerpo se difuminaba entre una nube rosa.

Un remolino de viento rojo y rosa me elevó hacia un agujero espiritual, giré entre el ojo del torbellino e ingresé a un tornado de aire caliente y un agujoro encegucedor. Me disparé entre un chorro de polvo de cocaína que volaba entre el remolino. Hallé mi cuerpo rodeado de narcos voladores, sus billetes salían de sus maletas, flotaban en el remolino; ahí de nuevo niños milicianos abatían sus alas en su círculo protector de mi presencia y volaban entre papeles verdes. En esa espiral de aliento narcótico mil narices aspiran cocaína con una fuerza que me atropelló hacia un conducto que se fue estrechando hasta cuando el rojo se hacia cada vez más oscuro y mi mente y mis percepciones del mundo y de la vida se disolvieron.

No me pasó nada, no vi nada, todo eso me parecía normal, eso era la vida en la realidad nueva que me envolvía. Termine en un nuevo terremoto cuando nuevas autoridades celebraban una nueva fiesta en otra vida de narcos.

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Volcanes infinitos de leyendas


En Tonga el planeta estaba silencioso entre la lluvia y el sol. La evolución molecular agitaba una actividad genómica de hormigas.

Surgían, se transformaban, exploraban el punto más húmedo de la isla, agitadas, hacia un promontorio donde brotaban sustancias verdes de hongos recién creados en aquel espacio. Bajo el infinito el caos y la inmensidad del océano circundante.

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Habían llegado los primeros lapitas, hace 3500 años. Mientras pescaban, una explosión cubrió y envolvió de cenizas al naciente conjunto insular del Pacífico e inundó el todo de agua. Fueron días de oscuridad.

Milenios después, al lado opuesto del planeta, en un edificio de la Plaza Italia en Buenos Aires, Milena, mientras leía estas cosas, recalentó un café de mal sabor, se bebía el primer sorbo cuando sintió aquella explosión en la boca del estómago y el sabor del café le supo a ceniza de volcanes. Caviló un presentimiento y recordó a la Madredigua. La conoció en cuentos de abuelo en su tiempo de niña; él habló de una tierra calladita, sin el croar de las ranas cuando no existía nada, ni siquiera la nada de la nada. Luego no se sabe de dónde supieron los cronistas, las aguas de la laguna de Iguaque se agitaron, surgió una luz con resplandores que jamás supieron nombrar. Entre esa luz la vida parió a Bachué.

Milena leía que, en ese mismo caos de tiempo, espacio y energía terrestre, en alguna isla de Indonesia, explotó el Pinatubo con una erupción de varios días. Meditó. Pensó desde una dimensión situacional, más compleja del mismo tiempo y los elementos de la vida. Se interrogaba; por qué, entre una cápsula de genomas, moraba la estructura de una nueva vida. Aquellas energías la movían, migraba un origen protegido entre millones de toneladas de gas dióxido de azufre, subía y daba vueltas en la estratosfera, esa atmósfera superior.

Monumento a Chía. Diosa Luna. Parque principal Chía- Cundinamarca

En esa cápsula de luces y energías, iría el germen que envolviere a un niño de tres años. Gases se combinaban con agua de los mares y un torrente de nubes, el agua creaba partículas aéreas de sol que se reflejaron y dispersaban, algunas de los otros rayos de otros soles, bloquearon la superficie. Entre una helada con luces de oscuridades, la cápsula transportadora llevó al niño al lado de la Madredigua que llamaron Bachué.

La diosa muisca de los cuentos del abuelo recibió del agua de la laguna Iguaque a un niño de tres años.

Allá en la Polinesia la vida transcurría entre erupciones de volcanes submarinos, las islas aparecían, las poblaban y se las volvía a tragar el mar. A Tonga, Samoa y Fiyi, llegaban exploradores españoles, guerreros, aventureros, borrachines. Católicos y Metodistas. Las leyendas de sus dioses, Maure y Rupe, hijos de las luces de miles de estrellas, bajaron como energías entre un coco gigante enviados por Rangi, el padre del gran cielo. Entre idiomas, contagios de enfermedades y doctrinas impuestas, leyendas se perdieron.

En Colombia, al altiplano de los Muiscas llegaron españoles, alemanes y aventureros a recoger aquella luz de estrellas, la energía de los volcanes y el germen vital del agua que las leyendas habían transformado en oro. Se enceguecieron con el oro, contagiaron a los pobladores Guanes, Yarigüies, Muiscas, chibchas, caribes todo pueblo indígena. Una trasmutación de enfermedades y leyendas con curas doctrineros y dioses nuevos. Santos de Sacristía. Dudosas vírgenes de madera opacaron a Chía la diosa de la luna. Bajo la luz de Sue, el dios del sol, se llevaron el oro y los caminos se llenaron de cruces.

Milena pensaba y leía, añoraba el café de la abuela y se dedicó la tarde a trazar caminos de leyendas en un mapa donde marcó también la explosión nueva de los volcanes que anunciaban las noticias.

El poder y efecto de las palabras


Humanos parlantes y simbólicos. Nada expresa mejor lo que somos que las palabras. Cada persona entre la artillería de sus propias palabras, tiene su tono, ritmo y melodía.

Podemos vestimos a la moda y creernos distinguidos con marcas exclusivas; sin embargo, cuando nos relacionamos, sea en los negocios, en acuerdos sociales, la vida familiar y entre amigos, se distinguen quienes mejor suenan con sus palabras; pero esto, es contrario al hablar mucho, o no dejar hablar a los demás, implica hablar bien y saber escuchar.

Declara Ludwig Wittgenstein: «Los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo». No podemos sustraernos de las limitaciones de nuestro lenguaje, existen espacios de ceguera en nuestro conocimiento, sea por las ideas del mundo que hemos desarrollado, por prejuicios y creencias muy patentes, las impresiones que marcaron nuestra experiencia como el fracaso, la violencia, los logros, la compañía de un mentor, el lenguaje en el dominio de una profesión.

No enceguecen las emociones que nos impiden escuchar y ponen a nuestra mente loca en alertas para refutar o rechazar a quien escuchamos. Sabemos y aprehendemos con la capacidad lingüística. Al escuchar podemos comprender el lenguaje y emociones en el mundo del otro, aunque no podemos entenderlo siempre y toda hora, porque primero está en nosotros la individualidad.

«Si ‘los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo’ quizás sea bueno ir más allá de centrarnos en un diseño web u otro. Abrirse y aprender desde otras materias es clave. Incluso si son dispares» @fernandezcoca

Ser persona es un manejo humano como actor entre la vida. Alguien me dijo: “per” saber ser, “sona” saber sonar. Conocemos personas que hablan poco y despliegan un talento y experiencia muy efectiva. Siempre aprendí de un empresario del pollo asado, gran señor a quien había escuchado muy poco; sin embargo, cuando sus trabajadores me lo hablaron comprendí sus efectos.

Admiro a un hombre de mi región quien sabía sus pasos y avanzaba en un tiempo azaroso, estuve cerca de él en un tiempo político, sonaba como un buen gago a quien sus imitadores resaltaban sus muletillas. Le estudié sus gestos y lo comprendí como el más atento al escuchar, le aprendí que en el día son necesarios e importantes los minutos para relajarse, pensar y meditar en sí mismo y en la vida, tras esa disciplina decidía con los pasos acordes a su intuición, producto de un saber y una experiencia bien lograda, cuando fue presidente de la nación, actuó acertado a las demandas de la vida política y social como un estadista.

Fue menos asertivo en momentos y lugares propios del poder o los cargos públicos, aquellos cuando sus aduladores rodeaban al jefe en una jaula de cristal que le enceguecía el contacto con la realidad, la presión de los medios de comunicación y algunos lobistas le influenciaron algunas de sus decisiones como voceros de intereses privados o fuerzas políticas. A pesar de esas debilidades, cuando escuchó, procuró y orientó las conversaciones más decisorias, los escenarios expertos y representativos como la Asamblea Nacional Constituyente, fue convincente y orientador, los ciudadanos entendieron el valor de sus votos en ese momento, los delegados electos se escucharon, dialogaron y definieron las reglas básicas que regirían la nación.

Fueron otros tiempos, las personas cambian cuando se enceguecen con su ambición y se transforman en lo contrario a lo que fueron en sus tiempos más brillantes.

Soy Casilda, negra libertaria y mito


Me llamaban «Negra Casilda». Dicen que fui una líder Malí reconocida ante los hacendados vallecaucanos, lideré fugas de esclavos; ayudé a los míos, afrodescendientes, en su rescate por su dignidad humana. No esclavos. Eran sueños de negros cimarrones.

Dizque soy Casilda – El historiador Felipe Arias Escobar publicó en Twitter lo que desmiente la historia de Casilda Cundumí Dembele, heroína afrocolombiana que se rebeló contra los esclavistas del Valle del Cauca en el siglo XIX. En sus trinos, el experto, según dice el mismo, detalló qué este “cuento solo existe en Facebook”. Aunque también está en LinkedIn y otras fuentes.

Había nacido en Malí – África en 1823, escriben. Secuestrada con mi padre y prisionera en un barco negrero llegamos a Colombia, fui examinada como un ente sin alma, me valoraron sana y fuerte. Fui encerrada en el barracón del maestre del navío. Me negociaron desnuda en el mercado de esclavos de Cartagena. A mi padre lo sacaron y me entregaron al comerciante español Pedro González; más traficante aún, me revendió a un hacendado vallecaucano para que trabajara en sus plantaciones de caña de azúcar de los ingenios en Palmira.

En aquellas plantaciones afronté con rabia y entereza mi destino. Ya actuaría con rebeldía libertaria. Inconforme e incomprendida en la tierra feudal, logré el habla española y escribía mi sueño. Me reconocí igual a esos amos y compartí esa sensación a los negros. En 1840, narran quienes han escrito sobre mí, acompañé y di aliento a cuarenta y cinco esclavos inconformes por maltrato; nos fugamos a las montañosas y creamos el Palenque de los Ceibos en una rivera del río Amaime. Sitio fértil y rico en aguas, donde la pesca y el trabajo aseguraban la subsistencia libre.

CASILDA GRITO DE LIBERTAD – CASTING | UN FILM DE DERBY ARBOLEDA | CALI – COLOMBIA

Mi historia se repite en varias fuentes y es confusa. Dicen que con un criollo tuve cinco hijos, que él también ayudó a varios esclavos a liberarse y terminó fusilado en la plaza pública de Palmira.

Que aprendí a leer y escribir cuando viví con un español criollo, padre de mis primeros cinco hijos; hombre sensible, quien me apoyó y actuó como intermediario para que los negros de varias haciendas se fugaran. Lo fusilaron en 1857 en la actual Plaza de Bolívar de Palmira, Valle del Cauca, acusado de traición y conspiración.

Escriben que con el negro Anatolio Chalá Lucumí, mi amigo esclavo liberto de Guapi, tuve otros nueve hijos.

Promoví la huida de más esclavos; fui capturada, ahí sin libertad, me asesinarían y descuartizarían. Así atemorizarían a los cimarrones y esclavos en cautiverio para que desistieran de escapar de la esclavitud. Dizque escapé con mis prácticas de magia y brujería. Toda mujer rebelde termina memorizada como bruja.

Como mujer guerrera y libre, no me dejé humillar o maltratar por los blancos, ni los negros. Quienes escriben, insisten en mis mencionados saberes de magia y medicina natural. Yo sí curaba con hierbas y semillas, como cualquier madre y mujer, son lecciones de la selva y la tradición. En especial sobre picaduras de serpientes.

Como devota de mis dioses africanos, no acepté el Catolicismo, esa religión de verdugos y esclavistas. También por eso fui descrita como bruja y adoradora del diablo.

Me describen esbelta, alta, cantadora africana y con mi buena tonada nativa para el sangaré, mi voz cantora con pocos tonos; entonces, tocaba la marimba y los ritmos se me sentían, orgullosa de mi piel negra.

Dizque yo, La Casilda, tuve un segundo marido llamado Juan Gregorio Caicedo Caicedo, que había nacido en Guapi, Cauca -Colombia. Un hombre curandero, brujo hechicero y también rebelde, quien después de haber sido declarado en libertad, salió de Guapi a Cali donde trabajó como jornalero en el Ingenio Manuelita de Palmira. Escriben dizque me conoció a mí mismita, La Casilda, que nos casaron ante un cura y tuvimos nueve hijos. Dizque soy Casilda quien tuvo catorce hijos y más de sesenta nietos.

Dizque soy Casilda, la que muchos años después reencontré a mi padre, a quién no veía desde cuando me vendieron como esclava en Cartagena. Dizque mi padre era un «Hougan» o Sacerdote Vudú a quien también trajeron de Malí en el mismo barco negrero. Dizque él me transmitió, a Casilda como hija, sus conocimientos secretos y me apoyó con la causa de los negros Cimarrones para que lograran su sueño de libertad.

Por ahí la memoria se me confunde con tantas versiones porque habría vivido mucho más de ciento veinte años.

Que después del encuentro con mi padre, me infiltré de nuevo como jornalera en las plantaciones de caña, dizque di a los esclavos un polvo tóxico y narcótico y cuando terminaron su jornada, lo echaron en la bebida de los blancos. Que así huyeron y se unieron al Ejército Negro. Que igual sucedió con las esclavas de la cocina; así como esto, lograron muchos esclavos escaparse para unirse a la causa libertaria. Porque escriben sobre mí que Casilda, el 14 de febrero de 1862, llegué con más de cien negros, mulatos, e indígenas, cuando vencimos al Ejército Criollo de Palmira.  

Dizque La Casilda muere en octubre de 1945 en Palmira y no pudo ser enterrada en un cementerio; por que los blancos, influenciados por costumbres y creencias religiosas, decían que ella no era digna de enterrarse en un panteón cristiano porque era «negra», aún más, por qué, si fue considerada una rebelde, enemiga de las autoridades civiles, eclesiásticas y militares, que en el siglo XX, seguían considerando como un delito grave que el negro se rebelara y luchara por su libertad.

Entre tanto escrito; la tengo clara, porque fui una negra real, me transformaron en bruja y también en mito. Casilda Cundumí Dembelé, libertadora de los negros en el Valle del Cauca. Mujer fuerte, valiente y longeva. Quien vivió los últimos años al cuidado de una de sus nietas. Soy leyenda y morí a la edad de 122 años.

Fuentes hay varias. https://enciclopedia.banrepcultural.org/index.php/La_Negra_Casilda

Saludo al 2022


He recibido de mi hijo Alejandro, un mensaje que les comparto. Su manifiesto personal para comenzar el año

 

https://alejgah.blogspot.com/2022/01/manifiesto-personal-para-comenzar-el-ano.html

Finalizaba el año, me llegaban mensajes con energías y esperanzas, deseaban mejor salud, amor, unión familiar, dinero y éxitos. Me gustó recibirlos, traté de retribuirlos para que quien los lea sienta la felicidad que me da leerlos y sentirlos; así que, de mi parte les comparto lo que se me viene al pensamiento en estos días, creo que me será útil para el trajín en este nuevo año y  lo que quiero en mi vida. 

Mi nieta Agustina también les saluda en el nuevo año
  1. Enfoque; cuida con atención  esa meta personal, familiar, laboral, financiera, física, espiritual que queremos lograr;  que nuestra disposición, tiempo, energía se destine en eso;  hay que estar pendientes de descartar todo lo que nos distrae; que nuestro tiempo sea en hacer una sola cosa a la vez, y la paradoja es que así vamos a tener más tiempo.
  2. Nada que pedir, todo por agradecer; la gratitud atrae y nos quita esa incertidumbre de estar esperando de los demás.
  3. Cuiden su familia, traten de estar presentes, vivan pendientes.
  4. Se piensa mucho el propósito y no el camino; éste se recorre minuto a minuto con una sumatoria de acciones pequeñas y constantes, lo clave es cuidar el camino, es decir la atención, la energía, la ruta trazada y todo lo que llega a nuestra mente,  Khalil Gibran decía  «La tortuga puede hablar más del camino que la liebre».
  5. Las redes de contactos y amistades se construyen dando, de esta forma va a estar más en nuestras manos la labor de hacer vínculos, conocer personas, y van a llegar a nuestras vidas las personas que necesitamos. Sigan compartiendo todo lo que los haga felices, hay que sacar provecho de esa facilidad que nos da las redes. 
  6. Así como se es cumplido con el horario de trabajo se debe ser con el de descanso, respeten las pausas y es mejor forzar la hora de acostarse que de levantarse. 
  7. Cuidar la mente y el cuerpo, todo lo que entra y sale; eviten ver y compartir noticias, chat, videos amarillistas, disminuya el tiempo en redes sociales allí se ve otra percepción de la realidad, no la nuestra, eso nos aparta del camino; escuchen a su cuerpo, que no sienta bien, que no entra bien, que cansa más, que quita el sueño. 
  8. Se viene un año difícil por lo que vamos a ver y escuchar,  se van a mover muchos intereses (no son los nuestros), la política se alimenta de las pasiones y nos desdibuja, va haber mucha información tóxica, muchas mentiras y mucha difusión, antes de creer y opinar verifique y,  vuelva al punto anterior. 
  9. Van haber momentos malos, la buena noticia es que todo pasa y es susceptible a mejorar.

Como todo en esta vida, tome lo que más sirva, yo haré lo mismo, la idea es estar presentes, la atención es el recurso más valioso que tenemos. 
Alejandro Gamba H

Ladrones del tiempo


Por Abdumominov Abdulloh
Historia tomada en https://williwash.wordpress.com/

 Una revista que profundiza en todas las cosas LIFE para promover la creatividad

Autor: Abdumominov Abdulloh
Alumno de la escuela núm. 102, distrito de Shayhantahur, Tashkent, Uzbekistán.
Edad: 13

Soy Doniyor. Mi vecino Abdullah y yo nos hemos hecho amigos cercanos. Un día no pudimos encontrar ninguna forma de divertirnos. No teníamos ningún objetivo. No sabíamos qué hacer. 

Cuando estábamos haciendo algo con un trozo de madera, mi padre despertó de repente. Con los ojos entreabiertos dijo: “¡Oigan, ladrones de tiempo! ¿Estás perdiendo el tiempo? No entendí en absoluto el significado de los «ladrones del tiempo» de mi padre. 

Quería preguntarle, pero se quedó dormido. Mi amigo Abdullah también le preguntó: «¿Somos ladrones
Cuando amaneció, entró en su casa. También me dormí por el cansancio. Pensé que llegaría tarde a la escuela; así que, rápidamente lavé mi cara y bebí té a toda prisa. No recuerdo que comí. Pensé que llegaría tarde, pero la clase aún no había comenzado. 

Tan pronto como llegué, entró la maestra. La saludamos con respeto.
“¡Mis queridos alumnos! Estoy encantada de verles. Mi alegría no tiene límites»
Justo cuando nuestra maestra nos explicaba un tema, uno de mis compañeros de la clase, entró y dijo: «Maestra, lamento llegar tarde hoy».

“Doniyor, no llegues más tarde”, le dijo la maestra. “Esta vez te perdono, pero la próxima te castigaré”.

“Queridos estudiantes”, dijo, “deben construir una nueva Uzbekistán y al mismo tiempo justificar la confianza de sus padres, dispuestos a dar la vida por ustedes. Si te vuelves famoso, estaré orgullosa de decir en la calle que le enseñé a este alumno, dijo.

Estas palabras de mi maestra tuvieron un efecto especial en mí y aumentaron mi confianza en mí mismo. Varios susurros comenzaron en el aula. ¿Vendrás a mi cumpleaños mañana?

También escuché aquellas palabras. Estaba claro que nuestra maestra también escuchó estas palabras. “Ladrones de tiempo”, dijo ella. Su aguda mirada a los estudiantes estuvo marcada por el pesar. “Ladrones del tiempo”.

Escuché estas palabras de mi padre mientras jugaba con mi amigo. Por eso no me sorprendió escucharlas. Mis compañeros de clase se quedaron atónitos. Doniyor temblaba de miedo, como si yo, su amigo Abdullah, hubiera cometido un crimen.
«Donante, ¿por qué tiemblas?» preguntó la maestra.

“Nos llamaste ladrones, ¿no? Después de todo, ¿no se castiga a los que roban?»

Curso acelerado sobre Uzbekistán, la cara visible de los "stan" - Marcando  el Polo


Marcando el Polo
Curso acelerado sobre Uzbekistán, la cara visible de los «Stan» – Marcando el Polo

Los ladrones de tiempo son castigados por el tiempo mismo. Al hacerlo, quien roba el tiempo, se está lastimando a sí mismo. » Un profesor lo dijo.

“Maestro, no entiendo en absoluto el significado de esta oración. Cuéntenos sobre el robo de tiempo «.

“Por lo general, los que roban son castigados”, dijo la maestra. “Los ladrones de tiempo no son una excepción. Es cierto que el ladrón del tiempo no es castigado. Ni siquiera es responsable ante la ley. Pero perder su tiempo ahora equivale a robar su tiempo, su futuro

Quien dedica todo su tiempo a la ciencia, ahorrará tiempo y se convertirá en una persona madura en el futuro.

Oh. mi amigo Abdullah y yo somos los ladrones de nuestro futuro. Doniyorm pensó. Estas palabras del maestro inspiraron a Doniyorm, y, en ese momento, se dio cuenta de lo que era un “ladrón de tiempo”. Incluso llegó apresuradamente a nuestra casa: “Anvar, ¿estás ahí? … A partir de hoy, puedo decir que entiendo el valor del tiempo.

“Sí, Abdullah, entiendes, ahora no estamos robando nuestro tiempo, solo estamos siguiendo el camino del conocimiento. En el futuro, estaremos entre las personas maduras mencionadas por mi maestra. Estoy de acuerdo con usted. ¡No pierdas tu tiempo! ¡Siempre recordaré que es un trofeo!

Revista de la UNAM «Pensar el tiempo. «El tiempo es una gran interrogante. ¿Qué es? La filosofía y la física responden cada una a su manera. Sergio Freidberg en entrevista con Yael Weiss nos introduce a las ideas que opusieron a Heráclito y a Parménides, a Einstein y a Bergson. Controlar el tiempo no significa comprenderlo

Saludos. Navidad entre duda y asombro


Aquella semana la mente de Juan David enfrentaba al engendro de un niño Dios invisible y otro transformado en muñequito en el pesebre de la casa y su Dios robot comprador.

Había construido al suyo, lo armonizó con una alianza de personajes de videojuegos para cazarlo entre los pasillos de un almacén, allí aquel Dios niño robótico, habría de comprarle una silla de juego y algún traje para su papel de gamer que completaría su rol entre el estudio y los videojuegos.

Mundo de mañana. Acrílico. Kent and Vicky Logan in honor of de museums 50 Aniversary

La mamá aún no encontraba explicaciones a los cambios de su hijo, lo percibía en una alteridad complicada para ella, él vivía horas situado en lugares utópicos y entre amigos virtuales, él tramaba a su pandilla de muñequitos animados para que convencieran al niño Dios sobre los objetos que debería traerles en navidad.

Ella ante aquella fábula de pantalla y realidades donde jamás había estado o imaginado; precisamente ahí, Juan David había trasladado al niño Dios de la novena y el pesebre, quería asumirlo como un personaje de su narrativa y mito. Un robot inteligente que traería a su mundo real los objetos de la sociedad de consumo y entre estos la silla de gamer tan deseada.

La silla era real y estaba ahí, la mamá y su compañero la habían comprado. Usaron la caja contenedora como la base del árbol de navidad. Aquello mientras Juan Felipe con chispas subliminares y radiaciones poseía la mente de aquel Dios muñequito y comprador del universo en el comercio donde los objetos se configuran para hacerlos llegar al sitio que tenía deseado.

Ella sentía asombro, su niño entre pasajes y escenas con participantes movilizados por comandos desde cuatro teclas y un video juego, se revolvía desde el mundo de Myst, aquel primer videojuego de alta resolución de 1993, hacia las muñequitas de Second Life del año 2003, hasta la hora de aquellas escenas en 3D donde doscientas mil personas entran a diario y el sistema procesa monedas virtuales. Que delirio. Debió agregarle permisos a la computadora amenazada por unos muñequitos virtuales capaces de rebasarle los cupos a sus tarjetas de crédito.

Esta máquina infernal se llevará a mi niño quien sabe hacia dónde. Pensaba en los desafíos que afrontaban; ella en cómo vivir con esas realidades potenciales, se prenden y se apagan, un clic y continúan con su cuenta virtual y el dinero se transforma en una entelequia complicada.

En nochebuena , ella en su escenario de sonrisas, luces, villancicos antiguos que siempre parecen sonar nuevos, tras aquella novena centenaria que nunca cambia, se reza año a año, aunque resbaladiza entre dudas y añoranzas.

Alguien oprimió un botón, el árbol navideño se elevó trasladado por hilos invisibles entre chispas de colores y las luces iluminaron la silla gamer de Juan David.

Un ventarrón de sueños sin pudor.


Diana Sánchez descifró la genealogía de Rodrigo Sánchez Buitrago. Estudió las memorias transcritas con letras cifradas, como una alineación de hormigas en manuscrito en papel arañado. Descubrió un documento abandonado en la biblioteca de un caserío descaminado entre los olores azufrados del vapor de un volcán y las nieves de un páramo cubierto con matorrales de frailejones, valerianas y lana de ovejas.

Son las mismas huellas de la heredad desnuda en el semblante de unos personajes de daguerrotipo, paralizados y expuestos en las paredes de la Casa de la Cultura en Tacaloa. 

Yo sólo recordaba retazos de relatos encadenados entre las habladurías de una familia de abolengos desgastados que aún relucen entre los restos de una vajilla de Castilla y tres baúles de cedros libaneses. Era una casta recia, fundadora de aldeas, que trajinó los atajos lodosos de los precipicios andinos y se asombró con los trinos volátiles entre los bosques de niebla. Descendían a inventarse una plaza y cuatro calles, con iglesia y edificio municipal, en senderos de montaña acamparon cansados de viento y lomas.

Calle Real – Ayuntamiento Buitrago de Lozoya 1922 https://www.buitrago.org/historia-y-patrimonio

Mis genitores fueron inmigrantes desde Buitrago de Lozoya, un pueblito español de la comunidad de Madrid. Algún año aciago viajaron a Lisboa, partieron en una galera que arribó a Santa Marta despedazada por los huracanes del Caribe; continuaron en un buque que tragaba bosques completos  de leña, cuando su ruido sofocaba los cantos de las sirenas del  río, arrumbó brioso y atafagado de esperanzas los  raudales del  Magdalena y les dejó  atascados entre unos humedales cenagosos,  plagados de boas y cocodrilos; allí  recuperaron sus bravezas devastadas por  las fiebres del paludismo y participaron en la fundación de Ocaña. 

Entre ellos llegó el tatarabuelo de la Gambada, un italiano que portaba entre ceja y ceja una estrella de ambiciones descomunales, rebuscador de minerales relumbrantes con los espejismos de “el Dorado”.

Escudriñó el oro en la jurisdicción aurífera de Bucaramanga y Vetas, entre los socavones de las minas del páramo de Suratá, un lugar de trabajo prohibido a las mujeres. La minería ancestral en las minas de los Andes era cosa de machos por un agüero cimentado en el pudor hacia las entrañas de Pachamama, la Diosa Tierra.

Allí mismo compartió con una casta de zambos bolivianos  y seis indios de la encomienda de Cácota, uno de los cultos de los indios mineros a ella, la Pachamama, la Mamá más grande de todas; desnudos practicaron un rito masculino;  le hicieron un desafío erótico y ardiente a su diosa; se ilusionaron amorosos con una toma de yagé, excitaron sus órganos de la virilidad hasta sentirlos erectos, como estandartes para penetrar a una virgen, hicieron contorsiones voluptuosas para estimularla en los mismos agujeros de su feminidad y untaron su esperma en las paredes de la mina.

Esquina de Cácota – El pueblo más antiguo de Norte de Santander

Ella era la gran hembra y con las percepciones de esa sensualidad delirante dejaría desprender el brillo de las vetas de su oro y le concedería a uno de ellos, su elegido, la suerte necesaria para  confiarle el favor de poseer su riqueza.

En Suratá y en la parte alta del Río del Oro, mi abuelo consiguió la primera fortuna de la familia, sus descendientes la dilapidaron con el juego y el alcohol, no aquellos que años después ensayaron con sembrados de cacao entre las breñas de la región Marabina y su grano fue portador de un deleite afrodisíaco de alta calidad para el reino de Saboya. Lo condujeron por el río Zulia en una embarcación impulsada por un clan de chitareros, lo fletaron a Europa desde el Puerto de Maracaibo.

Por allí otro abuelo se hizo notorio porque impuso la costumbre de pagar las cuentas del comercio con semillas de cacao como moneda de intercambio y compartir los favores de las treinta y ocho damiselas de un burdel con un círculo de amigos italianos y alemanes. Con ellos se aventuró entre las trochas del contrabando; desafiaron las amenazas de los indios motilones entre los raudales de La Solita y Puerto Santander para poner de moda en Cúcuta los encajes de lino, los vinos de Francia, los condimentos de la India, los cristales de Murano, y otros referentes de los gustos y modas arribistas y refinadas de las ciudades europeas.

Daguerrotipo de la salida inaugural de la estación de Encontrados – Estado Zulia – Venezuela hacia Uracá Estado Táchira.

Un primer jueves de mayo se atascó la barquilla del matute en los raudales cercanos al poblado de Encontrados, y las autoridades de las ciudades beneficiarias del río, aplazaron la celebración del día de la madre, durante dos semanas, para que los clientes contrariados pudieran disfrutar el espectáculo de ver a sus progenitoras embelesadas y orgullosas con sus regalos de atavíos extranjeros.

Aquella familia esforzada y veterana, emprendió excursiones con una recua de arrieros hacia el occidente de Colombia, se unieron a Fermín López, después de la fundación de Salamina en Caldas, prosiguieron por los caminos de la colonización antioqueña, atiborrados con sus raleas y sus corotos, un perro fiel y la carga elemental de su identidad estampada en los trazos del   mapa borroso de su árbol genealógico.

Un canto a la Pachamama. Deborah Yudelewicz – Este canto nació en el paraíso de Ojo de Agua, Capilla del Monte. Una humilde expresión de profundo agradecimiento.

El viaje tras el polen y la luz


Entre aquellos nómadas, iba un alma de trotamundos de ojos verdes, su fondo era un espejo de mi propio temor para separarme de los míos; tormentosa y calmada como él, quería verlo todo y vivirlo todo.

Estrella de la Sagrada Familia PERE VIRGILI

Soy Lagardere, amigo personal del Judío Errante, pintor de iglesias y restaurador de santos de sacristía e íconos coloniales, tostador de café, amansador de bestias y curandero de animales, carpintero y ebanista. Puedo escrutarle el destino a los señores y señoras entre las chispas y las llamas que surgen frotando un par de leños, o en las cartas de la baraja española, o, si tienen desconfianza… ¡tráiganme su naipe!

Lagardere, mostró fotografías en los templetes donde se ha trepado, atalayas de latón y campanarios encumbrados con pilastras de piedra; adentro el bronce solfeaba melodías de monjes que canturrean sus letanías de maitines y laudes. 

El silencio y las meditaciones son su primera manera de entrar en las alturas. Un saludo al aire que se levanta en las ciudades con sus calles sin una persona en la madrugada. Armado de ataduras, zapatillas de escalador y brochas de muralista, inicia su labor restauradora; reanima la mala cara de los arcángeles revestidos con túnicas de chaparrón, aviva los capiteles y columnas de maderas preciosas, retrae desde épocas remotas detalles originales de las torres, recupera en sus rasgos originales la arquitectura tras recuerdos arrinconados en los recovecos de la memoria de feligreses centenarios. 

Marisol Stemblak: — Diana Sánchez, el hombre que viene conmigo, ha recorrido cuarenta y tres países, habla en siete idiomas y quince dialectos, entiende el arameo y los jeroglíficos de los manuscritos enterrados en las arenas del Sahara. Es fiel portador de genes neandertales del mundo antiguo entre Bélgica y Beringia. Me lo presentó calmada y su brazo en su hombro. 

—Hola Lagardere, soy vecina de la Calle Larga, Calle real, así le dicen desde su inicio en El Morro. Edad catorce años, los cálculo y anotó mi abuela en el dibujo de una margarita en los tablones de nogal, tras de la puerta principal de la casa. Mi nacimiento le alegró sus soledades cuando mi abuelo, el negro Mena, trabajaba en el Caribe. Lo trazó en la hora cuando afanosa salía a llamar a Blanquita, la comadrona que atendió mi nacimiento; si pones el oído en esas vetas, ahí están grabadas las vivencias de mi familia—.

Hablé con tono cordial y mirando a los ojos de Lagardere. 

Se acercó a la puerta, con su índice buscó en la trama del tejido vegetal seco, escrutó los tonos y las sinuosidades, lento y con pausas al son de una melodía que entonaba en susurros ininteligibles. —¡Mírame bien, Diana Sánchez!  Mis ojos aciertan el sueño de tus 5187 noches. Venían a conocerte y su mirada no tendrá fin, allá donde despunta una grieta en el ángulo de la puerta, se anuncia tu destino.

Me había perseguido desde las cuatro de la tarde cuando platiqué mi memoria en las carpas de las caminantes más ancianas. Le entusiasmó mi afán por conocer etnias y naciones, mis comentarios sobre cómo, recurriendo a la mentira de los sueños, han inventado esos mitos los jerarcas y sacerdotes de las tribus globales, para someter las mentes y conquistar el mundo. Mi interés por llegar al fondo de las cosas. 

Lo decidí convencida de mi necesidad de comprender las expresiones de la vida, curiosidad que me incitaron las conversaciones con don Tomás Issa, el maestro con quien compartí quince jornadas de observación y estudio para el aprendizaje de la flora y la botánica. Caminamos las trochas del monte de don Berna, Tacaloa y la orilla del ferrocarril entre Beltrán y Estación Pereira; él era encantador en el bosque de don Manuel Semillas, explicaba, nos enseñó a observar y pensar, hablar y preguntar; compartí con el hijo de El Grillo, ese sentimiento frente a la vida que atrajo mis pensamientos de identidad al lado de un limonero. El sol se ocultaba en el cerro de Tatamá, bajó la sombra y a don Tomás alcé mis ojos, ya tenían en su brillo la templanza. Al día siguiente encaré con libertad y entereza a mi tío Martín Sánchez.

—Eres la verdadera dueña de tu vida, con esa posición que has asumido, a tu familia no le queda más alternativa que confiar en ti. Tengo la seguridad, eres una hija de la abundancia del universo, en tu mundo no existe esa nada parecida a la escasez, ni sentido de limitación o pobreza. Me contestó, convenido de que le hablaba desde mí ser esencial. Decidí mi rumbo, esa conversación con el tío Marín me indicó que lo bueno del mundo estaba disponible para mí y marché con los caminantes en un amanecer con lluvia de abril.

Atardecer Marsella – Casa de la Cultura

Viajamos entre cambios del follaje, colores de la vegetación, flora y fauna multiforme. Preguntamos a campesinos de sombrero vueltiao de caña flecha, ellos olvidaron las inundaciones de la Depresión Mompoxina y nos llevaron a observar con microscopio; vibraron en los lapsos cuando hicimos rastreos de la expansión de la materia vegetal, nos apreciaron como genios encantados durante esa mañana cuando nos convertimos en seres pequeñísimos; desde una situación que se mide en  nano dimensiones, avistamos; navegaban entre el  torrente de la sabia los atributos, coloraciones y  propiedades provenientes de los efectos del nitrógeno, el influjo de la irradianza en la eficiencia fotosintética en cada escenario ecológico, y el lugar y momento mismo cuando vimos gestarse, aumentar o disminuir, el comienzo de las flores; el polen se desprendía, volaba y descendía en una carrera larga y solitaria hacia su destino con rumbo al goce de la fecundación.  Allí mismo debimos lidiar con el estrés lumínico entre una hoja de anamú donde casi nos absorbe el aguijón de un pulgón lanígero. Esa noche fue un ritual con cantos de pescadores, tamboras y flautas de carrizo.  

Te Invito, Herencia de Timbiquí – Video Oficial

VIENTO Y DESTINOS


Narrativas desde Tacaloa

Éramos tres las niñas, jugábamos en una calle larga y perdida entre su caparazón de olvido: rondas, matarile, escondrijo, a que te cojo ratón y otras ruedas de cantos; cogidas de las manos, cruzábamos alboradas tras estrellas rezagadas.

Éramos tres las niñas, las tres hijas de padres distintos y una misma madre, con un hermano mayor y un gato angora, una vida en caserón con vistas al río y la montaña, un patio de flores, mil olores, mangos, naranjales, nidos y trinos, gallinero y tres garajes; veíamos la vida entre rendijas, camiones, automóviles, camperos. Nos metíamos bajo la puerta de latón en nuestro juego al extravío tras los viajeros. Tierra, cielo y campo a itinerarios en busca de ese asfalto que conduce a las conquistas del día en las ciudades repletas de esperanzas y de miedos.

Una noche llegaron unos nómadas, descendían desde alguna estirpe neandertal muy olvidada en los límites del mundo, estuvieron disgregados desde los tiempos más ignotos entre las neblinas de la era glacial, los habían extraviado sus soledades y oleadas de trashumantes, diluvios y contratiempos entre rutas de fango y atascaderos de magma basáltica. Dejaron marcas rojas en las estalagmitas de un yacimiento malagueño, migraron perseguidos por hordas de tribus desarraigadas, se orientaron hacia  un sendero de tundras, bordearon continentes hostiles, eludieron el abismo en cuyo fondo se levantan las murallas del fuego eterno del infierno y 1014  volcanes en perpetua erupción; escaparon a más de 650 siglos de exterminaciones étnicas, cruzaron cinco mares que aparecían y desaparecían entre sus propios mitos.

Una goleta antigua superó las aguas calientes que expulsan los huracanes y las tempestades del Caribe y el sur del Asia y remontó las aguas dulces del trópico andino. Instalaron sus carpas al lado del río; ellas con faldones pintorescos, ataviadas con collarines de semillas de Madagascar y el norte europeo, caninos de animales africanos, osos blancos y piedras de ágata y lapislázuli.

Llegaron en gran celebración.  Recorrieron la Calle Larga, portón tras portón, ofrecieron alhajas de baratijas y prometieron un porvenir sin sobresaltos desde los mapas del destino.

Una de ellas, Mariana Pihedova, pregonaba su erudición sobre los rasgos de la personalidad, las biotipologías y patologías, bosquejadas por la genética en las líneas prensiles de la mano. Heredó su poder de la revelación desde los anhelos de un sabio fenicio, contrastaba las impresiones dactilares y la correlación entre la longitud del anular y el índice, caracteres que se definen durante el crecimiento embrionario por el efecto de las hormonas que circulan por el útero con un torrente de huellas genéticas; y ella, con la quiromancia y la astrología de todas las civilizaciones y culturas, podía entender otras señales que definen los misterios de la vida en la conducta, en los sufrimientos y los imaginarios de las personas.

La buenaventura de Enrique Simonet (1899).

Ella escrutó en la vida de nuestra abuela Betsabé sus divergencias entre la felicidad infinita y el vacío de soledades por su relación con el negro Mena, quien la enamoró un día alucinante en la isla Margarita y fue uno de sus siete amores, dejándola preñada de mamá y después ha sido una experiencia de fogosidades y sacrificios.

Otra caminante. —Soy Romelia Natchkovo, conozco del futuro familiar que se perfila en las separaciones del árbol genealógico y se advierte diluido entre el caos del humo y las trazas de las cenizas de los cigarrillos—. Ella dijo a nuestra abuela Betsabé que Mena la amaba infinitamente, pero era un hombre capaz de repartir todo su amor con entusiasmo y ternura entre varias mujeres porque venía de una alcurnia de mandingos que solamente era esclava de su propia libertad.

Los hombres de las caminantes montaban en potros cerriles que domaban con las yemas de los dedos aplicadas como agujas en los puntos donde vibran  las energías musculares de los equinos, para venderlos briosos y soberbios en las ferias de los pueblos; los  más viejos, machacaban en el fondo de unos cuencos de cobre, los desinfectaban con ácidos de pringamoza y otras ramas  para forjar las pailas de los cocineros.  Organizaron con José Reyes varias carreras de caballos en la calle de La Pista al lado del hospital y le enseñaron como preparar a los potros y a los jinetes para ser ganadores.

Frank Gaitán
DOMADOR DE CABALLOS (2004)

— Hola, las tres jovencitas: ¿Cómo os llamáis? —, exclamó una mujer blanca y alta de ojos negros. 

—Somos Diana, Maite y Aleyda de la familia Sánchez Mena, abandonadas por nuestros padres; las tres hermanas vivimos aquí, en la Calle Larga—, respondí Diana con voz lenta y afinada. 

—¿Queréis seguirnos para conocer el mundo?   Iremos desde el Caribe hasta el Brasil por las rancherías más confinadas, conoceremos sus tradiciones milenarias y aprenderemos los principios activos en la química de las plantas tropicales y los elementos sustanciales de los venenos animales—, replica la mujer.     

—¡Hola jovencitas! —, declara otra, —aprenderemos  los cantos y los bailes, los rituales y mitos en las fiestas de todos los países—. Decían en su propia algarabía:  —Estamos afanosos, nos iremos hacia una zona más exuberante donde el sol persistente y los vientos de la aurora nos colmen el alma con energía.  Exclamaba un viejo. 

—Un lugar que intensifique los colores a mis carpas—, completaba su hijo. —Allí podré conquistar con más carácter la curiosidad de las señoras y la ilusión de los señores—, meditaba en voz alta su mujer. Mientras los tres organizaban sus baúles atiborrados con los efluvios esenciales de su fórmula para el elixir de la eterna juventud, los frascos con las pócimas necesarias para aplacar los miedos, los filtros con el aliento divino que expulsa las almas para todos los males y los sufrimientos de la humanidad, y todo tipo de talismanes para la buena suerte.

Estábamos decididas a acompañarlos. Nos contuvimos, se apareció el compadre de mamá y le confió nuestro secreto al tío Martín Sánchez; debimos desistir de aquella andanza porque nos asustó: —Esos caminantes las venderán a los barcos extranjeros en Cartagena de Indias y en el muelle de Santa Marta, terminarán la vida como lavanderas de pisos, cocinarán como esclavas y calmarán las ansiedades impasibles de un sinnúmero de  marineros; después,  las obligarán a apaciguar la furia semental de los piratas—. Hasta nos narró las leyendas malditas, historias de cuando se les agotan las raciones y emboban a los niños con brebajes para desnucarlos y después hacer fiestas con viandas de carne tierna y ron barato.