Un ventarrón de sueños sin pudor.


Diana Sánchez descifró la genealogía de Rodrigo Sánchez Buitrago. Estudió las memorias transcritas con letras cifradas, como una alineación de hormigas en manuscrito en papel arañado. Descubrió un documento abandonado en la biblioteca de un caserío descaminado entre los olores azufrados del vapor de un volcán y las nieves de un páramo cubierto con matorrales de frailejones, valerianas y lana de ovejas.

Son las mismas huellas de la heredad desnuda en el semblante de unos personajes de daguerrotipo, paralizados y expuestos en las paredes de la Casa de la Cultura en Tacaloa. 

Yo sólo recordaba retazos de relatos encadenados entre las habladurías de una familia de abolengos desgastados que aún relucen entre los restos de una vajilla de Castilla y tres baúles de cedros libaneses. Era una casta recia, fundadora de aldeas, que trajinó los atajos lodosos de los precipicios andinos y se asombró con los trinos volátiles entre los bosques de niebla. Descendían a inventarse una plaza y cuatro calles, con iglesia y edificio municipal, en senderos de montaña acamparon cansados de viento y lomas.

Calle Real – Ayuntamiento Buitrago de Lozoya 1922 https://www.buitrago.org/historia-y-patrimonio

Mis genitores fueron inmigrantes desde Buitrago de Lozoya, un pueblito español de la comunidad de Madrid. Algún año aciago viajaron a Lisboa, partieron en una galera que arribó a Santa Marta despedazada por los huracanes del Caribe; continuaron en un buque que tragaba bosques completos  de leña, cuando su ruido sofocaba los cantos de las sirenas del  río, arrumbó brioso y atafagado de esperanzas los  raudales del  Magdalena y les dejó  atascados entre unos humedales cenagosos,  plagados de boas y cocodrilos; allí  recuperaron sus bravezas devastadas por  las fiebres del paludismo y participaron en la fundación de Ocaña. 

Entre ellos llegó el tatarabuelo de la Gambada, un italiano que portaba entre ceja y ceja una estrella de ambiciones descomunales, rebuscador de minerales relumbrantes con los espejismos de “el Dorado”.

Escudriñó el oro en la jurisdicción aurífera de Bucaramanga y Vetas, entre los socavones de las minas del páramo de Suratá, un lugar de trabajo prohibido a las mujeres. La minería ancestral en las minas de los Andes era cosa de machos por un agüero cimentado en el pudor hacia las entrañas de Pachamama, la Diosa Tierra.

Allí mismo compartió con una casta de zambos bolivianos  y seis indios de la encomienda de Cácota, uno de los cultos de los indios mineros a ella, la Pachamama, la Mamá más grande de todas; desnudos practicaron un rito masculino;  le hicieron un desafío erótico y ardiente a su diosa; se ilusionaron amorosos con una toma de yagé, excitaron sus órganos de la virilidad hasta sentirlos erectos, como estandartes para penetrar a una virgen, hicieron contorsiones voluptuosas para estimularla en los mismos agujeros de su feminidad y untaron su esperma en las paredes de la mina.

Esquina de Cácota – El pueblo más antiguo de Norte de Santander

Ella era la gran hembra y con las percepciones de esa sensualidad delirante dejaría desprender el brillo de las vetas de su oro y le concedería a uno de ellos, su elegido, la suerte necesaria para  confiarle el favor de poseer su riqueza.

En Suratá y en la parte alta del Río del Oro, mi abuelo consiguió la primera fortuna de la familia, sus descendientes la dilapidaron con el juego y el alcohol, no aquellos que años después ensayaron con sembrados de cacao entre las breñas de la región Marabina y su grano fue portador de un deleite afrodisíaco de alta calidad para el reino de Saboya. Lo condujeron por el río Zulia en una embarcación impulsada por un clan de chitareros, lo fletaron a Europa desde el Puerto de Maracaibo.

Por allí otro abuelo se hizo notorio porque impuso la costumbre de pagar las cuentas del comercio con semillas de cacao como moneda de intercambio y compartir los favores de las treinta y ocho damiselas de un burdel con un círculo de amigos italianos y alemanes. Con ellos se aventuró entre las trochas del contrabando; desafiaron las amenazas de los indios motilones entre los raudales de La Solita y Puerto Santander para poner de moda en Cúcuta los encajes de lino, los vinos de Francia, los condimentos de la India, los cristales de Murano, y otros referentes de los gustos y modas arribistas y refinadas de las ciudades europeas.

Daguerrotipo de la salida inaugural de la estación de Encontrados – Estado Zulia – Venezuela hacia Uracá Estado Táchira.

Un primer jueves de mayo se atascó la barquilla del matute en los raudales cercanos al poblado de Encontrados, y las autoridades de las ciudades beneficiarias del río, aplazaron la celebración del día de la madre, durante dos semanas, para que los clientes contrariados pudieran disfrutar el espectáculo de ver a sus progenitoras embelesadas y orgullosas con sus regalos de atavíos extranjeros.

Aquella familia esforzada y veterana, emprendió excursiones con una recua de arrieros hacia el occidente de Colombia, se unieron a Fermín López, después de la fundación de Salamina en Caldas, prosiguieron por los caminos de la colonización antioqueña, atiborrados con sus raleas y sus corotos, un perro fiel y la carga elemental de su identidad estampada en los trazos del   mapa borroso de su árbol genealógico.

Un canto a la Pachamama. Deborah Yudelewicz – Este canto nació en el paraíso de Ojo de Agua, Capilla del Monte. Una humilde expresión de profundo agradecimiento.

El viaje tras el polen y la luz


Entre aquellos nómadas, iba un alma de trotamundos de ojos verdes, su fondo era un espejo de mi propio temor para separarme de los míos; tormentosa y calmada como él, quería verlo todo y vivirlo todo.

Estrella de la Sagrada Familia PERE VIRGILI

Soy Lagardere, amigo personal del Judío Errante, pintor de iglesias y restaurador de santos de sacristía e íconos coloniales, tostador de café, amansador de bestias y curandero de animales, carpintero y ebanista. Puedo escrutarle el destino a los señores y señoras entre las chispas y las llamas que surgen frotando un par de leños, o en las cartas de la baraja española, o, si tienen desconfianza… ¡tráiganme su naipe!

Lagardere, mostró fotografías en los templetes donde se ha trepado, atalayas de latón y campanarios encumbrados con pilastras de piedra; adentro el bronce solfeaba melodías de monjes que canturrean sus letanías de maitines y laudes. 

El silencio y las meditaciones son su primera manera de entrar en las alturas. Un saludo al aire que se levanta en las ciudades con sus calles sin una persona en la madrugada. Armado de ataduras, zapatillas de escalador y brochas de muralista, inicia su labor restauradora; reanima la mala cara de los arcángeles revestidos con túnicas de chaparrón, aviva los capiteles y columnas de maderas preciosas, retrae desde épocas remotas detalles originales de las torres, recupera en sus rasgos originales la arquitectura tras recuerdos arrinconados en los recovecos de la memoria de feligreses centenarios. 

Marisol Stemblak: — Diana Sánchez, el hombre que viene conmigo, ha recorrido cuarenta y tres países, habla en siete idiomas y quince dialectos, entiende el arameo y los jeroglíficos de los manuscritos enterrados en las arenas del Sahara. Es fiel portador de genes neandertales del mundo antiguo entre Bélgica y Beringia. Me lo presentó calmada y su brazo en su hombro. 

—Hola Lagardere, soy vecina de la Calle Larga, Calle real, así le dicen desde su inicio en El Morro. Edad catorce años, los cálculo y anotó mi abuela en el dibujo de una margarita en los tablones de nogal, tras de la puerta principal de la casa. Mi nacimiento le alegró sus soledades cuando mi abuelo, el negro Mena, trabajaba en el Caribe. Lo trazó en la hora cuando afanosa salía a llamar a Blanquita, la comadrona que atendió mi nacimiento; si pones el oído en esas vetas, ahí están grabadas las vivencias de mi familia—.

Hablé con tono cordial y mirando a los ojos de Lagardere. 

Se acercó a la puerta, con su índice buscó en la trama del tejido vegetal seco, escrutó los tonos y las sinuosidades, lento y con pausas al son de una melodía que entonaba en susurros ininteligibles. —¡Mírame bien, Diana Sánchez!  Mis ojos aciertan el sueño de tus 5187 noches. Venían a conocerte y su mirada no tendrá fin, allá donde despunta una grieta en el ángulo de la puerta, se anuncia tu destino.

Me había perseguido desde las cuatro de la tarde cuando platiqué mi memoria en las carpas de las caminantes más ancianas. Le entusiasmó mi afán por conocer etnias y naciones, mis comentarios sobre cómo, recurriendo a la mentira de los sueños, han inventado esos mitos los jerarcas y sacerdotes de las tribus globales, para someter las mentes y conquistar el mundo. Mi interés por llegar al fondo de las cosas. 

Lo decidí convencida de mi necesidad de comprender las expresiones de la vida, curiosidad que me incitaron las conversaciones con don Tomás Issa, el maestro con quien compartí quince jornadas de observación y estudio para el aprendizaje de la flora y la botánica. Caminamos las trochas del monte de don Berna, Tacaloa y la orilla del ferrocarril entre Beltrán y Estación Pereira; él era encantador en el bosque de don Manuel Semillas, explicaba, nos enseñó a observar y pensar, hablar y preguntar; compartí con el hijo de El Grillo, ese sentimiento frente a la vida que atrajo mis pensamientos de identidad al lado de un limonero. El sol se ocultaba en el cerro de Tatamá, bajó la sombra y a don Tomás alcé mis ojos, ya tenían en su brillo la templanza. Al día siguiente encaré con libertad y entereza a mi tío Martín Sánchez.

—Eres la verdadera dueña de tu vida, con esa posición que has asumido, a tu familia no le queda más alternativa que confiar en ti. Tengo la seguridad, eres una hija de la abundancia del universo, en tu mundo no existe esa nada parecida a la escasez, ni sentido de limitación o pobreza. Me contestó, convenido de que le hablaba desde mí ser esencial. Decidí mi rumbo, esa conversación con el tío Marín me indicó que lo bueno del mundo estaba disponible para mí y marché con los caminantes en un amanecer con lluvia de abril.

Atardecer Marsella – Casa de la Cultura

Viajamos entre cambios del follaje, colores de la vegetación, flora y fauna multiforme. Preguntamos a campesinos de sombrero vueltiao de caña flecha, ellos olvidaron las inundaciones de la Depresión Mompoxina y nos llevaron a observar con microscopio; vibraron en los lapsos cuando hicimos rastreos de la expansión de la materia vegetal, nos apreciaron como genios encantados durante esa mañana cuando nos convertimos en seres pequeñísimos; desde una situación que se mide en  nano dimensiones, avistamos; navegaban entre el  torrente de la sabia los atributos, coloraciones y  propiedades provenientes de los efectos del nitrógeno, el influjo de la irradianza en la eficiencia fotosintética en cada escenario ecológico, y el lugar y momento mismo cuando vimos gestarse, aumentar o disminuir, el comienzo de las flores; el polen se desprendía, volaba y descendía en una carrera larga y solitaria hacia su destino con rumbo al goce de la fecundación.  Allí mismo debimos lidiar con el estrés lumínico entre una hoja de anamú donde casi nos absorbe el aguijón de un pulgón lanígero. Esa noche fue un ritual con cantos de pescadores, tamboras y flautas de carrizo.  

Te Invito, Herencia de Timbiquí – Video Oficial

El confinado fabuloso


Agustina habita en Tacaloa, ese lugar mental donde se vive lento entre un paisaje verde. Manuel se ha encerrado en un escenario imaginario por donde lo persigue un virus.

Tacaloa es un estilo de vida que transcurre entre los ritmos con que vibra cada parroquiano. Agustina cree estar en un espacio que no existe, lo indefinible y único es el tiempo para ella porque siente que habita en la burbuja donde su realidad relativa permanece en otro sentido del tiempo que no existe.

Fotografìa de Adiana Grizales. Directora Boblioteca Alejandro Humbold de Marsella

Agustina escucha cantos de turpiales y se calienta con un sol que dilata sus días y las horas; sus compañeros le protestan, a ellos afana el tic tac de los relojes; les acosan las cuentas que esfuman su salario y laboran apegados a una agenda de almanaque programado que rodean celebraciones envolventes.

Manuel la quiere enamorar mientras crítica porque la iglesia católica lo había encadenado con un imaginario de creencias; mientras tanto, las redes sociales lo asaltan con compromisos que le demandan la administración de una imagen atrayente, el ministro del culto al que asiste le acosa con las cuentas del diezmo. Arropado con el manto de la sociedad de consumo, las fechas muchas veces lo transforman en comprador compulsivo.

Agustina le reprocha: el tiempo es un invento largo para las ansiedades y se hace leve si vivimos para pisotear a los reyes. Se le burla porque él asiste al sindicato y grita.

Cuando el virus le hizo encerrar y confinarse, Manuel atrajo sus recuerdos y los metió en la relatividad de Galileo, se montó en un rayo de luz y se pensó de la mano de un Einstein viajero hacia la relatividad y lo indefinible, lo seguía entre su cama con cobija magnética en reposo.

Cierta mañana se sentía acorralado entre un bus que jamás correría como la luz, pero en esa situación viajera sentía pasar tras la ventana muchas cosas y lugares, su cuerpo seguía ahí, confinado bajo las cobijas en una irrealidad que, aunque se mueva parece quieta. Añoraba estar con Agustina, pero en su circunstancia ella ahora es apenas una niña.

Manuel decidió concentrarse en un pensamiento que circula constante hacia el futuro, sentía su mente loca sin tiempo ni distancias. Se confundió hacia la realidad inexistente y sin nada simultáneo y cuando abrió los ojos estaba en los tiempos de sus abuelos, Agustina no había nacido, ni siquiera sus padres. Escuchaba su palabreo de saberes: abuelos recién casados con creencias, experiencias y relatos desde un pasado europeo mediterráneo con sesgos al dominio del catolicismo y poderes de abolengos.

Tras las letanías que le golpeaban desde el rosario de la abuela, pensó en el virus que ahora solo era una ansiedad mental que le llegaba sin ataduras como la señal de una sabiduría que perdimos y la información genética de la proteína más mínima de lo más mínimo entre todos los mínimos. Presintió que el Covid 19 lo busca precisamente a él; y solo a él, porque las demás cosas que pasan son lo ilusorio. Observó el esqueleto del futuro con su fuerza y su enfermedad.

Fotografìa de Adriana Grizales

Quiso soñar entre la nada de la nada, al son de sí mismo y sin Agustina. No quería sentir esa ecuación mental de ahora, la concebía como ese mamarracho que le puso el cura en su frente un miércoles de ceniza, le incomodaba esa chapa en su piel y cuando se miro al espejo esa nada era un manchón de nada.

Entre su perplejidad en el pasado, observó a la abuela Carmen con don Malía Velázquez, aturdidos entre una borrasca del tres de mayo cuando se les apareció en El Congal un individuo muy mayor, lo reconocieron viejísimo y giboso, pero a la vez muy fuerte bajo su traje de sisal tejido con pelo de camello. Era un hijo del tiempo que no existe, lo llamaban “El Caminante”, venía desde dimensiones desconocidas del túnel que se traspasa entre una época y otra a través de los milenios.

Pensó en Agustina como imagen de un tiempo indefinible.

El Caminante parecía lento; también aseguraban que lo descargó un rayo en medio del potrero y se sacudió con un andar veloz, llegó a ellos y los saludó entre golpes de granizo. Lo observaron aterrados y Manuel también se sintió ahí. Lo siguió bajo un manto invisible de tiempo donde intentaba colocarse al lado de Agustina y presenció cuando el caminante se acercó a su abuela y Malía que observaron a un hombre totalmente seco que se sacudía el polvo de mil caminos.

Hijo de un tiempo relativo, el caminante anciano, mientras sacudía su capa de cansancios de los miles de sus años, los miró con su rostro de jovenzuelo. Según les dijo, había acumulado pavesa con ceniza y tierra entre cinco desiertos y seis erupciones volcánicas de los siglos distintos por donde había trajinado.

Manuel no pensó más en Agustina, se le había disuelto entre el polvo y el agua de los caminos de aquel personaje extraño; un caminante que había esfumado todos los viajes entre una traviesa por diez mil trochas con canalones y puentes rotos; que viajó desde otros continentes; que anduvo con pasos que flotaban en los mares desde la Tierra Santa, desde aquella calle donde Jesucristo lo condenó a ser un andariego eterno porque lo arreó con azotes desde el palacio de Pilatos hacia el Monte del Calvario.

Traía la soga con los nudos con que ataron las creencias quienes buscaron sus huellas en el camino hacia la cruz.

Manuel solo bebía agua con vinagre de mata en la mañana y jugo de naranja agria con jengibre por la noche, era incapaz de dormir. Se palmoteaba con un continuo estruendo tormentoso en la cabeza para espantar a sus fantasmas. Quería desterrar a todos los demonios desde La Divina Comedia y las narrativas de monjes medievales e ilustradas por pintores renombrados entre los tiempos del renacimiento, incluso a los seres malignos.

Manuel ahora se sentía como aquel caminante y quería que Agustina jamás lo llegase a conocer.

Los monstruos imaginarios más ignotos de todas las creencias los sacudían; tanto al caminante como a Manuel. Donde pasaban se les atravesaban y acosaban: Amón, Abdiel, Satanás con toda la nomenclatura de los demonios; les habían chupado sangre los vampiros y las divinidades oscuras de distintos lugares y religiones; los asediaron fantasmas de mil leyendas que bullían en sus oídos con los mitos indoamericanos. Incluso preveían cosas: Manuel comunicó al caminante que intuía a los demonios del futuro; el otro le aseveró, aunque le pidió callar, que andarían por rutas insospechadas como arrieros tras los virus y sus ejércitos de muertos vivientes; que enfrentarían a los tecno humanoides ancestrales que han sido invisibles e inexistentes entre los agujeros negros del espacio y girarían por todo el universo hasta la infinitud.

En este sistema binario 4AU 1630-47 hay un agujero negro que gira en los lìmites de la velocidad de la luz, retuerce lo que gire alrededor.

Los años de la violencia


El cine + narrativas

Habíamos visto un documental sobre la violencia colombiana en el Teatro San Fernando de Cali, lo conversamos, traje un recuerdo de Marsella en 1954, se vino como una película el sepelio de Chuchí Sierra y Ramón Escobar. Un desfile pocas veces visto, sobre una muchedumbre uniformada de negro y camisas blancas iban dos ataúdes en lenta flotación, al lado mantos y cabezas sin sombrero, los féretros arreaban más multitud al sonido del doble de campanas de iglesia. Sobre esa sensación colectiva indescifrable y muda, sobrevolaban  ánimas de otros muertos y en muchas almas  descansos de muchos duelos.

Sobre un potro chusmero

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Cine Colombiano. Director Luis Alfredo Sánchez. Documental de 25 minutos producido en 1955

En 1950 estalló en los Llanos Orientales de Colombia una rebelión armada contra el gobierno conservador de la época. Se enfrentaban “la chulavita” o policía del régimen y “los chusmeros”¸ guerrilleros liberales. Un grupo de estos es perseguido por las fuerzas del gobierno. Uno de los guerrilleros lleva una yegua recién parida¸ acompañada de su potro¸ lo cual cambia la situación del grupo rebelde. Se desarrolla un conflicto humano por la presencia de este potro chusmero.

PREMIOS NACIONALES:
Premio Mejor Sonido a Lina Uribe¸ III Festival de Cine de Bogotá – 1986. Premio al Mejor Cortometraje y Mejor Interpretación al colectivo de actores¸ Salón Internacional de Cine de BogotḠ1985.

La caída de Chuchi Sierra

Marsella, después de habernos ido de nuestra propia casa por acción de los violentos, el abuelo nos acogió, Papá Ramón. Días después mataron a Chuchi Sierra, aquel matón que perseguía en todo el territorio y en otros caminos a los liberales. Ese día alguien contó que hacia unos meses él había ido con algunos de su bandola para asesinar en Pereira al liberal Santiago Villa, un líder sano y no jefe de bandidos, aunque su tío abuelo había sido el guerrillero liberal del Tolima Eliseo Villa,traicionado en los pactos con el gobierno, después de la guerra de los mil días, apresado y fusilado en Honda. Quizá por esa historia y el pensamiento del liberalismo radical en algunos de los Villa, había ofensas de Chuchi Sierra, incitado por jefes políticos y sacerdotes, eso generó rencores por sus respuestas a esos desafíos. Los Villa enfrentaron a Chuchi, Santiago envalentonado le ocasionó lesiones en una mano, fue dura esa pelea y en franca lid en la fonda del cruce de “La Bodega”.

Fonda La Bodega – Vía Pereira Marsella

Chuchi madrugaba algunos días a Pereira donde se reunía con sus jefes y matones de la región en el Café París, allá se enteró que Santiago Villa frecuentaba una cafetería en la esquina del Parque la Libertad, diagonal al templo La Balvanera, un lugar popular y punto de salida de los buses a Medellín. Chuchí arribó con sus matones, Santiago estaba de espaldas a la calle, estudió la escena, disparó desde la puerta un tiro a la cabeza y el resto hacia abajo, Santiago cayó de bruces, le había vaciado los seis tiros del revolver cachi blanco. Otros disparos al aire ahuyentaron gente mirona.

Aseguran que alguno que los hijos de Santiago, en el cementerio y al momento estéril de sus lágrimas, juró: «Vengaremos la muerte de nuestro padre. Los chusmeros de Marsella lo mataron, con ellos Chuchi Sierra, el asesino. Nosotros lo vengaremos».  Estaban jovencitos y a los días se les unieron otros, prepararon un grupo encargado, gente audaz y temeraria. Anduvieron caminos de Marsella en varias rondas para conocer las andanzas de Chuchi y sus bandidos, las piedras se encendían y en su calor reconocerían sus pasos.

Chuchi lo sabía todo, ya no le gustaba ir al pueblo, mantenía mimetizado entre rastrojos rurales, parajes y caminaderos de la vereda El Salado y a orilla del río San Francisco, o los surcos que marcaba una falla geológica que años después hundió la piscina, eran follajes repletos de Caña brava y matorrales de hortensias y hojas anchas. Don Sérvulo Mejía lo protegía para su propia defensa, una  banda liberal lo había amenazado, decían que ese señor había sido alcalde cuando los conservadores trajeron a Patepalo.

Patepalo llegó a Marsella entrenado por Juan María Lozano, el famoso Cóndor de Tuluá, jefe de todos los pájaros del Valle y Occidente, que se reunían con él en Pereira en el Café París, hacia allí Patepalo también llevó a Chuchi, lo presentó como un joven ambicioso que seguiría sus órdenes porque también era su protector. Para don Sérvulo esconder a Chuchi era una seguridad y conveniencia para ambos. Chuchi  limpiaba los alrededores de liberales amenazantes, y se movía por los contornos.  

Avisaron a los ofendidos por las muertes de sus padres o parientes, que Chuchi andaba por los caminos a La Pedrera y en la carretera a Marsella. Aquellos caminaderos por el río eran un sumidero de miedos.

Senderos rurales de Marsella

Unos hombres armados llegaron en automóvil al sitio llamado El Zurrumbo, a pie subieron el camino y cruzaron al alto El Rayo, bajaron hacia la finca El Salado por el sendero de La Ermita, se bañaron en la cascada y cambiaron sus trajes, escondieron ropas para el regreso, era fin de semana. El carro había quedado esperándolos.

Cinco a seis personajes se movían entre cafetales, otros atrincherados a lado de camino, algún pescador un poco más abajo la de fonda El Salado. Los Policías de Pereira les habían suministrado armas de repetición y municiones. Ahí desde el paso del río San Francisco, trepar la loma de El Español, había un puente de guadua y tenían información precisa, Chuchi había amanecido en la fonda, tomó licor con el mayordomo de La Pedrera, Ramón Escobar, ya lo tenían claro, llegaría a su escondite en un cambuche.

Cinco de la mañana, dolor y zozobra revuelta con marihuana después de quince días de espera; ya sin fumar y emboscados ahí,  dejaron pasar un arriero y doce mulas cargadas de café, detrás de otros caballos y menos cargados, iban Chuchi Sierra y Ramón escobar, quien lo había invitado a desayunar en La Pedrera. Entre el claroscuro de amanecer, un arriero vio señal de linterna entre rastrojos, se apagó y comenzaron los disparos en ráfaga. Con la primera bala cayó Chuchí, su mula corrió asustada, pasó frente al primer arriero, quien después en testimonio aseveró. —A Ramón Escobar, quien era auxiliador de Chuchi con otros mayordomos como el de la finca la María, le dispararon porque se enfrentó a los atacantes, no sabía que no lo iban a atacar. Su mula se vino a contrario de su rumbo en el camino, las mulas de los arrieros la seguían alteradas y el arriero testigo se escondió, observó a un asesino que encontró a Chuchi Sierra agonizante y lo remató con un machetazo en la cara. Gritaba alterado en memoria de su padre a quien había vengado y huyó sollozante.

La mula de Chuchi llegó al salado y la gente sospechó: —mataron a chuchi, mataron a chuchi—era febrero de 1954. 

13 de junio o la salida de Laureano. Pintura de la maestra Débora Arango

El desfile funerario al cementerio de Marsella fue en multitud, la gente acompañaba a don Jesús Sierra por la muerte de su hijo, el viejo era un patriarca bueno, servicial y apreciado entre la población.

Así lo contaba papá, después en Cali: —Vea hombre que cosa tan verraca. Cuando mataron a Chuchi Sierra, también mataron a Ramón Escobar.  Y a ese pueblo de Marsella se lo llevó el hijueputa diablo.  Gilberto Mejía era quien lo puso en el  Salado para que cuidara a don Sérvulo. ¡Hombre, y tanto que le robaron a don Sérvulo!.. los vi sacar camionados de café a Chinchiná.  Le quitaban a quien los cuidaba, a don Sérvulo, el dueño del salado  y La Pedrera.

—Decía don Felipe, ánima bendita.  — ¡Jeee! ¿Cómo le parece Juan el trabajo que le hicimos a esa gente?— . Y contestó, —Yo, no sé nada hombre.

—Eso costó un billete largo.  — Ojalá allá termine todo esto. Me hicieron volar de Marsella, se apoderaron de la finca para robarme todos, debimos desocupar la casa y no volver por allá. Bueno. Pero cayeron–. 
— Estuvieron posteándolos en un monte, y ahí quedaron cajas de sardina y botellas. Pero se hizo matar Ramón caprichosamente. Primero quebraron a Chuchi, y el otro saca el revólver y mete carrera y pum – pum, dispara al aire. Y llegan y taque, ahí lo bajaron también a él.

— Estaba yo en Granizales, en la finca, eso fue en 1954, paso un carro por La Estrella. ¡Mataron a Chuchi, Mataron a Chuchi!… Está llevado del putas Marsella—.  Y pasó otro carro que venía con gente de Manizales. Alguien dijo: —Ahí está Juan, llevémoslo—.  Y otro, —Camine paˈ Marsella—

Y les recordé cuando me pegó una aplanchada tan hijueputa, Chuchi a mí.  Me dejó durante quince días de cama. Estuve muy dolorido.  ¡Uh!… Me hizo orinar en los pantalones: ¡miao!…., ¡miao!…, ¡miao!….  En esos días me tocó dejar la tienda y huir de mi propia casa en la salida para Valencia, mi papá me dijo, lo mejor es que huyamos de este pueblo, porque el miedo se volvió de piedra cuando nos estalló un taco de pólvora que nos hizo poner Chuchi, arrancó el portón y unas paredes. Los niños volaron con el estruendo y estaban aturdidos.


El maestro Fernando Botero, muestra la violencia en su arte. De la colección donada por el propio artista al Museo Nacional de Colombia

Temores del siglo xx en Marsella


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Amuletos romanos contra el mal de ojo.  Musée Saint Remi – París, ubicado en los edificios de los siglos XVII y XVIII de la antigua abadía real de St. Remi, donde se guardaba la santa ampula, utilizada para ungir a los reyes de Francia.

Al inicio del siglo XX y en sus décadas finales, la vida mundial estaba signada por la tensión entre potencias, guerras mundiales y la distribución de los países en bloques: los de la Cortina de Hierro y los Países Aliados.

En las calles de Marsella se rumoraba el temor al comunismo, en Colombia se desató la violencia entre liberales y conservadores que impulsó la migración que transformaría al país en un territorio fraccionado, el mundo campesino, comunidades negras e indígenas marginadas y gente nueva en ciudades con suburbios. Lo urbano y lo rural hacían las dos Colombias que describía Alfonso López Michelsen en sus discursos. Varios territorios donde se han abierto espacios de dominio a toda clase de grupos violentos que los gobiernos no logran controlar.

Como sucede en lugares premodernos, el imaginario religioso en Marsella, estaba lleno de creencias sobre el castigo eterno en el infierno. Calles con frecuentes escenas de violencia, asesinatos en los caminos, en las escuelas niños huérfanos, en el campo viudas con hijos; aquellos tiempos duros traían estados emocionales alterados: tristeza y miedo, trastornos bipolares, algunas formas de esquizofrenia y entre otros temores o conflictos, nos queda por evaluar la violencia intrafamiliar, o los castigos de algunos profesores amantes de la disciplina férrea y el garrote. «La letra con sangre entra decían los romanos». Pedagogía prusiana decían unos pedagogos. Los niños se desmayaban en largos actos de honor a la bandera.

Todo eso afectaba la salud; más aún, a la precariedad y el temor los suplían la viveza y los enojos con las palabras bruscas del maltrato aprendido.

Algunos preguntan. ¿Por qué somos así? ¿Quién había dado importancia a la salud mental y al crecimiento emocional? ¿Quién alguna vez escribió acerca del sujeto moral que bien describe el hermoso poema «Palabras a un niño para que no use cauchera» de Antonio Mejía Gutiérrez?

En esos días aumentaba el porcentaje de población diabética, para algunas familia algún mediquillo pedía orina del paciente, la saboreaba y se atrevía a recetar, la gente no se sentía bicho raro cuando a uno de ellos dijo desdeñoso: —Te han ojeado—. Narró Célimo Zuluaga en la historia de Marsella: “Quien primero empezó a recetar fue Emigdio Uribe, el primer médico en visitar este pueblo fue el Doctor Jaime Mejía, el Dr. Leonidas López fue el primer médico graduado en este lugar, otros prestaron sus servicios sin ser médicos: Ramón Zafra, su señora Mercedes Uribe, Isabel Tobón, Isabel Marín y Rafael Alzate, el llamado «Aguas Frías«.

Había influencia de la era victoriana, puritanismo, se condenada el hedonismo, esa cultura del goce que vivió Marsella al inicio del siglo en los años del Oro cambió en algún tiempo después de la cuaresma y el sermón de monseñor, en alguna casa la pareja volteaba los cuadros de los santos contra la pared cuando hacían el amor. Se imponía una moral sexual que condenaba el erotismo. En organizaciones como la sociedad de buenas lecturas se evadían las contrarias. Elegancia o pulcritud, a los médicos llegábamos con vestidos pomposos y ellos estaban dignamente almidonados.

Según Foucault, el sacramento de la penitencia sistematizó el hecho del análisis de la sexualidad y su expresión oral. 
«Interior de una iglesia con mujer en el confesionario» (1863) por Ludwig Passini

Decían que Leonidas López fue educado en Europa y otro lo contradijo, dizque fue en Bogotá, dizque era mejor cirujano y literato que médico, decía el padre Fabo de Manizales; hijo de Nicasio López, aquel médico atendía con alegría y consejos para algún conocimiento terapéutico que le siguió al campesino Juan Antonio Gamba, cuando le orientó a comprar un botiquín y le indicó prácticas de la cultura del cuidado para el trabajo y la vida en las fincas de El Congal. El doctor Leonidas finó ahogado cuando unos tragos de guaro le impidieron flotar en el río Cauca y ahí quedó, solo quedan anécdotas ya conocidas, notas escritas por su ilustre pariente Jorge Emilio Sierra.

Leonidas López, enseñó el saber nutricional y el cuidado de sí mismos, cultura preventiva que fue poco difundida y tenía escrita en una cartilla la señorita Eva Gómez como herencia de familia. Años sesenta, un vendedor de libros trajo a varias familias un texto, «Fuerza y salud por la alimentación» y al leerlo Eva nos recordaba a Leonidas, hasta nos comentó que ese libro se lo revisó el sacerdote Julio César Agudelo y la condenó en un sermón porque el impresor había transcrito consejos de origen en iglesias anglicanas y adventistas.

monseorestrada

El Chucho Estrada, el cura párroco más importante en la historia del pueblo, en sus bodas de oro sacerdotales se vestía a la usanza de la era victoriana, aquella moda eclesiástica que Federico Fellini mostró en 1972 en una escena de su película «Roma Fellini»; entonces el Loco Cristóbal Correa, un seminarista de Tuluá que conoció a Monseñor cuando se lo presentó el padre Fabio Rivera, exclamó: Que curita tan Coca colo este, mírale bien esa estola del color cardenal y los zapatos; porque ese día tenía un calzado de charol con algún toque de azul en el tacón, hebillas muy brillantes y bordes en cordones de colores dorados en su túnica.

Feroz crítica al lujo y ostentación de la jerarquía de la iglesia Católica a lo largo de los siglos.

Prevalecían imaginarios: Rosario Rentería decía a mi mamá: se debe hervir una herradura entre el agua panela para darle hierro al alimento y para hacer fértiles a las mujeres, porque esa agua panela lleva historias de alegrías en caminos y lugares de hombres andariegos.

Andrés Sánchez, alterado por los sermones del sacerdote Chucho María Estrada, que amenazaba con el final del mundo cuando caía la ceniza del volcán de El Ruiz, o anunciaba el castigo de Dios con tres días de oscuridad bajo la amenaza de la bomba atómica. Andresito Sánchez estuvo tan sugestionado con esas palabras que se compró todas las velas que vendía don Arturo López, las prendió en la casa por todos los rincones para pedir perdón a Dios y prevenir las guerras; aún así, todo en él era oscuridad y caminos infernales, perdido entre sus miedos ni se enteró cuando incendió la casa y poco pudieron apagarla con olladas de agua; él aún anonadado, lo calmaron con marihuana que mandaron de Miracampo y la morfina del doctor Jesús María Correa.

Incendio-California

El control natal era un lavado con agua, vinagre y limón en la vagina; años después, algunas prostitutas se lavaron el coño con coca cola; una añeja de El Morro, habla del doctor Barriga, quien les hacía la tabla del método de Ogino; imaginen, no era como lo piensan, cuando su sobrino dejó preñada a alguna, exclamó el abuelo Ramón: —Barriga no cura una jarretera dándole el jabón de tierra—.

Hacia mitad del siglo, se abría la circulación de bebidas gaseosas, antes se consumía más panela y miel que azúcar, hacia 1929, al mirar las estadísticas, comenzó a proliferar la diabetes con el gusto continuo del pan, azúcar y gaseosa, sancocho de vitrina, le decían; era el fin de la era de los caminos y los andariegos porque apareció el uso de andar en carro y el el consumo masivo de dulces y harinas causantes de este estado de salud frágil; recuerdan entrevistadas, el doctor Correa nos recetaba cosas nuevas y nos hacía caminar mucho, abuelas, tíos, primas y vecinos padecían y mejoraron, otros no le entendieron y fallecieron por sus estados diabéticos complicados, como una prima que caminaba todos los días desde una finca en Siracusa al pueblo, se casó con un hombre cuya vocación no era la agricultura sino irse a Cali a trabajar de ruso, así llamaban el trabajo en construcción, y al poco tiempo, por el cambio de hábitos, dejó el claro de maíz por gaseosa que le traía más sed y tomaba más y más de esas cosas y falleció diabética, sus descendientes que han padecido eso y acuden a los programas de medicina preventiva, ya en el Siglo XXI, saben vivir normal con ese estado de su función física.

José María Correa, era médico y cirujano de guerra en años de violencia política, servía entre carencias con iniciativa y asepsia, luchaba contra infecciones y enfermedades venéreas con penicilina, sus emociones existencialistas lo hundían, escéptico y librepensador, cuestionaba la vida, soportaba los miedos de su tiempo y se aplacaba con morfina y formulaba casi dormido.

Fue un concejal, cívico y contradictorio, decían que vivía rodeado de médicos invisibles que le dictaban las fórmulas.

Mientras eso el cura curaba desde el santuario con bendiciones, la unción a los difuntos era su boleto al predio donde San Pedro los censaba. El sacerdote Julio Palacio usaba otro método preventivo, no sé cuán eficaz, les mostraba en el confesionario a los parroquianos más pichadores o fornicadores infieles, casi todos, dibujos del purgatorio y el infierno, eran estampas con dragones que se deleitaban devorando a los seres humanos en sus genitales que crecían de nuevo, una y otra vez, y de nuevo eran devorados, así infinitamente, un siglo continuo por cada pichada.

Omar Ordoñez dijo entre aguardientes en la cantina de Trina en El Morro: jamás quiero imaginar ese castigo, mañana mismo madrugo a confesarme y le pidió al mismo sacerdote una penitencia que le permitiera saldar su deuda de pecador y borrarse en la pizarra del infierno con letanías y por eso entre aguardiente o coca cola se le veía mover la boca y mirar al cielo. Después continuaba contándome sus picardías de gígolo y pecador glorioso. Santo varón insigne de su tiempo.

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