Flores Mías


Un 7 de diciembre visité a mi hermana Amparo porque solía acompañarla a prender las velas e íbamos a ver la pólvora.

Me acompañaba Diego que había llegado de España. Visitamos a Aleyda López Ángel, estaba deprimida y se animó con nosotros leyendo sus poemas. Visitamos la cuadra donde nacimos y las flores en el parque y los balcones.

Hoy la recuerdo con su poema.

Una carajada, ni cuerda, ni loca, ni mansa


La Segunda Guerra Mundial, este conflicto militar global se dio entre 1939 y 1945, a Marsella llegaban pocas noticias, había miedo y rezos. Monseñor anunciaba desde el púlpito los tres días de oscuridad que precederían el juicio final. ¡Arrepentíos! Dios nos juzga entre trompetas celestiales.

Mientras tanto, la ciencia de la guerra en el hemisferio norte creaba tecnologías para matar entre naciones poderosas, los Países Aliados y Potencias del Eje socialista se movieron a enfrentar una guerra total, la mayor contienda bélica, ejércitos y espías a toda capacidad económica, militar y científica surtían los frentes bélicos.

Esa locura de la historia ocasionó muertes masivas, holocaustos con gases, armas nucleares, los 50 a 70 millones de víctimas. Pilotos de la guerra que al volar se sentían totalmente ingrávidos: flotaba por encima del avión, escribía uno, años años después, sentía un arrebato beatífico como perro de la guerra. Consumía pervitin. Las metanfetaminas eran el motor del estado emocional de los pilotos alemanes. Después de la derrota, el consumo de estas cosas generó una epidemia de suicidios en Alemania.

El planeta alcanzaba un lustre racional – positivista, se pregonaba la obsesión del progreso con base en la razón científica y esa misión también trajo dos guerras mundiales con el desarrollo tecnológico más enfático de la historia humana, también catástrofes terribles.

En los años 60 el siglo XX se partía con el corazón tocado y despacioso, su aliento entrecortado y el futuro oscurecido. Todo eso fue real, historia que golpea mi cabeza y esos hechos cuestionan.

En los tiempos nuestros, hemos transformado estas cosas en el gran negocio, la cocaína ha sido el combustible del conflicto colombiano. ¿Qué otra ola de tiempo revuelca nuestros días?

El desfile. Fernando Botero. Año 2000

Mi abuelo Ramón Gamba me habló de la guerra: en recuerdos y fractales de sus días se desplazaba un miedo movedizo, su cerebro lo disfrazaba y transformaba hasta cuando ya no tenía seguridad de nada; una tarde con tragos de aguardiente amarillo de Manzanares, más borracho aún, llegó alguien que le rememoraba; mientras nadaban ese océano de licores del pasado, el sueño de la ebriedad revisaba entre telarañas los recuerdos; tras la sed y la resaca, un guayabo puntudo. El pasado es dudoso, no sabía si era él, si fuimos nosotros u otros, incluso si el pasado ha sido como lo recordamos.

Los recuerdos se revisan de manera consciente en el mundo de la fantasía, si no pueden volverse reales y joderte. Despiertan emociones enterradas, remueven sentires olvidados. Si el recuerdo dejara de ser pasado, si sale de estar en la memoria, vuelve a ser presente.

Es preferible, que permanezcan en el mundo del ensueño y la imaginación. Así, los guardas, los atesoras, los mimas desde el momento en que te das cuenta de que son cosas que no volverás a hacer, momentos que no volverás a vivir. En caso contrario, quieres más, la realidad te lo niega, nos dice Manuel Cerdá de Muro de Alcoy, Alicante, historiador industrial y escritor español.

Cuando leí su libro “El tiempo de las Cerezas», me sentía en los tiempos de otro abuelo, Juan Antonio Sánchez. Él huyó desde Valencia España, lo iban a matar por anarquista, debía registrar su llegada a Antioquia en Rionegro y presentarse a un cura, este quiso imponerle sus creencias, como librepensador llegó a Marsella donde su mujer lo volvió muy rezandero, era un anciano con un cerebro cuerdo y loco revolcado por las guerras.

Luego en treinta años, 1928 a 1958, el siglo pasó con violencia política en Colombia y a paso lento entraba en modernidad, la industria avanzó con ingenierías de producción, las ciudades iluminadas y conectadas, fueron posibles viajes y movidas de mercancías. Unas familias de Marsella migraron a Cali en esos años; decían después, don Lino Arias, Abel Zuluaga, Julio Issa, las tías Amparo y Martha Vera: ¿por qué no se vinieron antes de allá? tanta violencia, no habrían sufrido ni lo habrían perdido todo.

En los años 60 el siglo XX se partía con el corazón tocado y despacioso, su aliento entrecortado y el futuro oscurecido. Todo eso fue real, historia que golpea mi cabeza y esos hechos cuestionan.

Surgían luchas obrero – sindicales, desconfianzas en la clase dirigente y capitalista; creían unos, aún lo creen, que es mejor construir un orden a partir de la religión, de la tradición o de la fuerza. Temían al comunismo internacional que tomó el control de los países de la «cortina de hierro», tras las reparticiones territoriales entre potencias al final de la guerra. La fuente del temor ha sido la difusión del socialismo universal en un mundo atrapado en pensamientos de la llamada guerra fría.

Bajo esa sombra dos ideas impulsaron en esos tiempos la violencia política colombiana, el pueblo entraba en evolución política y cultural y querían impedirlo.

En los años electorales del presente, ese fantasma galopa en los discursos y las contradicciones; centro, izquierda y derecha oscilan, pienso en estas cosas como en la parte física del modelo atómico de Schrödinger​​ (1926), oscilamos entre una onda estacionaria de conflictos y amenazas por todos lados en amplitud, siempre la política aparece con las palabras del cambio y encubre asquerosidades, sus ideales semejen las ecuaciones más hermosas y extrañas que hayan surgido del ser humano.  

Siguieron los tiempos del café, entre las guerras más violentas, el café persiste como base económica local.

El viaje tras el oro entre el granizo


Esperanzas y mitos conectados, estaban entre granizo, el camino de lluvia donde viajaron las creencias, era senda de la fe que aseguraban las capillas rurales en Alto Cauca, La Estrella, El Trébol, El Español y el Camino del Privilegio con en el sitio de La Capilla que tumbaron para paso del ferrocarril.

Marsella y Chinchiná tenían liderazgos y fortalezas en tiempos del departamento de Caldas, se opacaron con la separación que creó a Risaralda. Requerimos acuerdos que fortalezcan la región cafetera y como patrimonio cultural. La nueva cultura.

A Villarrica de Segovia, algún terreno entre uno de los nombres que tuvo Marsella, llegaban los exiliados de tierras difíciles y sin oportunidades, construían los caseríos de los años esperanzados del siglo XIX, buscaban su parcela y un destino con el oro o los cultivos. Crecieron sus cafetales y proyectos colectivos. En el siglo XX la Federación de Cafeteros con sus comités locales y la cultura económica, producen lo mejor, acercaron los sueños a las realidades: tierra, trabajo, vivienda, familia unida, vecindarios prósperos.

Antes del café, llegó el cura en su año con un pregón antiguo, la tierra prometida no estaba en estos destinos, se las tenía Dios en los cielos. Sería necesario el sufrimiento acá abajo para alcanzar la gloria en un cielo de heredad divina y salvadora. En medio de una borrachera el menos creyente, pensó el nombre de Gloria para su nueva hija, porque aquella gloria sagrada era tan complicada, mejor una felicidad con bellos ojos en un cuerpo de mujer.

Los abuelos encontraron tierras de aires nuevos y vientos difíciles, trajinadas por violencias de hombres armados que andaban por trochas entre ramales montañosos. Levantaron el poblado con sede de poder local, debía construirse la iglesia mayor. Allí al frente estaría el parque principal con el palacio municipal y un colegio católico.

Los mayores dueños de la tierra hicieron; por ahí mismo, sus viviendas y locales de comercio. Reservaron un salón para socios con su nombre en mayúsculas, en ese Club Social escribieron su propia historia y desconocieron en ella a los no católicos. La calle principal se nombró Calle Real para un territorio sin reino, era real con esas palabras castellanas.

La calle del pecado tenía su identidad, en algún municipio la llamaban Colegurre, en Marsella El Morro y no sé el origen, los hombres allí buscaban otros morros. La reina del lugar fue la morrocotuda y hubo una cotuda cuyo sitio gozón llamaban el coto. En la Calle de la Pista la fiesta quincenal con apuestas por carreras de caballos. Las había entre chalanes y otras entre desarrapados con táparos, incluso Matusalén, el caballo más viejo de mi abuelo, fue un campeón entre yeguas y caballos ancianos.

En cuatro capillas se asentó más la presencia sagrada invisible, entre vírgenes de yeso y santos con mala cara. Desde la cuchilla por donde llegaron los españoles y sus descendientes y los caminos nuevos con caseríos, salas de oratorio, altar y torre de campanario, construidas en convites y parrandas con aguardiente. Las motivó el cura Jesús María Estrada, fijó en los pobladores la religión católica. Su palacio en la iglesia principal con torres más altas que un castillo medieval.  

Surgieron con la unión entre creyentes y organización de base, comités de vecinos para las fiestas patronales que cargaron imágenes de la virgen por los senderos que ocuparon los liberales caucanos, aquellos librepensadores que pelearon por la división entre la iglesia y el estado con los conservadores paisas. Guerras frontales. Pelea de fanatismos violentos, animada con símbolos rojos y azules.

Aquella competencia se ritualizó con fiestas en los días de la virgen, o un santo patrono, había centelleos de luces y truenos, una vaca loca con sabiduría de polvoreros.

Esta tierra cafetera entre los ríos San Francisco y Chinchiná, límite donde en el siglo XIX pugnaban por el poder la hegemonía antioqueña con la caucana, luego de una guerra de mil días entre liberales rojos y conservadores azules; lo más conflictos, se combinaba ese baile continuo de varias formas. Rosarios, celebraciones, semana santa y los días de la pólvora. Monseñor Estrada fue un domesticador y un motivador, impulsó organizaciones católicas de base, veredas con comités para fiestas patronales.

En los años del pacto de rojos y azules (1958 a 1974) período del Frente Nacional, con democracia cerrada donde solo ellos compartían el poder nacional, regional y local, se distendieron las violencias políticas, se crearon las Juntas de Acción Comunal, en cuya organización intervenían el cura y el alcalde con promotores municipales. En esas organizaciones veredales y barriales los vecindarios generaron mejores carreteras, escuelas, acueductos Y electrificación rural, mejores calles y el manejo del poder comunitario de base para empoderarse y negociar con el estado.

Algunos hablaron mal de las juntas de acción comunal por politiqueras, desconocen que en esas reuniones los liberales y conservadores aprendieron a trabajar solidarios por el bien común, a negociar con los representantes políticos los llamados auxilios económicos para sus obras colectivas, el Comité de Cafeteros era impulsor de obras y también en su estancia y en las juntas ha sido motivador. Eligen y son elegidos en representación de sus vecinos y productores, son parte del poder local de base.

Surgía una nueva forma de estar y ser en el poder sin tantas camándulas. Los jóvenes peludos de los años sesenta, trajeron la moda urbana y las pastillas anticonceptivas que borraron los placeres en la Calle del Morro. Crearon su propio conjunto de poder con organizaciones como la Casa de la Cultura y trabajo comunitario para nuevos barrios, impulsar la cultura hacia una vida sostenible y obras públicas.

En Colombia, entre estas realidades de organización política no cabían otros librepensadores o los atados al marxismo leninismo. Surgieron otros partidos y otras violencias porque, cuando no hay lugar en los poderes, la guerra es el ritual, enfrenta contraculturas con disfraces de soldados, grupos violentos y guerreros.

Fondas camineras: Se recuerda con nostalgia las fondas camineras a donde llegaban a descansar los arrieros que colonizaron el suroccidente colombiano.

El fuego de San Telmo


Luminiscente y gigante fogonazo. Mi primera noción que viene en las lecturas sobre el fuego de santelmo o San Telmo . Como plasma de baja densidad, tenue o fuerte y su contraste asombra en el mar oscuro, unas veces leve, en otras con potenciales eléctrico-atmosféricos.

Marineros antiguos, ante esta ruptura eléctrica lumínica del aire que envolvía a sus embarcaciones, electricidad estática, ignoraron su origen atmosférico y creían los trasladaba entre borrascas de mal augurio, o se sintieron entre energías protectoras de San Telmo, el patrón de los marineros.

Resplandor blanco azulado, a veces con aspectos de fuego en chorros desde turbinas no inventadas, se frotaba a lo alto de los mástiles, en las vergas y chimeneas, se activaba desde las tormentas eléctricas, encendía chispas en el aire que rosaba a los dirigibles, podrían estallar con el gas de su flotador de helio.

En los llanos de San Luis y Trinidad, llanos del Casanare colombiano, nacen las crías del ganado. Allí los vaqueros reconocen el fuego de San Telmo de las tardes tormentosas, cuando sus chispas rodean las astas de los toros; en la fiesta lo simulan con los cuernos embolados de la corraleja.

 Busque el fuego de San Telmo en el barrio que lo nombra en Buenos Aires, sonó entre la candela como una melodía mientras Anita, mi hija, preparó el mejor asado de mundo. Noche fría bajo neblinas, los cuernos del demonio prendidos con el fuego del santo; no achicharraba mis pecados y complacía mi gula, que es un pecado santo y más santa mi lujuria que persigue el fuego.

Las aproximaciones que me llevaron a entender el fuego de San Telmo no estaban en la física, ni al pensar en las ecuaciones que no lo explican, están en las imágenes que presenta el poema del ecuatoriano Juan Ruiz Moyano.  

Poemas del ecuatoriano Juan Ruiz Moyano

El fuego de San Telmo

Aquello que tan altamente se dibuja, que tiene destellos y flores amarillas
Del que se desprenden todas las ruinas del tiempo, las iglesias unidas a un puño de luz.
La paz de las calles negras, la piedad de los extraños en reflejos circulares,
En electricidad y corriente que se despliega por encima del mar cabrío.
Aquello que se entumece como un muerto joven
Que crece en el azogue de la vida
En llamas ocultas
En infiernos agoreros
Si es que en el infierno hay buenos augurios y templos
Aquello que se escapa de la estrella más antigua, de la línea que hacen las tres marías en la noche
Y se dilata en la culebra que crece en la cabeza del navegante
Donde pule el hierro en que reflejarse
El fuego oh fuego de San Telmo
El que se mira desde abajo
El que procrea nacimientos
Y entraña los secretos de antiguos filibusteros
Oh Fuego de San Telmo
Descarga remontada en azul, en púrpura
Desde las habitaciones eléctricas de otros cielos
Tú, resplandor de augurios y presagios
Dame la calma hoy que las guías disparan otros senderos
Hoy que la brújula tiende a ser de hielo
Y norte y sur se disipan en macrocosmos
Y en trinos celestiales,
Oh fuego de San Telmo, arroja las nubes sobre mi cuerpo
Limpia la sal de viejas travesías
La marea es negra y áspera la cubierta de mi frente
Dios pincela con saliva el día mustio
Dios hace de grises la nave
Y sobrevuela sobre el farallón sobre el que escribo
con su túnica blanca como
La costra que la madrugada hace sobre el agua.
Fuego oh fuego de San Telmo
“Haced del mar nuestra patria”

Boeing 747 divisa el Fuego de San Telmo

El desprendimiento de los fuegos

He aquí la sonata del fin
De otro final que se aproxima como lluvia horizontal
Como agujas para tatuar la sal en el cuerpo
Luz del tripulante contenida en calor
Luz del tripulante en cueva de tayos
En socavones de vírgenes ahogos
En uña de murciélagos labrando luz
En tragedias y círculos infernales para que todo sea claro
Luz del tripulante en las conquistas del hipocampo
Vendrá ella/él/él/ella/él
Con la fe que suponen los horizontes
Haciendo habitable la bitácora
Haciendo feliz la flor canicular de la ciudad en la que insisto…
Agua todo es agua
yo apretaré la mano de Jonás
Y entre paredes de ballena respiraremos el mundo.

Lo sentí en esta música

Canción St. Elmos Fire (Man in Motion)

Artista: John Parr

Álbum: St. Elmos Fire (Man in Motion)

Con licencia para YouTube de: WMG (en representación de Atlantic Records); UNIAO BRASILEIRA DE EDITORAS DE MUSICA – UBEM, CMRRA, Peermusic, Sony ATV Publishing, SOLAR Music Rights Management, LatinAutorPerf, UMPG Publishing, LatinAutor – SonyATV, BMI – Broadcast Music Inc., LatinAutor – PeerMusic, ASCAP y 11 sociedades de derechos musicales.

En la Albarrada de Mompox


Una carta de mi novela «Ritmo aroma y tiempo de Palacín»

Albarrada de Mompox

 Viviana

En la banqueta de al lado de la “Piedra de Bolívar” , en la Albarrada del Campillo en Santa Cruz de Mompox, te escribo. En esta calle entre la Plaza de la Concepción y la Plaza de santa Bárbara, estuve con mi padre.

Habló en susurros y no había salido el sol, sus palabras fluían como el sonido del agua y resaltaban sobre ella como una voz cantora con fondo musical continuo. En este confín me nace un recuerdo del día cuando lo escuché junto al brazo del río Magdalena que pasa junto a este malecón de Santa Cruz de Mompox; estábamos aquí, en esta Albarrada con las paredes de piedra recién pintadas con cal de carburo, se presentaban nuestras sombras y veíamos reflejos de una luna intensa contra los Portales de la Marquesa, un toque de olores removió sus desvelos de ayer y aquel río no era su corriente de entonces.

Habló de cuando estudiaba en Medellín y tenía una vida intensa.

Él había escarmentado muchas impresiones y conocería más heridas sin ninguna aventura, las dificultades estaban ahí, a la espera.  Tenía uno setenta y siete de estatura y muchas cosas habían cambiado en él, habían secuestrado a Clarita su hermana y la buscó sin encontrarla.

Aquel niño asustado y resuelto, lo hizo traer don Alfredo Trujillo desde Cartagena hacia Medellín para protegerlo, era un ser sólido que enfrentaba problemas de hombre de mundo, sus aprietos eran del camino de la tierra y el agua, su libertad con obligaciones empresariales. 

He regresado en estos días de noviembre a esperar el paso de las ánimas, colocaré una vela que acompañe el paso del animero, entre ellas estará mi padre y me traerá sus pensamientos de aquellos días.

Tu primo Emiliano Palacín

Lectura de un pasaje de «El General en su laberinto» de Gabriel García Márquez – tradiciones culturales de Mompox

Mirada ante “Un verdor Terrible”


En estos días mis búsquedas de autores me han puesto en ese punto dinámico donde observo la vida con la otra mirada que me llega en el lenguaje seductor de Benjamín Labaut en su libro “Un verdor terrible”.

Al leerlo pienso lo que ahora escribo.

Benjamín Labatut nació en Rotterdam, Países Bajos, en 1980. Infancia en La Haya, Buenos Aires y Lima, con catorce años se estableció en Santiago de Chile.

No sé si la pandemia, aquellos paros continuos contra el gobierno y contra todos, aquellos enfrentamientos verbales con choque y palabras tan violentas y difusas, o las redes sociales con su desnudez influenciadora, o la sociedad prisionera del consumo de las cosas y los chats con nuevos símbolos.

Me aplastan, o he despertado, o me he golpeado ante los libros.

Ciertas realidades parecen deformarme y creo verme irreconocible, se me ha hinchado la manera de mirar, siento náuseas con ciertas columnas del periódico, como si solo una fracción de la basura de este tiempo, que contienen billones de átomos de polvo en sus residuos, partículas con fuerza nuclear con su latente poder de destruirnos. Para hablar de todo esto deberá de existir otro lenguaje.

Una narración política que sea tan clara y bella, a la vez tan complicada o diferente, que describa la otredad desde un mundo subatómico.

Aquellos periodistas y fanáticos que solo describen miedos, hechos y contradicciones, peleadores a ciegas, el chateo de los prisioneros en una jerga de mamertos, marxistas, capitalistas, creyentes en doctrinas que persisten en sus libros de piedra paleolítica, los que son fuentes de hechos de otras realidades que se observan desde lentes opacos por su ceguera situacional: fanatismo, las creencias, experiencias difíciles, el culto a los caudillos y los sobres de quien paga sus escritos.  

Todo está cambiando de tal manera que los conceptos de la física clásica, como posición, velocidad, choques y estallidos o sus momentos, no son términos para comprender el lenguaje de lo mínimo en la infinitud de una partícula subatómica, o la nueva realidad emergente en las mentes de los niños.

Es tiempo de pensar en metáforas para otras conexiones mentales. Las generaciones emergentes son más veloces; también inquietas, algunos las quieren cautivas ante las mafias con sus nuevos productos sicodélicos.  

Será importante admirar el juego de un niño que intenta armar un puzle con que alguien quiere romperle la cabeza, aunque él quiere sus propias soluciones con las nuevas ideas de su edad, con las que ya descifra las relaciones de la suma, multiplicaciones y matrices, de manera diferente, sin aquel lenguaje complicado de sus maestros casposos del tablero y la verborrea en una clase en la internet.

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Cuanto más compleja sea la operación, más oscuros son sus argumentos, y en esa oscuridad él quiere vislumbrar luces de piedras de colores preciosos que no se ha visto en el arco iris, porque a lo único que conducen los números de la ciencias de la guerra es a una llanura incendiada, al calentamiento de la vida, a esa experiencia del consumo que se ha de achicharrar en un paisaje estéril del futuro.

Cuando salí de los días del paro que armaron los izquierdistas, o de aquella neblina de los días del encierro y la pandemia, o el escondite en la cantera del trabajo para afrontar las circuntancias con entereza para sobrevivir con las familias que me rodean, cuando a sus vidas las han cercado por cien caminos hacia la pobreza; mientras los otros, bancos que se enceguecen en sus ganas y los políticos que andan distraídos con sus lenguajes para peleas y violencias en sus búsquedas del poder.  Valoro esa mirada hacia el mundo desde lo más pequeño en la complejidad de un virus, que en sus moléculas y átomos con electrones y núcleos orbitando entre ellos enloquecidos, los presumimos con sus movimientos de olas de un mar donde se reacomodan sus fuerzas y desafían la vida. Mientras los otros buscan las vacunas para darle aliento a sus negocios.

Quisiera revolcarme en el mundo de abajo, entre aquel círculo negro entre el centro de las cosas. Deberé buscarlo entre las calles de los drogadictos prisioneros de su vicio, las propiedades químicas de la basura que consumen y la influencia de las mafias que mueven guerras, capitales sucios y familias ciegas en sus ambiciones.

Quisiera darle otro rumbo a la vida entre la corriente migratoria de los haitianos con los venezolanos, las jovencitas que ofrecen sexo por comida, con los jóvenes que tiran piedras en la calle y los animales que están en extinción con sus voces mudas.

Quiero mirar el mundo desde el agua, el viento y el verdor en los cantos y relatos sonoros indígenas para niños. Quisiera radicarme en la otredad de un mundo subatómico y no el mundo achicharrado bajo el sol del calentamiento global.

Quisiera estar en aquel espectáculo que anuncia El País de Madrid.  Meterme entre la piel de Ana Belén y Mel Salvatierra, que en una obra de teatro encarnan el papel de dos actrices de generaciones distintas, han de interpretar a un mismo personaje. En esta coincidencia chocan dos maneras de entender la vida y la profesión. La actriz más joven lucha por conseguir la oportunidad de darse a conocer. La actriz mayor se esfuerza para que el paso de los años no la haga desaparecer de los escenarios. Pero eso no las convierte necesariamente en enemigas, sino que se trata de miradas complementarias que pueden aprender la una de la otra, sin ninguna necesidad de destruirse. ¿Se darán cuenta o acabarán devorándose?

La bruja del Hotel del Parque


Edificio bogotano en la calle 63, media cuadra de la Biblioteca Nacional. Llegado de Marsella, ya en el pasillo, advertí las vibraciones que me llevaron a esa la habitación del quinto piso, al rincón una puerta y penetré al cuarto de sauna; estaba en el rincón donde presentí sus ojos carmelitas, ávidos, preví su desnudez tibia y pecaminosa.

No la vi, la sintió mi mente. Sudé inquisitivo, embotado. Se perdió. Encontré una nevera con licores baratos, había objetos eróticos; cuantas fufurufas habrán estado acá, acompañantes de viajeros que dejaron algo en esta habitación.

Hotel del Parque

Días después, al narrar aquella noche, aseguré que había atraído con ese pensamiento a los espíritus eróticos que rondan mis noches. Aún la sentía con una erección que se volvió miedo, cuando la guerrilla nos atacó en una calle de páramo, huía con terror hacia los matojos en Marulanda Caldas.

Sentía cansancio y músculos adoloridos, quizá por efecto de alguna virosis; quité la sobrecama, advertí bajo la almohada un cabello, levanté un mechón rubio enroscado en una espiral hermosa, un caballito de mar; curioso, ubicado entre cuatro patitas de cucaracha, instaladas en posición de cruz gamada invertida.

Cavilé en los descuidos de la mucama, examiné las sábanas: limpias, olorosas a planchado y detergente fino; inquieto, me concentré en otros pensamientos y poco importaron estos aconteceres; quizá eran esas trampas mentales que tiende el cansancio, o las ficciones que generan los fluidos en el cerebro cuando se caen las energías por la altura de Bogotá. Me concentré con la televisión, penetré al paraje de un documental sobre los gitanos de la ciudad de Mendoza en Argentina. Cuando sentí los ojos maltratados apagué para descansar. No podía dormir bien.

Una y media en madrugada. Escuché un movimiento en la cerradura y la entrada de una persona, la observé con su traje moldeado con trapos pesados, arrastraba un ruido de paños antiguos y atavíos con tejidos metálicos; la turbación me impidió movimientos. La dama comenzó a molestarme con un juego asediante, encendía y apagaba la lámpara, en la calle silbidos de pájaros garrapateros quejosos y agudos: «uichu uichu uichu uichu». Entre los reflejos titilantes de ese juego, apareció regada entre el blanco de las sábanas, una sombra de polvo negro con forma de corazón de garrapatero, al lado, un pañuelo de lino con las iniciales de Giselle, una mujer de Marsella a quien quise enamorar con brujerías. Le daba turrones de coco espolvoreados con ripio de corazones garrapateros.

Medio silbado: «cuik cuik cuik cuik», ella parecía poseerme en su juicio y agarrotarme los músculos para inducirme la pesadez de un delirio, me cambió las cobijas y me sopló un aliento indefinible, me rozaron sus uñas, sentí picazón en la piel del pecho, en la espalda y las piernas. Me ardían los genitales con una erección que no sabía controlar.

Quise controlar su juego. La miré, imagínate, me había cubierto con una cobija vieja, llena de pelos carmelitas enredados con alas y patas de cucaracha; me concentré para alejarme de esa alucinación, pronto, pronto, aunque me pareciera un siglo.  –Sería un sueño con pesadillas y debía despertarme-.

Reinició con una algarabía musical, martillaba un piano que antes no estaba en la habitación, levanté la cabeza y ví la música, centelleaban lucecitas de luciérnagas al ritmo de las notas y guitarras con tonos bajos y penetrantes; trepidaban mis huesos, se zarandearon los hierros de la cama; después los sonidos se fugaron con silbidos, cuik, cuik…. Y los sacó de ahí un vehículo raudo y bullicioso que subía la calle veinticuatro hacia la Avenida de los Cerros.

Descanse sin resuello media hora, me sentía al lado de aquella energía misteriosa; era ahora una dama rubia y delicada, su pijama liviana y blanca con las puntas de su cuello punzantes en mi piel. Me ericé, la advertía con un bucle peinado y un perfil parecido a Giselle, pero no podía recordarle su cara.

Sexo en la antigua Roma

Saltó sobre mi cuerpo y registré un roce cálido, tierno entre un suspiro afectivo, la sentía acostada a mi lado y pretendí tocarla: era un cuerpo blando, levemente tibio y pegajoso; ya miraba con ojos brillosos e inexpresivos, su sonrisa burlona me transmitía una conmoción provocativa, sus ojos decían nada y sus mensajes mentales me poseían, estremecían desde la coronilla hasta las puntas de los pies. Parecía dominarme.

Cerré los ojos un instante; un siglo, ahora quería comprobar si ese cuerpo permanecía ahí. Lo sentí cálido y meloso; pero se me fue, se diluía entre las manos y solo me parecía sentirlo al final. Se perdía en el frío de las sábanas y solo la percepción de los cabellos rubios y las alas de cucaracha en las cobijas; ya entonces, Giselle revoloteaba por la habitación entre un efluvio blanco y luminiscente, me rondó varias veces hasta cuando se posó en mi cuerpo, se me montó para cabalgarme, me retó a un acto erótico, excitada, olía al tiempo de los veintiocho días mientras sus senos temblaban acuciosos.

Perdí la noción de estos sucesos y me hundí entre un túnel de tiempo y horror, el sueño me llevó hasta las laderas del Alto del Nudo y el Monte de don Berna en Marsella, desde allá los garrapateros muertos me llamaban con cantos tristes y moribundos. Recobré el sentido, imploré la ayuda de san Miguel Arcángel, lo apropiado para esa situación, lo recordé por consejos de mi hermana Aleyda que pertenecía a la iglesia de los ángeles ascendidos; no tenía recuerdos de haber leído en las memorias del abuelo algún conjuro para un caso como este; solo recordé lo que relató en alguna ocasión el tío Antonio, jamás supe si ateo o rezandero, me aconsejó que en momentos de crisis, rezara un padrenuestro y un ave maría al ánima sola, más súplicas a la virgen del Carmen que libera de temores y tentaciones de las ánimas perdidas en los edificios antiguos. ¿Cuáles ánimas? eran las tentaciones de mis propios miedos.

La mujer allí, me contemplaba afectuosa con un naipe blanco, sus cartas se barajaban solas y flotaban como alas de mariposa frente a mis ojos, su sonido soplaba un zumbido con vibraciones a las células del cuerpo, estuve lelo; ella me animó, coqueteaba, sonreía con unos ojos cargados con la misma picardía complaciente de la mirada carmelita de Giselle; esa forma de mirar que perdió a dos generaciones de hombres en los años sesenta en Marsella.

Arte erótico Roma

Aun ahí, barajó las cartas; esta vez percibí un juego cinematográfico con figuras de ranas rojas y serpientes verdes, círculos negros, calaveras y huesitos de garrapateros; cosas simbólicas, elementos indígenas de cultura Quimbaya y calima, patas de cucúlidos y números entre los que pude recordar el 3636 y el 666.  Pensé de nuevo en san Miguel Arcángel y al distanciarme de aquella pesadilla, ella salió rauda, carcajeándose y dándose palmadas en las nalgas. Juega mis números en la lotería, me dijo. Se evaporó entre humos ambarinos al descorrerse los cerrojos por donde llegó.

Pachacué


Vereda «Pachacué». Pereira – Colombia, en laderas del Parque Natural Los Nevados. Sus pobladores quieren compartirla con visitantes armoniosos con su vida.

Este nombre ancestral Quimbaya, significa «Cosmos, tiempo y espacio

El suelo de Pachacué esta habitado por quienes quieren vivirlo en armonía con los demás seres vivos e inertes y preservarlo.

Agradezco a Jorge Aristizábal Gómez, arquitecto, fotógrafo, ecólogo y gestor cultural, quien nos compartió estas imágenes de la vida en Pachacué en su facebook ‪#‎pachacuéancestral‬ – Explorar | Facebook https://www.facebook.com/jaristizabalg

Una razón para retomar este nombre histórico, por allí pasó el Libertador Simón Bolívar; también científicos, José Celestino Mutis y Francisco José de Caldas en su expedición botánica, Humboldt cuando estudiaba el mundo natural del planeta, expedicionarios, tropas patriotas, viajeros universales.  Allí se perciben huellas de corrientes biológicas, voces de volcanes y cantos del viento.

Sus habitantes nombran Pachacué a su terruño en honor a quienes forjaron la libertad de nuestra nación.  La libertad implica responsabilidades frente a la vida.

La piel de la tierra

Para la academia, el suelo es un recurso natural finito que produce servicios. Para otros es un ser viviente que se transforma siempre. Para los pueblos indígenas, como el Nasa de Colombia, situados en el Cauca, Valle del Cauca, Putumayo, Tolima, Huila, Caquetá y Meta, el suelo es un ser vivo y parte del territorio que incluye la atmósfera, el suelo y el subsuelo.

En el suelo se dan procesos biológicos y geoquímicos. Actúa como regulador climático porque almacena dióxido de carbono (CO2) y metano. Su calidad está en relación con la calidad de la vida humana. Si los suelos son pobres la comunidad también lo será.

«La ecoteología es una cosmovisión con inspiración ética y religiosa que cuestiona el modelo de la civilización tecnocientífica, propone un pensamiento que salvaguarde una armonía entre los derechos de la naturaleza con los humanos, pues la actual crisis surge de una civilización hegemónica. El paradigma prometido por la ciencia y la tecnología resultó ser selectivo y discriminatorio» Nuestro espíritu debe compenetrase con los espíritus de las formas de la vida que acompañan el transcurso de nuestra vida.

Los desequilibrios han enfermado a la tierra, Uma Kiwe, para los Nasa de Colombia. «El suelo del lugar donde nos encontramos y desarrollamos, en el actuamos, es un ser vivo. Es la piel de la madre tierra, Uma Kiwe, y allí dentro de esta capa existen seres espirituales que denominamos tapanos, espíritus que toman formas diferentes con las hojas de los árboles, con las ramas que se van descomponiendo y que generan equilibrio con todo el territorio», señala Luz Mery Pachacué, indígena Nasa quien vive en el departamento del Caquetá.

Según la cultura Nasa el suelo, como piel de la tierra, se desarmoniza y enferma cuando hay quemas, se aplican químicos, se destina a monocultivos como la palma; además, cuando hay mala minería y deforestación.

En América Latina, la ecoteología como evolución o nueva perspectiva de la teología de la liberación, incluye a la Tierra -Madre Tierra, Pacha Mama, Uma Kiwe, con las diferentes denominaciones que pueda adquirir, es otro sujeto a liberar; además, del pobre.

La tierra es también oprimida. Se libera, tiembla y se sacude para armonizarse y evolucionar, si se le maltrata se escucha y refleja con insistente clamor, su voz con viento y huracanes interpela a teólogos y ciudadanos para protegerla.

Otra tierra ancestral

La novia que impulsó al emprendedor


Administrarnos a nosotros mismos es un gran desafío, el dominio personal en la búsqueda del saber exige autonomía, no quedarse en estancos de academia, en muchos casos la educación es un negocio para otros y un estado de dependencia a las ilusiones de los títulos y los rangos sociales que son un mero estatus de apariencias. Hay pasos más allá de su frontera y entre estas mismas instituciones están los nichos de la investigación y la innovación transformadora.  

El buen manejo de nuestros estados emocionales se basa en realidades, nos hace seguidores, nos paraliza o nos impulsa, y el reto más difícil de la administración es manejarnos a nosotros mismos, las capacidades de inventiva y los estado de fluidez son un dominio mental y emocional en la persona; los mejores, manejan circunstancias y se concentran tanto que olvidan los obstáculos y en cada dificultad perciben desafíos.

El señor Carlos Llanos lo explicó así: mamá decía que yo era chatarrero porque cogía partes de mecanismos usados y desechados, los observaba y pensaba en mecanismos nuevos, el metal es duro y maleable, yo hacía desarrollos y combinaba.

Cuando llegué a la universidad me sentí triste, en las clases eso no era lo que yo esperaba. No parecía ingeniería mecatrónica, yo estudiaba las materias que eran pura teoría; cuando proponía problemas de la vida real al profesor con mis ideas de soluciones, él quedaba grogui, él no me interpretaba porque solo era un repetidor de fórmulas y no sabía observar la realidad de las cosas que funcionan y la vida.

Dejé de asistirle y busqué libros en la biblioteca porque odiaba esas clases, hacia simulaciones con mis gráficos y fórmulas, armaba mecanismos con alambres y cosas de reciclaje, después llevaba el asunto para discutirlo en la clase y otra vez quedaba grogui, nadie, ni el mismo profesor la cogían; sin embargo, no me sentía frustrado, ese no era mi lugar.

Yo desde niño inicié mis estudios en el taller de mi papá que era un mecánico, el me hacía organizarle el sistema de herramientas y me explicaba cada uso, yo le decía que quería estudiar para ser ingeniero. El me repetía que lo importante no era ser ingeniero, ni siquiera los cartones; lo esencial y lo que me iba a generar más valor es ser ingenioso, que mi tarea constante era ser genial y generador de valor. Siempre conversamos y pusimos entusiasmo en esa idea, cada día me motivaba, me entregaba cachivaches para que los desbaratara y con esos y otros elementos que comprábamos me dedicaba a inventar cosas, muchas veces no funcionaron, repetía y repetía hasta lograrlo.

Decidí continuar en la universidad sin seguir el currículo, estaba en tercer semestre y asistía a clases de séptimo y noveno, decía a los profesores: señor, no me califique, pero yo le asisto y déjeme pensar, me ingeniaba soluciones a los asuntos del mundo que carecían de soluciones y cuando la universidad ya no me daba la dejé. Y desde la universidad busqué otros escenarios del saber, como el SENA, allí si aprendí a construir mi método, cuando me inventaba un dispositivo nuevo, me animaban.

La primera emoción estuvo en un mecanismo para dejar caer un huevo sin que se rompiera y justificarlo, rompí muchos y lo logré. Yo asistía con presiones, porque ya tenía muchos negocios y asuntos que resolver, pero sentía emociones en ese tiempo tan valioso porque aprendí y apropié mi método, la emoción no era graduarme, encontré las claves para ser más creativo, resolver dificultades y crear soluciones con equipos de trabajo, y manejar buenas relaciones.

Sentir a las personas y saberles llegar a quienes saben más y al que me ayuda para que aprenda. El esfuerzo no es problematizar las cosas, es pensamiento y dedicación para lograr y hacer que algo funcione. El ingenio requiere mucha observación, estar alerta a las innovaciones, escuchar mucho, pensar mucho y esforzarse. En el SENA sentía libertad, no estaba prisionero de las notas, poco a poco pedía cosas dañadas. Me decían: observe, desbarate, diga y aprenda, yo dañaba y arreglaba.

Emprendedor Carlos Llanos al fondo entre compañeros de negro Diana al frente

Dianita, mi gran compañera, cuando éramos novios, anhelábamos una moto, ella me escuchaba y motivaba; escuchó mis emociones y comprendió, sabía que lo necesario para mí era tener máquinas y herramientas, entonces me frenó. Mírame, no pensemos en esa bendita moto, ese dinero lo debemos invertir en la máquina que necesitas y en herramientas. Arrancamos ahí, ella se puso mi overol.

Tras siete intentos fabricamos una máquina para hacer conos y obleas para servir helados de esos que tanto le gustan a la gente. Las fabriqué, las mejoré y vendí a las empresas, en cada caso encontré ideas nuevas y sus saberes escondidos. Ahí en esa experiencia nacía mi empresa Maquiconos. Hoy fabricamos máquinas y exportamos a varios países en un taller sencillo, mamá y papá me cedieron la casa y celebraron cuando la convertí en talleres.

El caso Kinetic Wall at Geneva Motor Show- Interactive Kinetic Installation (Temporary)

Cita en Madrid y lo imprevisto


Era en abril de un año loco, en la Cibeles era leve la nevada. Rodrigo pensó que mereció esperar toda su vida por un momento así. Meditó con bocanadas de vapor mientras ella lo miraba tras la cortina de agua, su bufanda flotaba al caminar, el abrigo se corría, entrevió su ombligo al aire y la minifalda azul. Él ya no supo cómo disimular las pisadas con los defectos de sus pies chapines, sentía en su pecho la energía de miles de estrellas.

Avanzó con la idea que abría espacio en su pensamiento, el siguiente era el día de pascua, la muerte del Redentor estaba tras él y su resurrección también.

La mujer que esperaba conocer estaba frente a él, tenía la sensación de haber soñado siempre con ella. Diana Sánchez Mena, la distinguía, su acento y ternura llenaron su imaginación, su sensación de haber soñado siempre con ella, el pasado no venía claro a su memoria  pero en la dinámica de su cerebro ella le vibraba, la sangre le subía como un torrente que podía arrastrarlo y alelarlo, esa sensación nueva y sustancial para su vida era real.

— ¿Eres Rodrigo Buitrago?—, Diana con lentitud destemplada.             

—Soy tu paisana de Tacaloa. ¿Me reconocéis?, en los días cuando saliste del pueblo yo era una chiquitina, ya tú eras ocho años mayor—. Sonreía con brillo coqueto en sus ojos. Diana apenas se situaba en esa circunstancia ante un hombre con aspecto de macho cabrío con su barba, bufanda y saco gris oscuro.

—Te recuerdo en este momento, un día lucías un sombrero con cinta azul, montabas sonriente un caballo negro en una cabalgata del 20 de julio—. Rodrigo ensimismado, pensativo y con un poco de asombro. 

—Pero… ¡claro!.., tú eres una Sánchez  de las nietas de don Martín, el tío abuelo de mi mamá que vivía en la salida para Valencia—.

—Sí, soy la hija de Joaquín Alonso, el notario… Pero él nos abandonó cuando una viuda alegre, la mona de la finca La Mina,  se lo robó a mi mamá y lo perdimos entre el bullicio del mundo y los rumores de todas las violencias; también mamá debió abandonarnos para meterse entre esa telaraña del mundo del trabajo.  El tío Martín nos cuidaba, se vino del seminario con el dolor de vernos solas, él me enseñó a estar elegante en las cabalgatas—. 

—Te Recuerdo mejor ahora. Eras delgadita, un peinado de trenzas, cantabas, bailabas una cumbia y otras danzas en los desfiles de la Casa de la Cultura—. Rodrigo camina y protege a Diana al pasar la calle. —

¿Cómo llegaste a esta ciudad tan lejana?—. Caminan eluden transeúntes, se sientan en un bar, refresco y cerveza negra, suena aquella melodía de Mikis Theodorakis, la música inmortal de la película “Zorba El Griego”, recuerdan a un Anthony Quinn soberbio, bailando con el corazón en medio del calor del cielo luminoso y a un tiro de piedra del azul del mar de Odiseo, Jasón, Heracles y Teseo. 

Diana con rostro radiante es más abierta con su historia. Están cerca de una ventana, se mira al frente un cartel de la película ‘Amanecer’, Diana habla de ella, la valora como la obra maestra del especialista en obras maestras, F.W. Murnau. —Es una de las mejores historias de amor de toda la historia del cine—, respira un poco y medita,  — cine mudo para mayor asombro— remata su explicación.

Amanecer (1927)
George O’Brien, Janet Gaynor
Treinta años después de su estreno, los críticos de Cahiers du cinéma declararon que Amanecer era “la obra maestra individual más grande de la historia del cine” (6). El tiempo ha pasado, el gusto del público se ha ido hacia otros rumbos y la película ya no es tan recordada. Pero no es sino asomarse por una de sus hendijas para que la maravilla vuelva a latir. Las imágenes de Amanecer están tan vivas como ayer. Y siempre lo estarán. Siempre. Tan seguro como el próximo amanecer.

Rodrigo estudió tres años de bachillerato, más allá de rituales y oraciones, perdió todas sus lecciones de geografía e historia, aunque sabía orientase en el mundo de los mapas, don Quintiliano Quintero su profesor, le evaluaba el conocimiento con base en repeticiones mecánicas de los textos antiguos y anticuados, le recordó un castigo cuando no pudo repetirle los nombres de los gobernadores de Caldas. Sin embargo era buen lector, amaba el cine y mantenía informado sobre los acontecimientos y cambios del mundo; además, había heredado de su cultura familiar un don especial para hablar con una buena artillería de palabras, se entusiasmó con la conversación sobre el escenario y la actuación en la cinematografía y platicó acerca del cine mudo que le enseñó a amar su abuelo: “Tres hombres malos” y  “El acorazado de Potekim”. Diana le habló de “Y el Mundo Marcha”, dijo que aunque la etapa muda de King Vidor, es casi toda imprescindible, se quedaba con esta historia inmortal sobre un perdedor que lo único que tiene es el amor y la confianza de su hijo.

Rodrigo meditó. Aspiró un sorbo y pensó si su propia existencia iba en el sendero de un perdedor. Sintió un  estremecimiento y se animó con una “Tonada de luna llena” del venezolano Simón Díaz ,la versión que incluyó Almodóvar en su película ­»La flor de mi secreto». Diana llevo la conversación hacia la vida de guerra en los amores contrariados y las aventuras de mujeres aventureras y suicidas.

Rodrigo pensaba si esa suya no era una realidad de películas y telenovelas.

Comenzó a frecuentar el apartamento de Diana, con cada encuentro se sintió más raro, ella no le apretaba en el cuello con ese collar de perro que le arrojan en el cogote ciertas mujeres a los hombres, ella no cargaba esa porquería en sus manos, ni parecía guardarla en su bolso.

Ella y todo lo que estaba cerca de su ambiente emergían claros para él, lo  interior y lo exterior le cambiaban cuando estaban juntos; sus propósitos de  lucro económico, él  tan botarates, le parecían ahora un asunto vital para poder ligarla, porque todos los siglos debieron sucederse con su enorme potencial de cambios y evoluciones para preparar esa fracción de segundo cuando ella le miró con ojos miel trastornados, ese era el momento más sublime e idiota que  había acontecido en esta puta tierra  desde cuando el imbécil de Adán se dejó convencer de la hembrita esa de la culebra  de que era un sublime guebón si no se comía la manzana.