TIEMPOS DE CINE EN MARSELLA

Siglo XX en su mitad, lo novedoso fue el cine. En el Teatro Marsella hablaban lenguas extrañas, entraban a palacios de Grecia y Roma, pasaban cabalgantes de los desiertos de Alabama y se veía el tráfico de París y Nueva York. México era parte del vecindario.

El cinematógrafo, con su intermediación de imágenes, transformó la vida durante cuatro mil noches de alargamientos, gigantizaciones, efectos en la conciencia y voluntad. Fueron luces e imágenes que alternaron con cada sombra en las butacas del teatro. Los parroquianos ingresaban agachados bajo el humo de cigarrillos Pielroja y aturdidos eludían los balazos del cine western.

Una noche de octubre en 1960, el sheriff Chance (John Wayne), encarceló al asesino Joe Burdette, hermano de un terrateniente. Sus hombres intentaban liberarlo, Chance lo impedía con sus dos ayudantes, el alcohólico (Dean Martin) y otro viejo y tullido (Walter Brennan), junto al hábil pistolero Colorado (Ricky Nelson); los asistentes sentían las mismas tensiones, temían encerrados con ellos en la oficina del sheriff.

Al día siguiente, Fabio Quintero, “Piracho”, zapatero y cuentero, inventó su trama de la película y alteró el guion del director Howard Hawks; él con su pie más largo que el otro, se adentró en esa historia y se ubicó junto al tullido para ayudarle a impedir que el preso fuera liberado; él mismo, Piracho, aseguró a los jugadores de billar: fui testigo y protagonista en el tiroteo, ayudé y vencimos a esos bandidos, incluso le parecían más peligrosos que “Chuchi Sierra” enfrentado al “Negro Cadenas”. Los más bandidos de Marsella.

Dizque los había entregado a la autoridad estatal, dizque fue ayudado por el negro Valencia y Cachipay, dos policías de la inspección El Trébol. Después se tomó unas cervezas con John Wayne en la cantina de Nepo Morales en salida a la vereda de Valencia y pidió dos morcillas para el tullido.  Era así la vida de los cineastas en Marsella, una fusión de realidades y mitomanías.

Ah tiempo aquel, los marselleses nacían entre esa magia lumínica que anima y humaniza a cada persona, crecían ante aquella duplicación protagónica de imágenes en el telón del cine; aunque los habían sacado doña Enriqueta, la comadrona, o el doctor José María Correa, a veces aletargado por la morfina, desde ese limbo del vientre materno que describía monseñor Estrada en sus sermones condenatorios. Su destino era la penitencia que salva las almas, o la condenación eterna. Los parroquianos tenían la vida untada de pecado original y fueron declarados culpables de la crucifixión de cristo. Se educaban en la rutina del catecismo del Padre Astete y las cartillas “Alegría de leer”. Vida temperada con camándulas y letanías, desde las torres de la iglesia las campanas acompasaban una vida con oraciones y cantos de liturgia católica.

Aquel año que trajo la narrativa del cine, desreguló esos destinos, la percepción de la cruz se difuminó con ese reflejo metafísico energético en el telón del teatro. Dejó una fusión de identidades trastocadas, removió ideales en su metamorfosis, algunos asumían una personificación de testigos o protagonistas de la vida cinematográfica. 

Fragmento, película ‘El trueno entre las hojas’, con el desnudo pionero de Isabel Sarli

Cierta noche “La Coca Sarli”, argentina la Isabel Sarli, arruinó los sermones desnuda en una película erótica. Al día siguiente tras los humos del incensario de la iglesia, los hombres se imaginaban la santidad gloriosa de la mujeres biringas, los carniceros veían un desfile de monjas desnudas desde la iglesia al colegio betlemita. Para calmar esos pecados llegó al cine la pasión de cristo y se inundó el teatro con lágrimas de cocodrilo.

El cura maldijo, lo dijo alguien. Los goterones de la lluvia se metieron al teatro y se movían las ratas como parte del cine, hasta cuando destruyó aquello un terremoto. Hicieron faltaban los día a día, sábados y domingos, película tras película y cine continuo: mexicanas, gladiadores, colonos atacados por indios y mujeres bellas: Audrey Hepbum, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Sophie Loren, Rita Walworth, Brigitte Bardot, para qué seguir. Los enamorados querían ver a sus mujeres con esas mismas caras y algunos se desencantaron. Macarito veía a las Issa tan familiares de Carole Lombard que aseguró: —por eso no las enamoré, tuve miedo de profanar tanta blancura con esta pinta de negro y por eso prefiero a mi indiecita—.

Un mito local Omar Ordoñez era un macho y pinta cinematográfica, las damas lo miraban como el Ben Hur de una aventura dramática de los tiempos romanos que llevó al cine la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), era el propio Charlon Heston cuando subía los bultos de café a su Jeep Willis. Y Omar Vélez, su con pinta de Kirk Douglas, las mismas damas lo distinguieron héroe desde cuando asistieron al film “Senderos de Gloria”, aunque en lugar de avión de guerra manejara aquella volqueta roja Ford de 1953 en la que cargaba la basura.

Elenco de «Los Siete». De izquierda a derecha: Yul Brynner, Steve McQueen, Horst Buchholz, Charles Bronson, Robert Vaughn, Brad Dexter, y James Coburn

Fernando Castaño, el jinete que venía de la finca La Ermita, cruzó la plaza, siguió a la Calle Real, y desde las ventanas lo transformaron en Yul Bryner, líder de “Los siete magníficos”. El dirigía al grupo de labradores que llegaron a un pueblo de la frontera mexicana con Estados Unidos, asediado por una banda de malhechores que dirigía un sanguinario calavera (Eli Wallach). Cada magnífico los enfrentó con una habilidad distinta: cuchillo, pistola, puño limpio, revólver, navaja, inteligencia y tesón hasta la muerte. Película estrenada en octubre de 1960.     

También hubo vampiros, Pacho Ardita y Carlos Villa, aseguraban sobre ellos en el café de Peláez, que salieron de la “Familia Monster, cuando el cine pasó del Teatro Marsella a los televisores en blanco y negro.

Piracho disfrutaba del cine mexicano, se metía en las películas y viajaba a su tiempo y circunstancias, decía que él mismo ayudó a El Santo en la película de “Las mujeres vampiro”; dizque hizo sus pilatunas para que abdicara Zorina, una reina vampira. La había despertado de un letargo de 200 años desde cuando un antepasado del Santo la momificó. Piracho lo acompañó a La Tundra donde la sacerdotisa vampira ya había elegido a Diana, una amiga del héroe, como la sucesora al trono. El valiente Piracho se sacudió esos dos siglos de letargo y se enfrentó con El Santo a los esclavos de La Tundra para evitar que la inocente Diana se convirtiera en ofrenda para el Señor de las Tinieblas.

Al salir del cine, Piracho asumió su delirio argumental en esa atmósfera onírica y vampiresa, partió desde el mismo teatro a buscar una mujer colmilluda en la Calle del Morro, llegó a la cantina de Chava Luna donde había una hembrita que marcaba su huella con un beso chupados el cuello de cada amante. Él quería dejarle una muestra de su sangre para enviarla al reino de las tinieblas.

7 respuestas a “TIEMPOS DE CINE EN MARSELLA”

  1. En el pueblo de mis largos veranos adolescentes había a veces que llevar tu propia silla y el cura ponía la mano delante de la lente del proyector cuando un beso le parecía pecaminoso.
    Es verdad, las aventuras de los actores se confundían con nuestras vidas.
    Muy buena tu crónica Guillermo.
    ¡Felices fiestas del Jesusito de nuestra infancia!
    Ramón

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  2. Una diosa del cine la señora Sarli, gracias por recordarla tan gratamente en tu blog.
    Tuve la suerte de conocerla en el Festival de Cine de San Sebastián (España), me la presentó el inefable Luis Gasca. Tuvimos una conversación de apenas cinco minutos, pero aquel mini encuentro permanece en mi memoria desde entonces. Tampoco puedo olvidar las películas de su marido y la actuación de su hijo Víctor Bó junto a ella en el incalificable film: Carne (1968). Ahora, su nieto Armando Bó (con el mismo nombre que el abuelo), es un cineasta que triunfa en Hollywood se mantiene a la altura de esta excelente saga familiar: ¡Viva el cine! y ¡Viva la Sarli!

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