Venganza entre viento y colores

Rodrigo Buitrago afronta una lucha fuerte y desigual.  Su enemigo es enorme, duro, erguido y con mucha madurez, es un árbol tragón de cometas.

Es niño bueno y Genovevita Álvarez, la mujer más santa que ha dado la tierra del café, le asustó con el diablo para que hiciera la primera comunión. Con un catecismo ajado del padre Astete le enseñó a obrar bien por utilidad y a no pecar por esa idea perturbadora de la muerte y el final entre la paila mocha del infierno.

Él acude al parque a elevar sus cometas, las encumbra y sus colas fluidas cabalgan entre corrientes de aire hacia la altura de las torres de la iglesia. Suplica a Dios que las convierta en alfombras mágicas sobre las que pueda viajar al cielo. Ya él al límite de sus fuerzas y al borde de los predios de las estrellas, entre un azul de un solo tono en el cielo, desde ahí mismo es cuando el árbol le jala el viento, las embelesa y las atrapa con su penacho de hojas inaccesibles.  El niño recoge sus hilos, les envía ondas de cuerda, intenta remontarlas, suplica a su ángel de la guarda que venga en su ayuda con una legión de arcángeles y serafines que muevan el viento con sus aleteos gloriosos para levantarlas y las pierde entre una fronda de ramas maléficas. 

Durante el transcurso de los días las cometas se rasgan y deterioran. Solo quedan sus armazones de palitos resecos devorados como si fueran huesos. Es un árbol devorador de cometas.  —Ese árbol es insaciable y perverso— protesta Rodrigo, un trigueñito de cara insurrecta, ojos verdes, talle menudo y talante resuelto, mientras brinca exaltado y descompuesto al lado de su abuelo. —Las energías celestiales desde esa hostia insípida que me da Genovevita me ofrecen recompensas en el cielo, y yo con esta rabia, solo veo a Lucifer metido dentro de ese árbol para provocarme—.

—El árbol es una obra de la naturaleza—, replica el viejo, un capitán en cuyos oídos sisea un tinitus donde retumban los estallidos del armamento de su tropa en la toma del Triángulo de Hierro en la Colina 717, allí donde soldados chinos y norcoreanos concentraron su defensa en la guerra de Corea.  —Míralo bien, es una palma de cera de las que sembró Nicasio López, el primer alcalde, para embellecer el parque en los primeros actos del civismo en Tacaloa, ahí se reúnen los loritos, comen en sus racimos mientras su sombra protege a las personas. Además, el diablo es solamente el manteco mayor del infierno, mantiene tan ocupado que en su tiempo no provocaría a un niño como tú, él se entretiene más cuando atiborra de sus cuentos la mente de las viejitas beatas para que asusten a los niños con sus creencias deslustradas. Compraremos más cometas, el turco Antonio Issa las vende. 

En los días siguientes, el niño acumula un raudal de trampas y rabias en su mente. Se aproxima al árbol, lo distingue entre araucarias, palmas botella y los mangos. Advierte proyectadas en el pavimento las sombras de los esqueletos de sus cometas, figuran aplastadas de manera infame contra el piso. Él coge folios de las hojas secas que han caído desde el penacho, los examina y aprecia, están muy gordos, también hay semillas que están rechonchas de tanto comer cometas. Un sentimiento altera su imaginario y lanza patadas contra la barriga del árbol, y aquel glotón de cometas tan malévolo, le devuelve los golpes con perturbaciones dolorosas y penetrantes  en las puntas de los pies y se las clava hasta las espinillas.

—Que me lleve el diablo, aunque tenga unos cachos muy largos y eche mucha candela por los ojos y hasta chorros de humo por el rabo, le grita a todas las criaturas del universo. Se retira renco y blasfemando, la barriga de ese árbol está dura por comer tantos palos de cometas, las puntas de sus hojas ondean en el viento con la energía de la cola de sus cometas; pero, su corteza no  puede ser más dura que el pellejo de su gato, ni  más tensa su cáscara que la piel de una bestia o de una persona curtida por el trabajo físico y el sol.

Rodrigo concibe una venganza, ¡será una dura venganza! Para calibrar los cálculos de su plan, mira desde su ventana las nubes y el firmamento, la neblina baja en una procesión de motas y ovejas. El niño recuerda las lecciones sobre el clima de doña Ester Bedoya, le dibujó los ciclos del aire y de la lluvia en el tablero cuando le preguntó sobre un programa de meteorología que vio en el televisor de don Antonio Giraldo y en su mente compone un ritual telúrico a partir de los artificios de un brujo que vio en una revista de las aventuras de Tarzán.

El niño convoca a todos las diosas de las tormentas y a los dioses de los huracanes con toda su artillería de nieves, radiaciones estruendosas y vendavales. Ante la inminencia del invierno las láminas de las hojas de la palma caen con más abundancia, tantea algunas de ellas, las aruña para buscar entre sus epitelios los colores de sus cometas.  Están macilentas y pálidas por la falta de su comida, Rodrigo no ha vuelto de traerle cometas; luego,  el árbol está en sus tiempos de extenuación.

Llega el mes de mayo, la borrasca del mes ha sido augurada por sus abuelos como la más tenebrosa de todo el año; son las cinco de la tarde del día cinco, las cavilaciones de su venganza acosan a Rodrigo, afuera el  devorador está desnudo y desprotegido del viento cortante y frío que viene desde el Nevado del Ruiz con una arremetida de nubarrones negros, truena a la altura del camino del Español,  relampaguea mientras él observa tras su ventana  de cedro y cristales, aspira a que sea la tempestad más despiadada e impetuosa, que cobre al árbol sus maldades, que castigue y ahogue su voracidad.

A las cinco y media  en la plenitud de la tormenta, una ventisca arranca latas de zinc de los techos y ladea casas en el sector de Alto Cielo, las eleva y vuelan en círculos hasta chocar contra una torre de la iglesia, una de ellas prosigue y colisiona en la palmera que la recibe entre chubascos de granizo y caen dos hojas de su corona,  el penacho se agita entre una tromba que estremece a toda la planta, el tallo vibra pero permanece erguido y resistente, luego se chamusca parte del raquis del racimo y caen semillas incendiadas entre chispas de centellas atronadoras. El niño ve los fragores de un torbellino que levanta serpentinas brillantes por las puntas de las ramas con los colores de las colas de sus cometas. Con la regularidad de una sesión de fotografía, otro relámpago revela una figura fortalecida e impresionante que impacta con los registros de su silueta la retina de Rodrigo, es la imagen de un diablo amenazante que abraza el árbol y con su tridente señala al niño tras la ventana.

Son las nueve en el puesto del vendedor de hamburguesas de la esquina y amainaron las lluvias, entre una noche con luna de mandarina se dibuja  una palma altísima y soberbia,  inalterada y apacible,   tras las cortinas  un niño la mira temeroso bajo el aire húmedo que se mete por una hendija;  medita  perdido entre sus fantasmas.  Pasa un grupo de parroquianos al compás del son de un hombre a quien llaman Tarugo, con el brillo de un corno bajo el brazo, le acompaña la melodía de una rubia con una trompeta, sus caderas colindan con los goces del mundo y la carne, se mueven al sonido de un bombo, un tambor y una chirimía. Estalla la pólvora de un cohete que celebra una fiesta religiosa. Allí marcha Genovevita Álvarez con un incensario que despide las últimas chispas de la tormenta e intenta con el humo espantar a los diablos, está hermosa y blanquísima, Rodrigo siente en el paladar el sabor de sus hostias.

—Ese puto árbol, además de ser amigo de Satanás y de todas las oraciones, se seguirá devorando mis cometas—.

Tomada en https://nuestroclima.com/

 

3 respuestas a “Venganza entre viento y colores”

  1. Siempre habrá un «puto árbol» que su empeño será impedirnos volar. Estupendo relato.
    Gracias por tu amable correo y tus palabras de estímulo para seguir con mis poemas.
    Alguien pudo sentirlo, pero nunca nadie me dijo «gracias por existir al otro lado» . Todos somos importantes y todos somos prescindibles, pero esas palabras me inflaron como un globo que me acercó a las nubes.
    Salud.

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