Nació del incendio en el salón del billar

En la noche del incendio en el salón de billar nacería Diego, el humo comenzó a brotar por la lima hoya del techo; mamá sentía vapores en las sienes y dolores bajitos, cedían los huesos de su cadera y en su matriz se movía el muchacho que empujaba por salir.

Diego es hijo de una noche de incendio en el salón de billar del bar social de Tacaloa. Explotó la primera candelada por el tapajuntas del techo y otra llama partía el alero, mamá reventó fuente y comenzó el trabajo de parto, el incendio avanzaba a media cuadra de mi casa, doña Enriqueta le animaba, el cuello uterino de mamá se dilataba, la partera le hablaba del incendio mientras mamá pujaba, y en el salón de billar, comenzaron a caer tizones y bailaban las llamas sobre las vigas del encielado.

Los billaristas corrieron despavoridos y entre llamas llegaba el niño.

Los cuatro varones de Tacaloa más prevenidos, Tomás Issa, Jorge Hoyos, Macario Gutiérrez y el capitán Caro de los bomberos, levantaron los 250 kilos de la mesa de billar y la pusieron en la calle bajo un árbol de mango como si fuera un colchón de plumas; en esas nació Diego, lanzó su primer berrido vital cuando soltaron la mesa.

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El niño se calmó mientras ellos sentados respiraban tras el esfuerzo. Los bomberos aplacaron el fuego. Se requirió la fuerza de doce hombres para regresar la mesa al sitio mientras Diego aún bramaba al sentirse fuera del confort en la barriga de mamá, sobre el billar caían chispas y cenizas.

Aquella primera mesa de billar la llevó a Tacaloa un exportador de café, la negoció por la cosecha de un lote en una finca de las lomas de El Congal, había sido fabricada bajo las normas del ingeniero británico Tomás Hancock, tenía caucho vulcanizado en sus amortiguadores y una base de pizarra, todo esto forrado en una tela especial de 21 onzas con ese color verde de césped.

Diego recuerda a su maestro de la escuela, Bernardo Jiménez, quien compraba vestidos de cachaco y estrenaba, los usaba esa vez y los vendía con ganancia porque era el modelo del hombre mejor vestido, hasta tuvo la extravagancia de comprarle la tela usada de la mesa del billar a un señor en Viterbo, la volteó el sastre Joaquín Montoya y le confeccionó un vestido que Bernardo estrenó en un baile del club social y vendió carísimo a un ecuatoriano que estudiaba en Popayán.

Diego nació de carambola entre un rebote en la corriente de la vida, sintió el tacazo que lo envió al mundo real y creció con la idea de que todas las muertes confluyen en su persona por un asunto de probabilidad estocástica, observa en sí mismo todos los rebotes de la vida desde los dioses más antiguos, como una rencarnación entre lo viviente y lo no existencial que se impulsan de tacazo y en rebote en su vida pánica y libre.

En sus días de tensión se dirige al billar, coloca sus problemas en la punta del taco y mientras su mente calcula la carambola en otra parte del cerebro se procesan los problemas y regresa lúcido al trabajo de ingeniero electrónico diseñador de artefactos para una ciudad inteligente.

Quería tener unos ojos grandes y ahora le semejan dos bolas de billar. Su nacimiento en la noche del incendio es una aventura con un extravío que rueda a varias bandas, siempre en busca de lo nuevo que rebota en las fronteras de lo vivo que representa el juego de carambola hacia un extravío en un tiempo sin límites.

Le encanta ese juego, cuando estudió física en Viena usaba el billar para comprobar leyes de la mecánica, la preservación del momento lineal e inercial por esos rebotes en instantes, percibir cómo la temperatura se incrementa al momento del choque entre las bolas o con el golpe del taco. Esa disipación de la energía cuando se friccionan estos cuerpos. Diego quería entender a profundidad aquella fuerza y energía de la naturaleza de aquel juego y disfrutarla. Aunque dicen los teólogos que Dios no juega a los dados, pero de pronto juega billar con San Pedro.

Cuando regresó a Tacaloa, había pasado por el Club Quirama de Pereira, lugar sagrado de los billaristas. Observó cada escena en las mesas, las actitudes de los observadores y la tensión de los participantes de cada juego; mientras tanto, le contaron la historia de un despistado quien pidió le sirvieran un fresco de billar del que allí vendían.

Uno de los meseros para no dejarlo con las ganas, orinó en un vaso, lo endulzó y revolvió con una esencia de caramelo con vainilla y el hombrecito se lo tomó, le pidió de nuevo dos veces. Comentaba nada y serio. Pidió el tercero. Como ya no tenía jugo en su vejiga, pidió a una mujer de la calle le concediera el favor de un vaso de sus orines para seguirle el juego al otro, ella cedió y le pasó su buena orinada. Cuando lo saboreó le dijo: señor, cuál es la diferencia entre estos jugos, los dos primeros tenían un sabor especial y el tercero tiene algo de un almíbar.

Son fórmulas de la casa, los dos primeros eran jugos de billar de bola a bola, este último es de banda a banda.  

3 respuestas a “Nació del incendio en el salón del billar

  1. Luis. Los salones de billar son sitios ideales para pensar la vida desde las observaciones y la conversación, esa inteligencia de los buenos billaristas. Quizá desde esa afición eres mucho de lo que eres.

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