Noche luna en abril de Centavo Menos

Noche luna en abril de Centavo Menos

Era tan compadrito como aquellos, tal si lo hubiese descrito Borges, eternamente pulcro. Delantal blanco y sus pies bien cuidados aunque anduviera descalzo. Cantinero en Marsella, amaba la música que cantaba el ciego Tobías Vanegas, la historia de Alberto Gómez, aquel compositor, actor y cantante argentino que inició en los cafés y un teatro de Lomas de Zamora y los cines de la Calle Corrientes en Buenos Aires.

En qué infierno acabaremos los equivocados, decía. Y los que no fuimos genios, mientras miraba el cielo y oía los pasos de unos paisanos del Alto Cauca con un féretro. “Centavo Menos” le llamaban, jamás he recordado su nombre y lo identifico así, con aquel centavo menos en las devueltas a los clientes. Su cantina en una esquina de la Calle Real, la partida a La Rioja y la loma hacia El Morro y La Pista. Y hacia adonde el fin de quienes no fuimos dioses y los que sobreviven con el dinero prestado que se gastan en mi bar.

En la memoria mía de las tres de la mañana me hablan dos “Centavo Menos”, el primero un morocho, a más mulato, humilde, atento y buen discómano. Su codo inmóvil que hacía de su brazo un aspa con un puño certero en las peleas, puño que se desplegada con dedos ágiles al contar el dinero y separar las monedas hasta el centavo menos. Conocimos la luz y nos detuvimos a jugar con las sombras y qué será de los vencidos que aún siguen ilesos, decía sobre aquellos días de violencia.    

Lo recordé en aquella tarde de un día cuando le habían madrugado los extorsionistas de Marsella a cobrarle la cuota. A las cuatro pm, “Obsesión, tango cantado por Juan Carlos Godoy. Aquella mirada suya decía: en qué infierno acabaremos, qué será de nosotros a quienes llamarán los fracasados. Aprendimos de aquel tiempo cuando recibimos una bofetada, aquí está mi huella -mostraba su mandíbula-, nadie se acercó a consolarnos. 

Así escucho al otro Centavo Menos de las tres de la mañana y medito en esos días mientras pasan las bocinas de los borrachos que desafían la vida.  ¿Qué será de los que lloramos en nuestras noches a escondidas?  ¿Habrá algún premio para los que quisieron remontarse más alto y no triunfaron?

A aquel “Centavo Menos” lo he pensado en su tiempo, vivió hasta cuando lo asesinaron; alguien decía, fueron por el dinero que guardaba bajo el mostrador del bar donde atendía y dormía sobre una estera de totora. Siempre vecino de la La Rioja, un tiempo al comienzo de la calle y su fin en su otra cantina al final cuando se tuerce la esquina hacia el cementerio. Siempre me habló de dos mujeres, una habitó la casa de su infancia, cuidaba flores, atendía al abuelo y le enseñó su primer paso. Escuchó a la otra mujer en el cine, mexicana en el teatro de Marsella, con esa voz brillante que mencionaban los periódicos, también la amaba su abuelo.

Viviremos mucho tiempo más intercambiando caretas con nuestros fantasmas. Quiero entenderlos en su tiempo, escucharlos a todos porque muchas veces quiero hallarles aquella soledad, o seré incapaz, niego aquella frase de “Centavos Menos” cuando me dijo: no entiendo a mi mundo en esta calle y entendemos a nadie.

Lo veo con pasos de andariego cojo a las tres de la mañana, sus pasos hacia el amanecer de aquel diciembre cuando inició la jornada del primer día del último mes del año con su música de días parranderos.  Aquella soledad suya no le dio un jaque a su muerte, ni el amor le dio un golpe de vida, le veo solo, piensa en sus amaneceres mirándose en un espejo injurioso, lento mientras abre la puerta del bar para que lleguen los soles y se animen los aromas de las flores amarillas que solía sacar para la buena suerte.   

3 respuestas a “Noche luna en abril de Centavo Menos”

  1. Vicente Galvis. Que maravillosa retórica costumbrista de Guillermo. Me emociona oír la música de los bares y cantinas que me arrullaban en la Calle Real de mi infancia. Albeiro Libro, Un abrazo, Un centavo menos, muy bien contado, es un centavo más.

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