Nueva tanda de humor.

Nueva tanda de humor.

El humor de la familia Sánchez de Marsella, siempre fue su estrategia y la muestra de su cultura. Martincito el padre de Luis Ángel, me saludaba como si fuéramos un par de pistoleros. Emitía sus sonidos de balazos con su lengua enroscada: pum, pum, pum, toc, kulak; con cierta resonancia muy suya, auténtica.

Me recibía, se volteaba el sombrero al de borracho de las películas mudas; como era un poco sordo, le acompañe a escuchar la radio; cuando no lo entendía bien, me miraba, se acercaba hacia el parlante para preguntarle al locutor: Qué-qué, y me miraba para que le repitiera o explicara. Ese gesto suyo ponía a nuestro alcance la manera de comprendernos e intuir nuestras realidades. Nos reímos y recreamos, ese era el significado de nuestra propia cultura.  Afirmaba Bergson: “El humor está más dirigido al cerebro que a los sentimientos.

Los cuentos de Luis Ángel Sánchez R

En Luis Ángel encontré una manera de lidiar la vida con una cierta insensibilidad que le ayuda a observar el mundo al revés para atraer la risa.

Saludaba Luis Ángel Sánchez a una tía, a veces despistada, quien desde Miracampo llegó a la casa de sus padres en Marsella para la procesión del domingo de Ramos. Luis le preguntó, ¿Cómo le va tía?  Y ella contesta, “A mi me batía muy bien, pero ya no me bate”. Luis se sonreía malicioso, le cambió la conversación por una nota sobre la agitada de los ramos. Y ella: Yo también me agitaba en cada batida con mi Ramiro.   

Preguntaban don Nicanor Duque a don Cornelio Castaño. ¿Cuántos hijos tiene? Y contestó muy serio. Veinticuatro y la noche que llega.

Oficina del alcalde.

Siendo alcalde don Juan José Ortiz, citaron una señora a las oficinas municipales. Después del interrogatorio y demás diligencias; el secretario le dijo: “señora, voy a hacerle una minuta”. A lo que la dama enojadísima responde: “vea con las que me sale este malparido. No me hace la minuta mi marido; y ahora vea, ni crea que me la voy a dejar hacer de este HP”

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Otro fue el caso de una pelea en el barrio de tolerancia, hacia el año 1950…. En la calle del Morro estaban las cantinas, era una tarde de domingo cuando las puñaladas iban y los machetazos venían, todos dentro de la mayor cordialidad, incluso hirieron a La Repolla. El mismo Juan José Ortiz era el alcalde y la citó a que declarara como víctima, acerca de la pelea, ya que ella era la única que había sido herida. Don Juan José le preguntó, dígame, ¿a usted la hirieron en la reyerta? A lo que respondió la aludida. No, así no fue señor. A mi le hirieron entre la reyerta y el ombligo.

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El Pollo Ángel

Le respondía el Pollo Ángel a su señora esposa, después de una borrachera monumental. De ahora en adelante, yo le prometo que voy a ser otro hombre. Al siguiente día, ya corría larga la noche cuando apareció con otra borrachera de tamaño industrial. La señora le increpó diciéndole los consabidos cumplidos de ocasión, a los que contestó el Pollo Ángel: señora esposa mía, lo que pasa es que al otro hombre también le gusta el licor.

En otro momento como ese, el mismo Pollo Ángel, escuchó cuando ella le increpó porque gastaba mucho dinero en borracheras, y él como respuesta, le decía que él tenía la situación económica bien definida: “Yo definí que lo que me gané me lo voy a beber en aguardiente, cerveza y ron

”Donde el relojero

 Heliodoro Gómez, un campesino de la vereda El Rayo, dejó en la relojería de Gonzalo Vázquez, un reloj para que se lo arreglara. Al mes regresó Heliodoro por el reloj. Don Gonzalo no lo encontraba; es más, ni siquiera recordaba qué reloj era. Le preguntó a Heliodoro si el reloj estaba andando, y él le contesta: “claro que estaba andando” Entonces le dice Gonzalo: pues, en un mes debe ir muy lejos, dónde andará, porque ya no lo encuentro por aquí.

Entre enfermos, médico y el cura.

Salía de aquella casa don Salomón Castaño, el peluquero.  Comentó a la familia que vio a don Lino Arias, muy enfermo, ya en estado de gravedad. Lo llevaron a donde el doctor Correa para que lo examinara, acompañaba al médico su eterno secretario Carlos Villa. Al examinarlo percibía que a don Lino le quedaba poco tiempo de vida y se lo confió a Villa, notaba que don Lino moriría pronto; pero se lo dijo en estos términos: don Lino no amanece, y si amanece, amanecerá muerto. Carlos Villa salió muy rápido a contarle aquella posible defunción a monseñor Jesús María Estrada; quien, a su vez, se fue a la casa del enfermo para ayudarlo a bien morir, como se decía entonces. El enfermo Lino, ya padecía de una sonsera que parecía moribunda. Monseñor le dijo: “Ore conmigo y diga así: Señor, yo no soy digno…  a lo que contestó con lentitud y por sílabas don Lino. Yo si lo soy, lo que pasó fue que me afeitaron la cabeza.

Chucho Maria Estrada, el cura

Fue Monseñor Estrada a la zona de tolerancia en el Morro, para pedir ayuda económica para la iglesia a las muchachas de los prostíbulos. Ellas muy respetuosas y también generosas le prometieron solemnemente: Monseñor, nosotras le lo daremos con devoción, le vamos a dar a usted, lo más religiosamente posible, la mitad de lo que nos entre.

En sus últimos años Monseñor Jesús María Estrada, sufría del mal de Parkinson, mantenía una tembladera que para él era un problema y una incomodidad al momento de dar impartir los sacramentos, sobre todo la comunión. Miraba a uno para darle la ostia y se la entregaba al que seguía.

De otros lados

Yo, Luis Ángel Sánchez, le decía a un tío mío, llamado Evangelista, que se comprara un televisor a colores, pues le había ido económicamente muy bien en la cosecha de café. El era un godo ultra fanático. Entonces, viajó a Pereira, visitó un almacén y preguntó: ¿Aquí venden TV a colores? -Si señor, siga por favor-.  Él mismo les explicó muy expectante sobre lo que iba a adquirir: entonces, véndame un TV de color azul, pues yo soy muy conservador.

Decía don Clímaco, quien fue chofer durante casi toda su vida: A mi edad, ya tengo la carrocería toda corroída, las luces apagadas, ya el mofle no me funciona.

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 Contaba este, don Clímaco Ríos; que, en un viaje desde Manizales a Marsella, se varó el carriol que él manejaba, en este venía una señora que no se bajó del vehículo mientras lo arreglaban. Al llegar a Marsella, la señora se dirige a don Clímaco y le dice: cómo le parece que, de tanto tiempo de estar sentada, se me durmieron las nalgas. A lo que contestó don Clímaco, si señora, me di cuenta y también el mecánico, que se le habían dormido, porque incluso las sentimos roncando.

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