Luis Ángel Sánchez y su humor sobre Marsella

Luis Ángel Sánchez y su humor sobre Marsella

Puro cuentero este Sánchez, marsellés de pepa y guama, dedica unos días de su jubilación a sus recuerdos y escribe de lo que escuchaba en Tacaloa, ese torrente de conversaciones y risas en la Calle Real. Hijo de mis tíos abuelos Martín Sánchez y Carmenza Ramírez, nuestros encuentros en Santa Rosa de Cabal, son una cascada de cuentos, historias y chismes que siempre están calientes. Algunas de sus anécdotas.

Luis Ángel Sánchez

Sobre la familia Hoyos.  

Cuando murió Eva Gómez, decían las Hoyos: “Se murió Eva sin salar el estómago”

Las mismas Hoyos, solteronas, le oraban a San Antonio para que les ayudara a conseguir marido. Como el santo no les hizo el milagro, renegaban: “El maricón ese nos va a dejar morir vírgenes”. Y tras los portones comentaban en Marsella: “Ana Julia, Camila e Inés, a todas tres se las comió la vejez.

En un censo preguntó el empadronador las edades de cada una y cada una de ellas. Le dijeron cierta edad. Él les comentó: yo mismo las censé hace once años y ustedes en esa fecha, me dijeron las mismas edades que me dicen ahora. ¿Por qué?   Ellas le respondieron: “Es que nosotras somos mujeres de una sola palabra”.

En el mismo censo le preguntaron a Emilio Hoyos, hermano de las anteriores, que mencionara su edad. El respondió: “Según las edades de mis hermanas, yo no he nacido todavía”.

Don Emilio Hoyos hablaba de que sus hermanas eran tan jodidas y cansonas que no habían tenido menopausia sino maxipausia.

Decía don Eme (así le llamaban sus amigos), que el humorista Montecristo inventó un dicho muy repetido en la radio que le había copiado a él. Cuando describía: ¿Qué es una solterona? Es una mujer como cualquiera de mis hermanas, que han tenido muchas navidades, pero ninguna noche buena.

Entre esas relaciones curiosas y con chanzas pesadas entre amigos:  Estaba don Eme en el café de Jesús María Peláez, este le dio un pisotón a Jesús María. Y él le dijo: fíjate Eme donde te paras, pues me acabas de pisar. Le respondió don Eme: primera vez que piso una mierda y no me cago. Quizá porque se trataban tan duro, que él, refirió varias veces a que Jesús María no le daban pasaporte para salir del país para que Colombia no perdiera el producto interno bruto.

En otra ocasión don Eme, explicaba así su mala suerte: “Compré una estatuilla del Señor Caído y no sé quién le contó a él que yo era tan de malas, porque, cuando llegué a orarle ya se había levantado el hijueputa”

Conversaciones en los cafés.

Invitaron a Rafael Tobón a un viaje de paseo a Bogotá, se incluía una peregrinación al Cerro de Monserrate”. Le pedirían favores al “Señor Caído” a quien adoran en la capilla de Monserrate. Dizque es muy milagroso, le adujeron. A lo que respondió Rafael: “Yo no gasto ninguna plata en eso, y mucho menos con esa subida tan dura a pie para pedirle al tal señor caído. No hacen milagros los que están parados, menos los van a hacer los que no han sido capaces de levantarse”  

Entró al café de don Suy Bedoya, un individuo que en esa semana había intentado suicidarse. Suy que conoció esa historia, le preguntó: Mijo, ¿Por qué te ibas a quitar la vida? Y este le respondió, aún muy acongojado: “Eso fue por una mujer”. A lo que Suy le dijo: “Que falta de confianza amigo, si Usted me lo hubiera dicho, yo le hubiera dado mi mujer y una hija resabiada que tengo, más sus dos sillas.

Le preguntaron a Rosalía ya muy anciana, quien mendigaba en las calles y caminaba con su cuerpo muy encorvado. Rosalía: ¿Por qué estas tan gibosa?. “No, señores, eso no es así. Yo que me siento muy orgullosa y saco mi pecho por la espalda».

Ana Delia Londoño de la vereda El Rayo, ya muy enferma y casi moribunda, le preguntó al doctor Flórez: ¿Yo si voy a tener cura? Y contesta el médico, “claro que si va a tener cura, monaguillos, funeraria y tinto.

Don Elías Bedoya, dialogaba con un paisano de apellido Londoño, y, le inquirió por la muerte de la esposa del referido Londoño. Este le explicaba: “Aquí había tres médicos muy buenos, el doctor Correa, el doctor Barriga y el doctor Flórez.  Primero le hice remedios de Flórez y nada que mejoró, luego se lo hice por Correa y tampoco se alivió, por último, le hice de Barriga y ahí si se murió.

La risa en los colegios.

Visitaba don Tomás Issa, rector del Instituto Estrada, la Escuela Vocacional Agrícola. Dialogaba con don Héctor Bejarano, el rector de allí. Entonces, se les arrimó un alumno pastuso de apellido Rosero, don Héctor le presentó el joven a don Tomás. Este con sus consabidos buenos modales le dice en el saludo: “el mayor de los gustos”. A lo que el pastuso tímidamente respondió: “El menor de los Rosero”.

Se encontró don Célimo Zuluaga con un alumno de nombre Luis Toro, mientras repasaba sus notas sobre la historia de Marsella. El joven tenía la mano muy tensa y le preguntó su maestro: Joven. ¿Por qué lleva la mano de esa manera? Y le contesta Luis: “Es que tengo un uñero en una uña”. Lo miró don Célimo con gesto correctivo. «Eso es un pleonasmo». El muchacho continua por un sendero y se encuentra con un compañero Salazar: ¿Por qué llevas la mano así? Y Luis, le responde en su momento: es que tengo un pleonasmo.

Salió un alumno campesino del Instituto Estrada, vivía por la vereda El Zurrumbo, esperó transporte en la esquina de Hoyo Frío, cinco minutos y llegó un bus, estacionó el que manejaba don Tocayo Rincón. Cuando se quiso subir el campesino le dice Tocayo: “todos los asientos están completamente ocupados. Y yo, no lo llevo parado” A lo que dice el campesino: “Yo tampoco” y se subió al bus.

En la Calle Real había dos restaurantes. Decía Jesús María Peláez de esos sitios, que Bernarda Grisales no le gustaba, que mejor se iba a comer a doña Inés.

Continuará.

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