Un Culebrero en El Quindio

El culebrero en Colombia es un personaje, que promociona productos: pomadas y ungüentos, exhibe una serpiente y hace gala de una verborragia inusual que atrae a sus clientes con discursos e historias exageradas.

Un culebrero: El Negro Tovar.

Escrito por: Robinson Castañeda https://www.elquindiano.com/noticia/9974/un-culebrero-el-negro-tovar

Sábado. No sabían cuándo llegó. A las diez de la mañana, el sol ha proyectado en el pavimento sobre la carrera dieciocho entre calles 15 y 17, la sombra andante del negro Tovar. La plaza de mercado mezclaba a su alrededor personas de oficios variados.

https://www.quindiopolis.co/2014/03/aquellos-culebreros.html

Entre ellas caminaba El Negro de voz cavernosa, su piel arrugada, sudoroso, hacia el sitio de siempre. Pasó frente al café La montaña cercanos a la esquina de la calle diez y siete, con sus dos cajas y una vara de guadua bajo el sobaco. Ejercería su oficio de culebrero. En minutos llegó su pareja, morena silenciosa y con guitarra en mano, vestida de fucsia y en descuido, daba impresión de no verse al espejo al maquillarse.

Se ubicó en la esquina del café Londres, el Negro Tovar miró a todos lados y sopesó la asistencia. Descargó las cajas. Ya lo conocían. En segundos, llegaron los desocupados y negociantes callejeros, vagos, rebuscadores, feligreses, ladrones acechantes, vendedores de artículos de segunda, merodeadores y mayordomos en busca de jornaleros. Había por ahí magos de atuendos vistosos y mendigos de profesión, taxistas de la flota 14-14, despistados, curanderos de nada, adivinos de todo, y sin falta, prostitutas risueñas en puertas de hotelitos. Algunos buscaron sitio en las escaleras que llevaban al café. Él escogió entre el público un ayudante voluntario, le apareció un muchacho con cara de bobo.

El negro Tovar con más de setenta años. Alegre, dentadura perfecta, no requería esfuerzos para vencer en competencia, a yerbateros, magos, quirománticos, fabricantes de pócimas contra las penas del amor y escasez del dinero. Avistaba a los ya hipnotizados espectadores mientras sacaba del sobaco la vara de guadua. Repetía en voz alta su discurso publicitario:

“Ustedes saben en dónde me hospedo. Estaré solo hasta mañana; a los hombres los atiendo cuando termine aquí; a las damas en la tardecita, cuando les den permiso o quieran. Me quedan pocos cupos para las consultas. Por el Rayo Molar sí pueden ir cuando puedan o quieran”.

Presentaba a su culebra, «la peligrosa cascabel, rabo de chucha o equis peluegato, la que mata más cristianos que el hambre en las selvas del Amazonas y los llanos». Prometía hacerse morder la lengua del “jerostico animal”. Juraba que después de la mordedura no saldría a pedir limosna en totuma; porque, gracias a Dios. mi padre me dejó una fortuna. Hablaba de su niñez que transcurrió en las selva chocoanas, al lado de los “indios agrileches”; que sabía los secretos del rey Salomón, que trabajaba con los Laboratorios Menjurje de Marinilla, y estaba de paso por “estos lares” para ofrecer suerte y salud a “los ciudadanos de la ciudad de Armenia”.

Si el negro se cansaba, buscaba lugar en las escaleras; entonces, la morena de la guitarra hacía su entrada con una tanda musical con canciones de Olimpo Cárdenas, Oscar Agudelo, Gabriel Raymond, otros pioneros del despecho. Cuando El negro se ponía de pie, la mujer de fucsia, abrazada a su guitarra y volvía a su silencio.

Él abría la caja más pesada, extraía cachivaches, pomadas, ungüentos, colmillos; retiraba de otra el cordel que sujetaba una piel de serpiente enorme, la desplegaba en el pavimento cual alfombra de Aladino. Minutos lentos y lengua acelerada mientras el público y el negro sudaban a cántaros. Había expectativa sobre la segunda, caja y más calor bajo un sol de mediodía.

Vara en mano giraba en zancadas para ampliar el círculo y regresaba a la segunda caja. La golpeaba un buen rato, ubicaba al más distraído para gritar de sopetón, dos frases que sonaban como bombas en los oídos de los sin oficio: “¡Despierte Margarita que ya el sol amaneció!, ¡Despierte Margarita que llegó la hora de ponerle al trabajo amor!”.

Retirada la tapa, el negro Tovar la inclinaba y mostraba un culebra enroscada de un metro de largo, de colores verde, café, amarillo y gris, que; sin inmutarse, dormía plácida, indiferente a las órdenes y golpes de la vara. Él Arreciaba sus maniobras e interrumpía el sueño del animal que asomaba la cabeza como un relámpago y amagaba un ataque a su dueño. Algo eléctrico, un corriente de frío cervical recorría por segundos al círculo.

Otra versión en Arrierías Travel o la misma –

https://arrierias.travel.blog/2019/02/17/el-negro-tovar-por-luis-carlos-velez/

“¡Quieto animal feroz que antes de nacer vos, nació el redentor del cielo! ¡Quieta Margarita y vamos a trabajar! ¡No se acerquen muchachitos, porque, este animal ya se tragó a mi mamá, a mi tía, a mi papá y a mis hermanitos!. Miraba al cielo, ¡Me ha dejado huerfanito! ¡Quieta, Margarita!”.

En el borde de la caja, el reptil inspeccionaba el aire con su nariz y lengua bífida. A un segundo amague de ataque, los presentes ampliaban el círculo, animados por las carcajadas y gritos del negro Tovar.

“¡No se me asusten señores, porque antes de traerla, este animal se desayunó con lo que quedaba de mi familia: mis prima, mi tío y el resto de mi familia! ….¡Córrase pa allá mijo, que de pronto se lo devora y me le hace dar ahitera!”.

A zancadas rápidas recorría el redondel; vara en mano, golpeaba el tiempo necesario la caja, y luego, agachaba su cabeza hacia la culebra. Un salto atrás. Le respondía al supuesto ataque del negro, estiraba y encogía sus colores a lo largo. Ante este amague, la multitud gritaba , sonaban los gestos de terror que ahogaban las fanfarronerías del negro. Terminaba en carcajada generalizada.

“No se me asusten que a este animal lo tengo encantado, dominado con los hechizos que aprendí en las selvas del África, de la mano y sabiduría de mi abuela. Alma bendita (alzaba los ojos al cielo) a la que ya se tragó esta maldita culebra”.

Daba un giro repentino a su temática: nombraba los milagrosos ingredientes que guardaban sus frasquitos: la madre del caracol marino, arrugas de lombriz, la uña de la gran bestia, raíces de adormidera, raspadura de colmillos de la trucutrú, saliva sangrona del tiburón asesino, zumo de trescientas yerbas medicinales; porque estas pócimas, si eran tomados durante veinte días, servían para curar la pobreza, la impotencia, las lombrices y solitarias, animan a “los hombres cuando suben al gallinero”, y “evitan que las mujeres jóvenes se escapen con sus vecinos”. Juraba que después de bebido, “no hay mujer que aguante el brete”.

De pronto el negro detenía su discurso, fingía un dolor intenso, doblaba el cuerpo, llevaba su mano libre a la cintura, y en medio de gestos grotescos gritaba:

“¡Me duele el arrenpujadero, me duele, ayayay!”.

El público, cautivo, atento a los movimientos, no apartaba sus ojos del negro.

“¡Pero para eso ya tengo mi Rayo Molar! ¡Con nombrarlo basta para aliviarme, sí señores!”.

Tomaba uno de los pequeños frascos de la primera caja, quitaba el corcho y echaba el contenido en el cuenco de la mano; levantaba su camisa para untarlo en medio de gritos de dolor. Seguía frotándose, movía la cintura en círculos cortos, amplios, lentos y rápidos cual danzarina árabe; hacía muecas, revisaba con sus manos gigantescas las supuestas zonas afectadas; imitaba los movimientos de un robot, y por último, se sacudía para quedar de nuevo erguido.

El público, sin embargo, quería que sacara la serpiente.

“¡Ya la voy a sacar! ¡Ya la voy a sacar!”.

Propinaba más golpes a la caja de la culebra, que, irritada y temerosa, respondía serpenteándose al aire y volvía con lentitud a su posición defensiva. No la sacaba.

“¡Le voy a rezar la oración que me enseñó mi madre, segundos antes de morir, en las fauces de este peligroso animal!”. Varios pases mágicos y pronunciaba un trabalenguas: “Guachu de la machu de la pari pará, cosi laca, meca pone mene, cusirú meine meiné… ¡¿Qué dije señores?! ¡¿Ustedes saben guardar secretos?! Yo también, y no lo voy a decir, no voy a traducir. ¡Ciencia señores, ciencia milenaria!”.

Ponía con fuerza la vara en la cabeza de la culebra, luego tomaba la cabeza con su mano derecha, la sacaba del cajón, corría de improviso hacia el público y al grito de “córrase para allá mijo que se lo come esta fiera”, lograba que el círculo, estrecho ya, a estrujones, se ampliara de nuevo, y el ayudante, con cara de bobo, no supiera si correr o gritar.

En menos de diez minutos torrentes de sudor, que no se molestaba en secar, bajaban de su frente, empapando su camisa, dejando marcas oscuras a la altura de la correa, en los bolsillos y el tiro de sus pantalones. El negro Tovar, con su metro y sesenta y cinco de estatura, era una tromba de actividad que se derretía en palabras de alegría y “sabiduría”. Sus escasos competidores tenían que resignarse a ver cómo la clientela los abandonaba. Después de resollar, secarse el sudor de la cara a dos manos, abría la caja de menjurjes.

“Me quedan unas pequeñas dosis de líquido milagroso. A ver, quien dijo yo lo vi y se queda con un tesoro de éstos. ¿Qué su niño llora toda la noche porque una muela podrida no lo deja dormir? ¡Échele, Rayo Molar y verá! ¡Dormirán todos en la casa, al niño se le cura el dolor y evita una pela a medianoche!”.

A zancadas, botas negras de talla cuarenta y cinco, pasaba y daba a oler otro precioso líquido, un revoltijo de yerbas inocuas nadando en alhucema y mentol en los pequeños frascos, que alguna vez contuvieron desinfectantes o penicilina, y que el negro Tovar compraba baratos en la droguería 13-13, para envasar su prestigioso Rayo Molar.

Mientras vendía sus maravillosos descubrimientos, Margarita la culebra, dormía enroscada al fondo de la caja. La policía le solicitaba los permisos de trabajo y el negro Tovar cortaba su actuación, buscaba en un su carriel los documentos. Al segundo volvía con más fuerzas su vara, a sus saltos, gritos y carcajadas.

Cuando al final, miraba el reloj de la iglesia San Francisco de Asís; sin mediar palabra, se transformaba, buscaba algo a lo lejos, elevaba la mirada, sacaba su toalla colorina indefinida de la caja. Secaba el sudor de sus brazos y cara, ya la mujer fucsia empacaba los cachivaches. No se despedía. Nadie recuerda la última vez que el público abrió un boquete para que saliera llevando cajas y vara. Se perdía rumbo al hotel más barato de la plaza de mercado, seguían la guitarra y mujer fucsia en silencio.

Los Pangurbes
Segundo Sencillo de Los Pangurbes Y El Ciudeblo. Una apología a la tierra y nuestra historia, porque el espíritu y la mente deben bailar juntos.

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