VIENTO Y DESTINOS

VIENTO Y DESTINOS

Narrativas desde Tacaloa

Éramos tres las niñas, jugábamos en una calle larga y perdida entre su caparazón de olvido: rondas, matarile, escondrijo, a que te cojo ratón y otras ruedas de cantos; cogidas de las manos, cruzábamos alboradas tras estrellas rezagadas.

Éramos tres las niñas, las tres hijas de padres distintos y una misma madre, con un hermano mayor y un gato angora, una vida en caserón con vistas al río y la montaña, un patio de flores, mil olores, mangos, naranjales, nidos y trinos, gallinero y tres garajes; veíamos la vida entre rendijas, camiones, automóviles, camperos. Nos metíamos bajo la puerta de latón en nuestro juego al extravío tras los viajeros. Tierra, cielo y campo a itinerarios en busca de ese asfalto que conduce a las conquistas del día en las ciudades repletas de esperanzas y de miedos.

Una noche llegaron unos nómadas, descendían desde alguna estirpe neandertal muy olvidada en los límites del mundo, estuvieron disgregados desde los tiempos más ignotos entre las neblinas de la era glacial, los habían extraviado sus soledades y oleadas de trashumantes, diluvios y contratiempos entre rutas de fango y atascaderos de magma basáltica. Dejaron marcas rojas en las estalagmitas de un yacimiento malagueño, migraron perseguidos por hordas de tribus desarraigadas, se orientaron hacia  un sendero de tundras, bordearon continentes hostiles, eludieron el abismo en cuyo fondo se levantan las murallas del fuego eterno del infierno y 1014  volcanes en perpetua erupción; escaparon a más de 650 siglos de exterminaciones étnicas, cruzaron cinco mares que aparecían y desaparecían entre sus propios mitos.

https://www.eluniverso.com/larevista/salud/nuestra-huella-genetica-neandertal-influye-en-el-sueno-el-humor-y-en-como-nos-afecta-la-covid-nota/

Una goleta antigua superó las aguas calientes que expulsan los huracanes y las tempestades del Caribe y el sur del Asia y remontó las aguas dulces del trópico andino. Instalaron sus carpas al lado del río; ellas con faldones pintorescos, ataviadas con collarines de semillas de Madagascar y el norte europeo, caninos de animales africanos, osos blancos y piedras de ágata y lapislázuli.

Llegaron en gran celebración.  Recorrieron la Calle Larga, portón tras portón, ofrecieron alhajas de baratijas y prometieron un porvenir sin sobresaltos desde los mapas del destino.

Una de ellas, Mariana Pihedova, pregonaba su erudición sobre los rasgos de la personalidad, las biotipologías y patologías, bosquejadas por la genética en las líneas prensiles de la mano. Heredó su poder de la revelación desde los anhelos de un sabio fenicio, contrastaba las impresiones dactilares y la correlación entre la longitud del anular y el índice, caracteres que se definen durante el crecimiento embrionario por el efecto de las hormonas que circulan por el útero con un torrente de huellas genéticas; y ella, con la quiromancia y la astrología de todas las civilizaciones y culturas, podía entender otras señales que definen los misterios de la vida en la conducta, en los sufrimientos y los imaginarios de las personas.

La buenaventura de Enrique Simonet (1899).

Ella escrutó en la vida de nuestra abuela Betsabé sus divergencias entre la felicidad infinita y el vacío de soledades por su relación con el negro Mena, quien la enamoró un día alucinante en la isla Margarita y fue uno de sus siete amores, dejándola preñada de mamá y después ha sido una experiencia de fogosidades y sacrificios.

Otra caminante. —Soy Romelia Natchkovo, conozco del futuro familiar que se perfila en las separaciones del árbol genealógico y se advierte diluido entre el caos del humo y las trazas de las cenizas de los cigarrillos—. Ella dijo a nuestra abuela Betsabé que Mena la amaba infinitamente, pero era un hombre capaz de repartir todo su amor con entusiasmo y ternura entre varias mujeres porque venía de una alcurnia de mandingos que solamente era esclava de su propia libertad.

Los hombres de las caminantes montaban en potros cerriles que domaban con las yemas de los dedos aplicadas como agujas en los puntos donde vibran  las energías musculares de los equinos, para venderlos briosos y soberbios en las ferias de los pueblos; los  más viejos, machacaban en el fondo de unos cuencos de cobre, los desinfectaban con ácidos de pringamoza y otras ramas  para forjar las pailas de los cocineros.  Organizaron con José Reyes varias carreras de caballos en la calle de La Pista al lado del hospital y le enseñaron como preparar a los potros y a los jinetes para ser ganadores.

Frank Gaitán
DOMADOR DE CABALLOS (2004)

— Hola, las tres jovencitas: ¿Cómo os llamáis? —, exclamó una mujer blanca y alta de ojos negros. 

—Somos Diana, Maite y Aleyda de la familia Sánchez Mena, abandonadas por nuestros padres; las tres hermanas vivimos aquí, en la Calle Larga—, respondí Diana con voz lenta y afinada. 

—¿Queréis seguirnos para conocer el mundo?   Iremos desde el Caribe hasta el Brasil por las rancherías más confinadas, conoceremos sus tradiciones milenarias y aprenderemos los principios activos en la química de las plantas tropicales y los elementos sustanciales de los venenos animales—, replica la mujer.     

—¡Hola jovencitas! —, declara otra, —aprenderemos  los cantos y los bailes, los rituales y mitos en las fiestas de todos los países—. Decían en su propia algarabía:  —Estamos afanosos, nos iremos hacia una zona más exuberante donde el sol persistente y los vientos de la aurora nos colmen el alma con energía.  Exclamaba un viejo. 

—Un lugar que intensifique los colores a mis carpas—, completaba su hijo. —Allí podré conquistar con más carácter la curiosidad de las señoras y la ilusión de los señores—, meditaba en voz alta su mujer. Mientras los tres organizaban sus baúles atiborrados con los efluvios esenciales de su fórmula para el elixir de la eterna juventud, los frascos con las pócimas necesarias para aplacar los miedos, los filtros con el aliento divino que expulsa las almas para todos los males y los sufrimientos de la humanidad, y todo tipo de talismanes para la buena suerte.

Estábamos decididas a acompañarlos. Nos contuvimos, se apareció el compadre de mamá y le confió nuestro secreto al tío Martín Sánchez; debimos desistir de aquella andanza porque nos asustó: —Esos caminantes las venderán a los barcos extranjeros en Cartagena de Indias y en el muelle de Santa Marta, terminarán la vida como lavanderas de pisos, cocinarán como esclavas y calmarán las ansiedades impasibles de un sinnúmero de  marineros; después,  las obligarán a apaciguar la furia semental de los piratas—. Hasta nos narró las leyendas malditas, historias de cuando se les agotan las raciones y emboban a los niños con brebajes para desnucarlos y después hacer fiestas con viandas de carne tierna y ron barato.

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