Una carajada, ni cuerda, ni loca, ni mansa

Una carajada, ni cuerda, ni loca, ni mansa

La Segunda Guerra Mundial, este conflicto militar global se dio entre 1939 y 1945, a Marsella llegaban pocas noticias, había miedo y rezos. Monseñor anunciaba desde el púlpito los tres días de oscuridad que precederían el juicio final. ¡Arrepentíos! Dios nos juzga entre trompetas celestiales.

Mientras tanto, la ciencia de la guerra en el hemisferio norte creaba tecnologías para matar entre naciones poderosas, los Países Aliados y Potencias del Eje socialista se movieron a enfrentar una guerra total, la mayor contienda bélica, ejércitos y espías a toda capacidad económica, militar y científica surtían los frentes bélicos.

Esa locura de la historia ocasionó muertes masivas, holocaustos con gases, armas nucleares, los 50 a 70 millones de víctimas. Pilotos de la guerra que al volar se sentían totalmente ingrávidos: flotaba por encima del avión, escribía uno, años años después, sentía un arrebato beatífico como perro de la guerra. Consumía pervitin. Las metanfetaminas eran el motor del estado emocional de los pilotos alemanes. Después de la derrota, el consumo de estas cosas generó una epidemia de suicidios en Alemania.

El planeta alcanzaba un lustre racional – positivista, se pregonaba la obsesión del progreso con base en la razón científica y esa misión también trajo dos guerras mundiales con el desarrollo tecnológico más enfático de la historia humana, también catástrofes terribles.

En los años 60 el siglo XX se partía con el corazón tocado y despacioso, su aliento entrecortado y el futuro oscurecido. Todo eso fue real, historia que golpea mi cabeza y esos hechos cuestionan.

En los tiempos nuestros, hemos transformado estas cosas en el gran negocio, la cocaína ha sido el combustible del conflicto colombiano. ¿Qué otra ola de tiempo revuelca nuestros días?

El desfile. Fernando Botero. Año 2000

Mi abuelo Ramón Gamba me habló de la guerra: en recuerdos y fractales de sus días se desplazaba un miedo movedizo, su cerebro lo disfrazaba y transformaba hasta cuando ya no tenía seguridad de nada; una tarde con tragos de aguardiente amarillo de Manzanares, más borracho aún, llegó alguien que le rememoraba; mientras nadaban ese océano de licores del pasado, el sueño de la ebriedad revisaba entre telarañas los recuerdos; tras la sed y la resaca, un guayabo puntudo. El pasado es dudoso, no sabía si era él, si fuimos nosotros u otros, incluso si el pasado ha sido como lo recordamos.

Los recuerdos se revisan de manera consciente en el mundo de la fantasía, si no pueden volverse reales y joderte. Despiertan emociones enterradas, remueven sentires olvidados. Si el recuerdo dejara de ser pasado, si sale de estar en la memoria, vuelve a ser presente.

Es preferible, que permanezcan en el mundo del ensueño y la imaginación. Así, los guardas, los atesoras, los mimas desde el momento en que te das cuenta de que son cosas que no volverás a hacer, momentos que no volverás a vivir. En caso contrario, quieres más, la realidad te lo niega, nos dice Manuel Cerdá de Muro de Alcoy, Alicante, historiador industrial y escritor español.

Cuando leí su libro “El tiempo de las Cerezas», me sentía en los tiempos de otro abuelo, Juan Antonio Sánchez. Él huyó desde Valencia España, lo iban a matar por anarquista, debía registrar su llegada a Antioquia en Rionegro y presentarse a un cura, este quiso imponerle sus creencias, como librepensador llegó a Marsella donde su mujer lo volvió muy rezandero, era un anciano con un cerebro cuerdo y loco revolcado por las guerras.

Luego en treinta años, 1928 a 1958, el siglo pasó con violencia política en Colombia y a paso lento entraba en modernidad, la industria avanzó con ingenierías de producción, las ciudades iluminadas y conectadas, fueron posibles viajes y movidas de mercancías. Unas familias de Marsella migraron a Cali en esos años; decían después, don Lino Arias, Abel Zuluaga, Julio Issa, las tías Amparo y Martha Vera: ¿por qué no se vinieron antes de allá? tanta violencia, no habrían sufrido ni lo habrían perdido todo.

En los años 60 el siglo XX se partía con el corazón tocado y despacioso, su aliento entrecortado y el futuro oscurecido. Todo eso fue real, historia que golpea mi cabeza y esos hechos cuestionan.

Surgían luchas obrero – sindicales, desconfianzas en la clase dirigente y capitalista; creían unos, aún lo creen, que es mejor construir un orden a partir de la religión, de la tradición o de la fuerza. Temían al comunismo internacional que tomó el control de los países de la «cortina de hierro», tras las reparticiones territoriales entre potencias al final de la guerra. La fuente del temor ha sido la difusión del socialismo universal en un mundo atrapado en pensamientos de la llamada guerra fría.

Bajo esa sombra dos ideas impulsaron en esos tiempos la violencia política colombiana, el pueblo entraba en evolución política y cultural y querían impedirlo.

En los años electorales del presente, ese fantasma galopa en los discursos y las contradicciones; centro, izquierda y derecha oscilan, pienso en estas cosas como en la parte física del modelo atómico de Schrödinger​​ (1926), oscilamos entre una onda estacionaria de conflictos y amenazas por todos lados en amplitud, siempre la política aparece con las palabras del cambio y encubre asquerosidades, sus ideales semejen las ecuaciones más hermosas y extrañas que hayan surgido del ser humano.  

Siguieron los tiempos del café, entre las guerras más violentas, el café persiste como base económica local.

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