Ladrones del tiempo


Por Abdumominov Abdulloh
Historia tomada en https://williwash.wordpress.com/

 Una revista que profundiza en todas las cosas LIFE para promover la creatividad

Autor: Abdumominov Abdulloh
Alumno de la escuela núm. 102, distrito de Shayhantahur, Tashkent, Uzbekistán.
Edad: 13

Soy Doniyor. Mi vecino Abdullah y yo nos hemos hecho amigos cercanos. Un día no pudimos encontrar ninguna forma de divertirnos. No teníamos ningún objetivo. No sabíamos qué hacer. 

Cuando estábamos haciendo algo con un trozo de madera, mi padre despertó de repente. Con los ojos entreabiertos dijo: “¡Oigan, ladrones de tiempo! ¿Estás perdiendo el tiempo? No entendí en absoluto el significado de los «ladrones del tiempo» de mi padre. 

Quería preguntarle, pero se quedó dormido. Mi amigo Abdullah también le preguntó: «¿Somos ladrones
Cuando amaneció, entró en su casa. También me dormí por el cansancio. Pensé que llegaría tarde a la escuela; así que, rápidamente lavé mi cara y bebí té a toda prisa. No recuerdo que comí. Pensé que llegaría tarde, pero la clase aún no había comenzado. 

Tan pronto como llegué, entró la maestra. La saludamos con respeto.
“¡Mis queridos alumnos! Estoy encantada de verles. Mi alegría no tiene límites»
Justo cuando nuestra maestra nos explicaba un tema, uno de mis compañeros de la clase, entró y dijo: «Maestra, lamento llegar tarde hoy».

“Doniyor, no llegues más tarde”, le dijo la maestra. “Esta vez te perdono, pero la próxima te castigaré”.

“Queridos estudiantes”, dijo, “deben construir una nueva Uzbekistán y al mismo tiempo justificar la confianza de sus padres, dispuestos a dar la vida por ustedes. Si te vuelves famoso, estaré orgullosa de decir en la calle que le enseñé a este alumno, dijo.

Estas palabras de mi maestra tuvieron un efecto especial en mí y aumentaron mi confianza en mí mismo. Varios susurros comenzaron en el aula. ¿Vendrás a mi cumpleaños mañana?

También escuché aquellas palabras. Estaba claro que nuestra maestra también escuchó estas palabras. “Ladrones de tiempo”, dijo ella. Su aguda mirada a los estudiantes estuvo marcada por el pesar. “Ladrones del tiempo”.

Escuché estas palabras de mi padre mientras jugaba con mi amigo. Por eso no me sorprendió escucharlas. Mis compañeros de clase se quedaron atónitos. Doniyor temblaba de miedo, como si yo, su amigo Abdullah, hubiera cometido un crimen.
«Donante, ¿por qué tiemblas?» preguntó la maestra.

“Nos llamaste ladrones, ¿no? Después de todo, ¿no se castiga a los que roban?»

Curso acelerado sobre Uzbekistán, la cara visible de los "stan" - Marcando  el Polo


Marcando el Polo
Curso acelerado sobre Uzbekistán, la cara visible de los «Stan» – Marcando el Polo

Los ladrones de tiempo son castigados por el tiempo mismo. Al hacerlo, quien roba el tiempo, se está lastimando a sí mismo. » Un profesor lo dijo.

“Maestro, no entiendo en absoluto el significado de esta oración. Cuéntenos sobre el robo de tiempo «.

“Por lo general, los que roban son castigados”, dijo la maestra. “Los ladrones de tiempo no son una excepción. Es cierto que el ladrón del tiempo no es castigado. Ni siquiera es responsable ante la ley. Pero perder su tiempo ahora equivale a robar su tiempo, su futuro

Quien dedica todo su tiempo a la ciencia, ahorrará tiempo y se convertirá en una persona madura en el futuro.

Oh. mi amigo Abdullah y yo somos los ladrones de nuestro futuro. Doniyorm pensó. Estas palabras del maestro inspiraron a Doniyorm, y, en ese momento, se dio cuenta de lo que era un “ladrón de tiempo”. Incluso llegó apresuradamente a nuestra casa: “Anvar, ¿estás ahí? … A partir de hoy, puedo decir que entiendo el valor del tiempo.

“Sí, Abdullah, entiendes, ahora no estamos robando nuestro tiempo, solo estamos siguiendo el camino del conocimiento. En el futuro, estaremos entre las personas maduras mencionadas por mi maestra. Estoy de acuerdo con usted. ¡No pierdas tu tiempo! ¡Siempre recordaré que es un trofeo!

Revista de la UNAM «Pensar el tiempo. «El tiempo es una gran interrogante. ¿Qué es? La filosofía y la física responden cada una a su manera. Sergio Freidberg en entrevista con Yael Weiss nos introduce a las ideas que opusieron a Heráclito y a Parménides, a Einstein y a Bergson. Controlar el tiempo no significa comprenderlo

Saludos. Navidad entre duda y asombro


Aquella semana la mente de Juan David enfrentaba al engendro de un niño Dios invisible y otro transformado en muñequito en el pesebre de la casa y su Dios robot comprador.

Había construido al suyo, lo armonizó con una alianza de personajes de videojuegos para cazarlo entre los pasillos de un almacén, allí aquel Dios niño robótico, habría de comprarle una silla de juego y algún traje para su papel de gamer que completaría su rol entre el estudio y los videojuegos.

Mundo de mañana. Acrílico. Kent and Vicky Logan in honor of de museums 50 Aniversary

La mamá aún no encontraba explicaciones a los cambios de su hijo, lo percibía en una alteridad complicada para ella, él vivía horas situado en lugares utópicos y entre amigos virtuales, él tramaba a su pandilla de muñequitos animados para que convencieran al niño Dios sobre los objetos que debería traerles en navidad.

Ella ante aquella fábula de pantalla y realidades donde jamás había estado o imaginado; precisamente ahí, Juan David había trasladado al niño Dios de la novena y el pesebre, quería asumirlo como un personaje de su narrativa y mito. Un robot inteligente que traería a su mundo real los objetos de la sociedad de consumo y entre estos la silla de gamer tan deseada.

La silla era real y estaba ahí, la mamá y su compañero la habían comprado. Usaron la caja contenedora como la base del árbol de navidad. Aquello mientras Juan Felipe con chispas subliminares y radiaciones poseía la mente de aquel Dios muñequito y comprador del universo en el comercio donde los objetos se configuran para hacerlos llegar al sitio que tenía deseado.

Ella sentía asombro, su niño entre pasajes y escenas con participantes movilizados por comandos desde cuatro teclas y un video juego, se revolvía desde el mundo de Myst, aquel primer videojuego de alta resolución de 1993, hacia las muñequitas de Second Life del año 2003, hasta la hora de aquellas escenas en 3D donde doscientas mil personas entran a diario y el sistema procesa monedas virtuales. Que delirio. Debió agregarle permisos a la computadora amenazada por unos muñequitos virtuales capaces de rebasarle los cupos a sus tarjetas de crédito.

Esta máquina infernal se llevará a mi niño quien sabe hacia dónde. Pensaba en los desafíos que afrontaban; ella en cómo vivir con esas realidades potenciales, se prenden y se apagan, un clic y continúan con su cuenta virtual y el dinero se transforma en una entelequia complicada.

En nochebuena , ella en su escenario de sonrisas, luces, villancicos antiguos que siempre parecen sonar nuevos, tras aquella novena centenaria que nunca cambia, se reza año a año, aunque resbaladiza entre dudas y añoranzas.

Alguien oprimió un botón, el árbol navideño se elevó trasladado por hilos invisibles entre chispas de colores y las luces iluminaron la silla gamer de Juan David.

Un ventarrón de sueños sin pudor.


Diana Sánchez descifró la genealogía de Rodrigo Sánchez Buitrago. Estudió las memorias transcritas con letras cifradas, como una alineación de hormigas en manuscrito en papel arañado. Descubrió un documento abandonado en la biblioteca de un caserío descaminado entre los olores azufrados del vapor de un volcán y las nieves de un páramo cubierto con matorrales de frailejones, valerianas y lana de ovejas.

Son las mismas huellas de la heredad desnuda en el semblante de unos personajes de daguerrotipo, paralizados y expuestos en las paredes de la Casa de la Cultura en Tacaloa. 

Yo sólo recordaba retazos de relatos encadenados entre las habladurías de una familia de abolengos desgastados que aún relucen entre los restos de una vajilla de Castilla y tres baúles de cedros libaneses. Era una casta recia, fundadora de aldeas, que trajinó los atajos lodosos de los precipicios andinos y se asombró con los trinos volátiles entre los bosques de niebla. Descendían a inventarse una plaza y cuatro calles, con iglesia y edificio municipal, en senderos de montaña acamparon cansados de viento y lomas.

Calle Real – Ayuntamiento Buitrago de Lozoya 1922 https://www.buitrago.org/historia-y-patrimonio

Mis genitores fueron inmigrantes desde Buitrago de Lozoya, un pueblito español de la comunidad de Madrid. Algún año aciago viajaron a Lisboa, partieron en una galera que arribó a Santa Marta despedazada por los huracanes del Caribe; continuaron en un buque que tragaba bosques completos  de leña, cuando su ruido sofocaba los cantos de las sirenas del  río, arrumbó brioso y atafagado de esperanzas los  raudales del  Magdalena y les dejó  atascados entre unos humedales cenagosos,  plagados de boas y cocodrilos; allí  recuperaron sus bravezas devastadas por  las fiebres del paludismo y participaron en la fundación de Ocaña. 

Entre ellos llegó el tatarabuelo de la Gambada, un italiano que portaba entre ceja y ceja una estrella de ambiciones descomunales, rebuscador de minerales relumbrantes con los espejismos de “el Dorado”.

Escudriñó el oro en la jurisdicción aurífera de Bucaramanga y Vetas, entre los socavones de las minas del páramo de Suratá, un lugar de trabajo prohibido a las mujeres. La minería ancestral en las minas de los Andes era cosa de machos por un agüero cimentado en el pudor hacia las entrañas de Pachamama, la Diosa Tierra.

Allí mismo compartió con una casta de zambos bolivianos  y seis indios de la encomienda de Cácota, uno de los cultos de los indios mineros a ella, la Pachamama, la Mamá más grande de todas; desnudos practicaron un rito masculino;  le hicieron un desafío erótico y ardiente a su diosa; se ilusionaron amorosos con una toma de yagé, excitaron sus órganos de la virilidad hasta sentirlos erectos, como estandartes para penetrar a una virgen, hicieron contorsiones voluptuosas para estimularla en los mismos agujeros de su feminidad y untaron su esperma en las paredes de la mina.

Esquina de Cácota – El pueblo más antiguo de Norte de Santander

Ella era la gran hembra y con las percepciones de esa sensualidad delirante dejaría desprender el brillo de las vetas de su oro y le concedería a uno de ellos, su elegido, la suerte necesaria para  confiarle el favor de poseer su riqueza.

En Suratá y en la parte alta del Río del Oro, mi abuelo consiguió la primera fortuna de la familia, sus descendientes la dilapidaron con el juego y el alcohol, no aquellos que años después ensayaron con sembrados de cacao entre las breñas de la región Marabina y su grano fue portador de un deleite afrodisíaco de alta calidad para el reino de Saboya. Lo condujeron por el río Zulia en una embarcación impulsada por un clan de chitareros, lo fletaron a Europa desde el Puerto de Maracaibo.

Por allí otro abuelo se hizo notorio porque impuso la costumbre de pagar las cuentas del comercio con semillas de cacao como moneda de intercambio y compartir los favores de las treinta y ocho damiselas de un burdel con un círculo de amigos italianos y alemanes. Con ellos se aventuró entre las trochas del contrabando; desafiaron las amenazas de los indios motilones entre los raudales de La Solita y Puerto Santander para poner de moda en Cúcuta los encajes de lino, los vinos de Francia, los condimentos de la India, los cristales de Murano, y otros referentes de los gustos y modas arribistas y refinadas de las ciudades europeas.

Daguerrotipo de la salida inaugural de la estación de Encontrados – Estado Zulia – Venezuela hacia Uracá Estado Táchira.

Un primer jueves de mayo se atascó la barquilla del matute en los raudales cercanos al poblado de Encontrados, y las autoridades de las ciudades beneficiarias del río, aplazaron la celebración del día de la madre, durante dos semanas, para que los clientes contrariados pudieran disfrutar el espectáculo de ver a sus progenitoras embelesadas y orgullosas con sus regalos de atavíos extranjeros.

Aquella familia esforzada y veterana, emprendió excursiones con una recua de arrieros hacia el occidente de Colombia, se unieron a Fermín López, después de la fundación de Salamina en Caldas, prosiguieron por los caminos de la colonización antioqueña, atiborrados con sus raleas y sus corotos, un perro fiel y la carga elemental de su identidad estampada en los trazos del   mapa borroso de su árbol genealógico.

Un canto a la Pachamama. Deborah Yudelewicz – Este canto nació en el paraíso de Ojo de Agua, Capilla del Monte. Una humilde expresión de profundo agradecimiento.

El viaje tras el polen y la luz


Entre aquellos nómadas, iba un alma de trotamundos de ojos verdes, su fondo era un espejo de mi propio temor para separarme de los míos; tormentosa y calmada como él, quería verlo todo y vivirlo todo.

Estrella de la Sagrada Familia PERE VIRGILI

Soy Lagardere, amigo personal del Judío Errante, pintor de iglesias y restaurador de santos de sacristía e íconos coloniales, tostador de café, amansador de bestias y curandero de animales, carpintero y ebanista. Puedo escrutarle el destino a los señores y señoras entre las chispas y las llamas que surgen frotando un par de leños, o en las cartas de la baraja española, o, si tienen desconfianza… ¡tráiganme su naipe!

Lagardere, mostró fotografías en los templetes donde se ha trepado, atalayas de latón y campanarios encumbrados con pilastras de piedra; adentro el bronce solfeaba melodías de monjes que canturrean sus letanías de maitines y laudes. 

El silencio y las meditaciones son su primera manera de entrar en las alturas. Un saludo al aire que se levanta en las ciudades con sus calles sin una persona en la madrugada. Armado de ataduras, zapatillas de escalador y brochas de muralista, inicia su labor restauradora; reanima la mala cara de los arcángeles revestidos con túnicas de chaparrón, aviva los capiteles y columnas de maderas preciosas, retrae desde épocas remotas detalles originales de las torres, recupera en sus rasgos originales la arquitectura tras recuerdos arrinconados en los recovecos de la memoria de feligreses centenarios. 

Marisol Stemblak: — Diana Sánchez, el hombre que viene conmigo, ha recorrido cuarenta y tres países, habla en siete idiomas y quince dialectos, entiende el arameo y los jeroglíficos de los manuscritos enterrados en las arenas del Sahara. Es fiel portador de genes neandertales del mundo antiguo entre Bélgica y Beringia. Me lo presentó calmada y su brazo en su hombro. 

—Hola Lagardere, soy vecina de la Calle Larga, Calle real, así le dicen desde su inicio en El Morro. Edad catorce años, los cálculo y anotó mi abuela en el dibujo de una margarita en los tablones de nogal, tras de la puerta principal de la casa. Mi nacimiento le alegró sus soledades cuando mi abuelo, el negro Mena, trabajaba en el Caribe. Lo trazó en la hora cuando afanosa salía a llamar a Blanquita, la comadrona que atendió mi nacimiento; si pones el oído en esas vetas, ahí están grabadas las vivencias de mi familia—.

Hablé con tono cordial y mirando a los ojos de Lagardere. 

Se acercó a la puerta, con su índice buscó en la trama del tejido vegetal seco, escrutó los tonos y las sinuosidades, lento y con pausas al son de una melodía que entonaba en susurros ininteligibles. —¡Mírame bien, Diana Sánchez!  Mis ojos aciertan el sueño de tus 5187 noches. Venían a conocerte y su mirada no tendrá fin, allá donde despunta una grieta en el ángulo de la puerta, se anuncia tu destino.

Me había perseguido desde las cuatro de la tarde cuando platiqué mi memoria en las carpas de las caminantes más ancianas. Le entusiasmó mi afán por conocer etnias y naciones, mis comentarios sobre cómo, recurriendo a la mentira de los sueños, han inventado esos mitos los jerarcas y sacerdotes de las tribus globales, para someter las mentes y conquistar el mundo. Mi interés por llegar al fondo de las cosas. 

Lo decidí convencida de mi necesidad de comprender las expresiones de la vida, curiosidad que me incitaron las conversaciones con don Tomás Issa, el maestro con quien compartí quince jornadas de observación y estudio para el aprendizaje de la flora y la botánica. Caminamos las trochas del monte de don Berna, Tacaloa y la orilla del ferrocarril entre Beltrán y Estación Pereira; él era encantador en el bosque de don Manuel Semillas, explicaba, nos enseñó a observar y pensar, hablar y preguntar; compartí con el hijo de El Grillo, ese sentimiento frente a la vida que atrajo mis pensamientos de identidad al lado de un limonero. El sol se ocultaba en el cerro de Tatamá, bajó la sombra y a don Tomás alcé mis ojos, ya tenían en su brillo la templanza. Al día siguiente encaré con libertad y entereza a mi tío Martín Sánchez.

—Eres la verdadera dueña de tu vida, con esa posición que has asumido, a tu familia no le queda más alternativa que confiar en ti. Tengo la seguridad, eres una hija de la abundancia del universo, en tu mundo no existe esa nada parecida a la escasez, ni sentido de limitación o pobreza. Me contestó, convenido de que le hablaba desde mí ser esencial. Decidí mi rumbo, esa conversación con el tío Marín me indicó que lo bueno del mundo estaba disponible para mí y marché con los caminantes en un amanecer con lluvia de abril.

Atardecer Marsella – Casa de la Cultura

Viajamos entre cambios del follaje, colores de la vegetación, flora y fauna multiforme. Preguntamos a campesinos de sombrero vueltiao de caña flecha, ellos olvidaron las inundaciones de la Depresión Mompoxina y nos llevaron a observar con microscopio; vibraron en los lapsos cuando hicimos rastreos de la expansión de la materia vegetal, nos apreciaron como genios encantados durante esa mañana cuando nos convertimos en seres pequeñísimos; desde una situación que se mide en  nano dimensiones, avistamos; navegaban entre el  torrente de la sabia los atributos, coloraciones y  propiedades provenientes de los efectos del nitrógeno, el influjo de la irradianza en la eficiencia fotosintética en cada escenario ecológico, y el lugar y momento mismo cuando vimos gestarse, aumentar o disminuir, el comienzo de las flores; el polen se desprendía, volaba y descendía en una carrera larga y solitaria hacia su destino con rumbo al goce de la fecundación.  Allí mismo debimos lidiar con el estrés lumínico entre una hoja de anamú donde casi nos absorbe el aguijón de un pulgón lanígero. Esa noche fue un ritual con cantos de pescadores, tamboras y flautas de carrizo.  

Te Invito, Herencia de Timbiquí – Video Oficial

VIENTO Y DESTINOS


Narrativas desde Tacaloa

Éramos tres las niñas, jugábamos en una calle larga y perdida entre su caparazón de olvido: rondas, matarile, escondrijo, a que te cojo ratón y otras ruedas de cantos; cogidas de las manos, cruzábamos alboradas tras estrellas rezagadas.

Éramos tres las niñas, las tres hijas de padres distintos y una misma madre, con un hermano mayor y un gato angora, una vida en caserón con vistas al río y la montaña, un patio de flores, mil olores, mangos, naranjales, nidos y trinos, gallinero y tres garajes; veíamos la vida entre rendijas, camiones, automóviles, camperos. Nos metíamos bajo la puerta de latón en nuestro juego al extravío tras los viajeros. Tierra, cielo y campo a itinerarios en busca de ese asfalto que conduce a las conquistas del día en las ciudades repletas de esperanzas y de miedos.

Una noche llegaron unos nómadas, descendían desde alguna estirpe neandertal muy olvidada en los límites del mundo, estuvieron disgregados desde los tiempos más ignotos entre las neblinas de la era glacial, los habían extraviado sus soledades y oleadas de trashumantes, diluvios y contratiempos entre rutas de fango y atascaderos de magma basáltica. Dejaron marcas rojas en las estalagmitas de un yacimiento malagueño, migraron perseguidos por hordas de tribus desarraigadas, se orientaron hacia  un sendero de tundras, bordearon continentes hostiles, eludieron el abismo en cuyo fondo se levantan las murallas del fuego eterno del infierno y 1014  volcanes en perpetua erupción; escaparon a más de 650 siglos de exterminaciones étnicas, cruzaron cinco mares que aparecían y desaparecían entre sus propios mitos.

Una goleta antigua superó las aguas calientes que expulsan los huracanes y las tempestades del Caribe y el sur del Asia y remontó las aguas dulces del trópico andino. Instalaron sus carpas al lado del río; ellas con faldones pintorescos, ataviadas con collarines de semillas de Madagascar y el norte europeo, caninos de animales africanos, osos blancos y piedras de ágata y lapislázuli.

Llegaron en gran celebración.  Recorrieron la Calle Larga, portón tras portón, ofrecieron alhajas de baratijas y prometieron un porvenir sin sobresaltos desde los mapas del destino.

Una de ellas, Mariana Pihedova, pregonaba su erudición sobre los rasgos de la personalidad, las biotipologías y patologías, bosquejadas por la genética en las líneas prensiles de la mano. Heredó su poder de la revelación desde los anhelos de un sabio fenicio, contrastaba las impresiones dactilares y la correlación entre la longitud del anular y el índice, caracteres que se definen durante el crecimiento embrionario por el efecto de las hormonas que circulan por el útero con un torrente de huellas genéticas; y ella, con la quiromancia y la astrología de todas las civilizaciones y culturas, podía entender otras señales que definen los misterios de la vida en la conducta, en los sufrimientos y los imaginarios de las personas.

La buenaventura de Enrique Simonet (1899).

Ella escrutó en la vida de nuestra abuela Betsabé sus divergencias entre la felicidad infinita y el vacío de soledades por su relación con el negro Mena, quien la enamoró un día alucinante en la isla Margarita y fue uno de sus siete amores, dejándola preñada de mamá y después ha sido una experiencia de fogosidades y sacrificios.

Otra caminante. —Soy Romelia Natchkovo, conozco del futuro familiar que se perfila en las separaciones del árbol genealógico y se advierte diluido entre el caos del humo y las trazas de las cenizas de los cigarrillos—. Ella dijo a nuestra abuela Betsabé que Mena la amaba infinitamente, pero era un hombre capaz de repartir todo su amor con entusiasmo y ternura entre varias mujeres porque venía de una alcurnia de mandingos que solamente era esclava de su propia libertad.

Los hombres de las caminantes montaban en potros cerriles que domaban con las yemas de los dedos aplicadas como agujas en los puntos donde vibran  las energías musculares de los equinos, para venderlos briosos y soberbios en las ferias de los pueblos; los  más viejos, machacaban en el fondo de unos cuencos de cobre, los desinfectaban con ácidos de pringamoza y otras ramas  para forjar las pailas de los cocineros.  Organizaron con José Reyes varias carreras de caballos en la calle de La Pista al lado del hospital y le enseñaron como preparar a los potros y a los jinetes para ser ganadores.

Frank Gaitán
DOMADOR DE CABALLOS (2004)

— Hola, las tres jovencitas: ¿Cómo os llamáis? —, exclamó una mujer blanca y alta de ojos negros. 

—Somos Diana, Maite y Aleyda de la familia Sánchez Mena, abandonadas por nuestros padres; las tres hermanas vivimos aquí, en la Calle Larga—, respondí Diana con voz lenta y afinada. 

—¿Queréis seguirnos para conocer el mundo?   Iremos desde el Caribe hasta el Brasil por las rancherías más confinadas, conoceremos sus tradiciones milenarias y aprenderemos los principios activos en la química de las plantas tropicales y los elementos sustanciales de los venenos animales—, replica la mujer.     

—¡Hola jovencitas! —, declara otra, —aprenderemos  los cantos y los bailes, los rituales y mitos en las fiestas de todos los países—. Decían en su propia algarabía:  —Estamos afanosos, nos iremos hacia una zona más exuberante donde el sol persistente y los vientos de la aurora nos colmen el alma con energía.  Exclamaba un viejo. 

—Un lugar que intensifique los colores a mis carpas—, completaba su hijo. —Allí podré conquistar con más carácter la curiosidad de las señoras y la ilusión de los señores—, meditaba en voz alta su mujer. Mientras los tres organizaban sus baúles atiborrados con los efluvios esenciales de su fórmula para el elixir de la eterna juventud, los frascos con las pócimas necesarias para aplacar los miedos, los filtros con el aliento divino que expulsa las almas para todos los males y los sufrimientos de la humanidad, y todo tipo de talismanes para la buena suerte.

Estábamos decididas a acompañarlos. Nos contuvimos, se apareció el compadre de mamá y le confió nuestro secreto al tío Martín Sánchez; debimos desistir de aquella andanza porque nos asustó: —Esos caminantes las venderán a los barcos extranjeros en Cartagena de Indias y en el muelle de Santa Marta, terminarán la vida como lavanderas de pisos, cocinarán como esclavas y calmarán las ansiedades impasibles de un sinnúmero de  marineros; después,  las obligarán a apaciguar la furia semental de los piratas—. Hasta nos narró las leyendas malditas, historias de cuando se les agotan las raciones y emboban a los niños con brebajes para desnucarlos y después hacer fiestas con viandas de carne tierna y ron barato.

Flores Mías


Un 7 de diciembre visité a mi hermana Amparo porque solía acompañarla a prender las velas e íbamos a ver la pólvora.

Me acompañaba Diego que había llegado de España. Visitamos a Aleyda López Ángel, estaba deprimida y se animó con nosotros leyendo sus poemas. Visitamos la cuadra donde nacimos y las flores en el parque y los balcones.

Hoy la recuerdo con su poema.

Una carajada, ni cuerda, ni loca, ni mansa


La Segunda Guerra Mundial, este conflicto militar global se dio entre 1939 y 1945, a Marsella llegaban pocas noticias, había miedo y rezos. Monseñor anunciaba desde el púlpito los tres días de oscuridad que precederían el juicio final. ¡Arrepentíos! Dios nos juzga entre trompetas celestiales.

Mientras tanto, la ciencia de la guerra en el hemisferio norte creaba tecnologías para matar entre naciones poderosas, los Países Aliados y Potencias del Eje socialista se movieron a enfrentar una guerra total, la mayor contienda bélica, ejércitos y espías a toda capacidad económica, militar y científica surtían los frentes bélicos.

Esa locura de la historia ocasionó muertes masivas, holocaustos con gases, armas nucleares, los 50 a 70 millones de víctimas. Pilotos de la guerra que al volar se sentían totalmente ingrávidos: flotaba por encima del avión, escribía uno, años años después, sentía un arrebato beatífico como perro de la guerra. Consumía pervitin. Las metanfetaminas eran el motor del estado emocional de los pilotos alemanes. Después de la derrota, el consumo de estas cosas generó una epidemia de suicidios en Alemania.

El planeta alcanzaba un lustre racional – positivista, se pregonaba la obsesión del progreso con base en la razón científica y esa misión también trajo dos guerras mundiales con el desarrollo tecnológico más enfático de la historia humana, también catástrofes terribles.

En los años 60 el siglo XX se partía con el corazón tocado y despacioso, su aliento entrecortado y el futuro oscurecido. Todo eso fue real, historia que golpea mi cabeza y esos hechos cuestionan.

En los tiempos nuestros, hemos transformado estas cosas en el gran negocio, la cocaína ha sido el combustible del conflicto colombiano. ¿Qué otra ola de tiempo revuelca nuestros días?

El desfile. Fernando Botero. Año 2000

Mi abuelo Ramón Gamba me habló de la guerra: en recuerdos y fractales de sus días se desplazaba un miedo movedizo, su cerebro lo disfrazaba y transformaba hasta cuando ya no tenía seguridad de nada; una tarde con tragos de aguardiente amarillo de Manzanares, más borracho aún, llegó alguien que le rememoraba; mientras nadaban ese océano de licores del pasado, el sueño de la ebriedad revisaba entre telarañas los recuerdos; tras la sed y la resaca, un guayabo puntudo. El pasado es dudoso, no sabía si era él, si fuimos nosotros u otros, incluso si el pasado ha sido como lo recordamos.

Los recuerdos se revisan de manera consciente en el mundo de la fantasía, si no pueden volverse reales y joderte. Despiertan emociones enterradas, remueven sentires olvidados. Si el recuerdo dejara de ser pasado, si sale de estar en la memoria, vuelve a ser presente.

Es preferible, que permanezcan en el mundo del ensueño y la imaginación. Así, los guardas, los atesoras, los mimas desde el momento en que te das cuenta de que son cosas que no volverás a hacer, momentos que no volverás a vivir. En caso contrario, quieres más, la realidad te lo niega, nos dice Manuel Cerdá de Muro de Alcoy, Alicante, historiador industrial y escritor español.

Cuando leí su libro “El tiempo de las Cerezas», me sentía en los tiempos de otro abuelo, Juan Antonio Sánchez. Él huyó desde Valencia España, lo iban a matar por anarquista, debía registrar su llegada a Antioquia en Rionegro y presentarse a un cura, este quiso imponerle sus creencias, como librepensador llegó a Marsella donde su mujer lo volvió muy rezandero, era un anciano con un cerebro cuerdo y loco revolcado por las guerras.

Luego en treinta años, 1928 a 1958, el siglo pasó con violencia política en Colombia y a paso lento entraba en modernidad, la industria avanzó con ingenierías de producción, las ciudades iluminadas y conectadas, fueron posibles viajes y movidas de mercancías. Unas familias de Marsella migraron a Cali en esos años; decían después, don Lino Arias, Abel Zuluaga, Julio Issa, las tías Amparo y Martha Vera: ¿por qué no se vinieron antes de allá? tanta violencia, no habrían sufrido ni lo habrían perdido todo.

En los años 60 el siglo XX se partía con el corazón tocado y despacioso, su aliento entrecortado y el futuro oscurecido. Todo eso fue real, historia que golpea mi cabeza y esos hechos cuestionan.

Surgían luchas obrero – sindicales, desconfianzas en la clase dirigente y capitalista; creían unos, aún lo creen, que es mejor construir un orden a partir de la religión, de la tradición o de la fuerza. Temían al comunismo internacional que tomó el control de los países de la «cortina de hierro», tras las reparticiones territoriales entre potencias al final de la guerra. La fuente del temor ha sido la difusión del socialismo universal en un mundo atrapado en pensamientos de la llamada guerra fría.

Bajo esa sombra dos ideas impulsaron en esos tiempos la violencia política colombiana, el pueblo entraba en evolución política y cultural y querían impedirlo.

En los años electorales del presente, ese fantasma galopa en los discursos y las contradicciones; centro, izquierda y derecha oscilan, pienso en estas cosas como en la parte física del modelo atómico de Schrödinger​​ (1926), oscilamos entre una onda estacionaria de conflictos y amenazas por todos lados en amplitud, siempre la política aparece con las palabras del cambio y encubre asquerosidades, sus ideales semejen las ecuaciones más hermosas y extrañas que hayan surgido del ser humano.  

Siguieron los tiempos del café, entre las guerras más violentas, el café persiste como base económica local.