Esperanzas y mitos conectados, estaban entre granizo, el camino de lluvia donde viajaron las creencias, era senda de la fe que aseguraban las capillas rurales en Alto Cauca, La Estrella, El Trébol, El Español y el Camino del Privilegio con en el sitio de La Capilla que tumbaron para paso del ferrocarril.

Marsella y Chinchiná tenían liderazgos y fortalezas en tiempos del departamento de Caldas, se opacaron con la separación que creó a Risaralda. Requerimos acuerdos que fortalezcan la región cafetera y como patrimonio cultural. La nueva cultura.

A Villarrica de Segovia, algún terreno entre uno de los nombres que tuvo Marsella, llegaban los exiliados de tierras difíciles y sin oportunidades, construían los caseríos de los años esperanzados del siglo XIX, buscaban su parcela y un destino con el oro o los cultivos. Crecieron sus cafetales y proyectos colectivos. En el siglo XX la Federación de Cafeteros con sus comités locales y la cultura económica, producen lo mejor, acercaron los sueños a las realidades: tierra, trabajo, vivienda, familia unida, vecindarios prósperos.

Antes del café, llegó el cura en su año con un pregón antiguo, la tierra prometida no estaba en estos destinos, se las tenía Dios en los cielos. Sería necesario el sufrimiento acá abajo para alcanzar la gloria en un cielo de heredad divina y salvadora. En medio de una borrachera el menos creyente, pensó el nombre de Gloria para su nueva hija, porque aquella gloria sagrada era tan complicada, mejor una felicidad con bellos ojos en un cuerpo de mujer.

Los abuelos encontraron tierras de aires nuevos y vientos difíciles, trajinadas por violencias de hombres armados que andaban por trochas entre ramales montañosos. Levantaron el poblado con sede de poder local, debía construirse la iglesia mayor. Allí al frente estaría el parque principal con el palacio municipal y un colegio católico.

Los mayores dueños de la tierra hicieron; por ahí mismo, sus viviendas y locales de comercio. Reservaron un salón para socios con su nombre en mayúsculas, en ese Club Social escribieron su propia historia y desconocieron en ella a los no católicos. La calle principal se nombró Calle Real para un territorio sin reino, era real con esas palabras castellanas.

La calle del pecado tenía su identidad, en algún municipio la llamaban Colegurre, en Marsella El Morro y no sé el origen, los hombres allí buscaban otros morros. La reina del lugar fue la morrocotuda y hubo una cotuda cuyo sitio gozón llamaban el coto. En la Calle de la Pista la fiesta quincenal con apuestas por carreras de caballos. Las había entre chalanes y otras entre desarrapados con táparos, incluso Matusalén, el caballo más viejo de mi abuelo, fue un campeón entre yeguas y caballos ancianos.

En cuatro capillas se asentó más la presencia sagrada invisible, entre vírgenes de yeso y santos con mala cara. Desde la cuchilla por donde llegaron los españoles y sus descendientes y los caminos nuevos con caseríos, salas de oratorio, altar y torre de campanario, construidas en convites y parrandas con aguardiente. Las motivó el cura Jesús María Estrada, fijó en los pobladores la religión católica. Su palacio en la iglesia principal con torres más altas que un castillo medieval.  

Surgieron con la unión entre creyentes y organización de base, comités de vecinos para las fiestas patronales que cargaron imágenes de la virgen por los senderos que ocuparon los liberales caucanos, aquellos librepensadores que pelearon por la división entre la iglesia y el estado con los conservadores paisas. Guerras frontales. Pelea de fanatismos violentos, animada con símbolos rojos y azules.

Aquella competencia se ritualizó con fiestas en los días de la virgen, o un santo patrono, había centelleos de luces y truenos, una vaca loca con sabiduría de polvoreros.

Esta tierra cafetera entre los ríos San Francisco y Chinchiná, límite donde en el siglo XIX pugnaban por el poder la hegemonía antioqueña con la caucana, luego de una guerra de mil días entre liberales rojos y conservadores azules; lo más conflictos, se combinaba ese baile continuo de varias formas. Rosarios, celebraciones, semana santa y los días de la pólvora. Monseñor Estrada fue un domesticador y un motivador, impulsó organizaciones católicas de base, veredas con comités para fiestas patronales.

En los años del pacto de rojos y azules (1958 a 1974) período del Frente Nacional, con democracia cerrada donde solo ellos compartían el poder nacional, regional y local, se distendieron las violencias políticas, se crearon las Juntas de Acción Comunal, en cuya organización intervenían el cura y el alcalde con promotores municipales. En esas organizaciones veredales y barriales los vecindarios generaron mejores carreteras, escuelas, acueductos Y electrificación rural, mejores calles y el manejo del poder comunitario de base para empoderarse y negociar con el estado.

Algunos hablaron mal de las juntas de acción comunal por politiqueras, desconocen que en esas reuniones los liberales y conservadores aprendieron a trabajar solidarios por el bien común, a negociar con los representantes políticos los llamados auxilios económicos para sus obras colectivas, el Comité de Cafeteros era impulsor de obras y también en su estancia y en las juntas ha sido motivador. Eligen y son elegidos en representación de sus vecinos y productores, son parte del poder local de base.

Surgía una nueva forma de estar y ser en el poder sin tantas camándulas. Los jóvenes peludos de los años sesenta, trajeron la moda urbana y las pastillas anticonceptivas que borraron los placeres en la Calle del Morro. Crearon su propio conjunto de poder con organizaciones como la Casa de la Cultura y trabajo comunitario para nuevos barrios, impulsar la cultura hacia una vida sostenible y obras públicas.

En Colombia, entre estas realidades de organización política no cabían otros librepensadores o los atados al marxismo leninismo. Surgieron otros partidos y otras violencias porque, cuando no hay lugar en los poderes, la guerra es el ritual, enfrenta contraculturas con disfraces de soldados, grupos violentos y guerreros.

Fondas camineras: Se recuerda con nostalgia las fondas camineras a donde llegaban a descansar los arrieros que colonizaron el suroccidente colombiano.