Mirada ante “Un verdor Terrible”

En estos días mis búsquedas de autores me han puesto en ese punto dinámico donde observo la vida con la otra mirada que me llega en el lenguaje seductor de Benjamín Labaut en su libro “Un verdor terrible”.

Al leerlo pienso lo que ahora escribo.

Benjamín Labatut nació en Rotterdam, Países Bajos, en 1980. Infancia en La Haya, Buenos Aires y Lima, con catorce años se estableció en Santiago de Chile.

No sé si la pandemia, aquellos paros continuos contra el gobierno y contra todos, aquellos enfrentamientos verbales con choque y palabras tan violentas y difusas, o las redes sociales con su desnudez influenciadora, o la sociedad prisionera del consumo de las cosas y los chats con nuevos símbolos.

Me aplastan, o he despertado, o me he golpeado ante los libros.

Ciertas realidades parecen deformarme y creo verme irreconocible, se me ha hinchado la manera de mirar, siento náuseas con ciertas columnas del periódico, como si solo una fracción de la basura de este tiempo, que contienen billones de átomos de polvo en sus residuos, partículas con fuerza nuclear con su latente poder de destruirnos. Para hablar de todo esto deberá de existir otro lenguaje.

Una narración política que sea tan clara y bella, a la vez tan complicada o diferente, que describa la otredad desde un mundo subatómico.

Aquellos periodistas y fanáticos que solo describen miedos, hechos y contradicciones, peleadores a ciegas, el chateo de los prisioneros en una jerga de mamertos, marxistas, capitalistas, creyentes en doctrinas que persisten en sus libros de piedra paleolítica, los que son fuentes de hechos de otras realidades que se observan desde lentes opacos por su ceguera situacional: fanatismo, las creencias, experiencias difíciles, el culto a los caudillos y los sobres de quien paga sus escritos.  

Todo está cambiando de tal manera que los conceptos de la física clásica, como posición, velocidad, choques y estallidos o sus momentos, no son términos para comprender el lenguaje de lo mínimo en la infinitud de una partícula subatómica, o la nueva realidad emergente en las mentes de los niños.

Es tiempo de pensar en metáforas para otras conexiones mentales. Las generaciones emergentes son más veloces; también inquietas, algunos las quieren cautivas ante las mafias con sus nuevos productos sicodélicos.  

Será importante admirar el juego de un niño que intenta armar un puzle con que alguien quiere romperle la cabeza, aunque él quiere sus propias soluciones con las nuevas ideas de su edad, con las que ya descifra las relaciones de la suma, multiplicaciones y matrices, de manera diferente, sin aquel lenguaje complicado de sus maestros casposos del tablero y la verborrea en una clase en la internet.

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Cuanto más compleja sea la operación, más oscuros son sus argumentos, y en esa oscuridad él quiere vislumbrar luces de piedras de colores preciosos que no se ha visto en el arco iris, porque a lo único que conducen los números de la ciencias de la guerra es a una llanura incendiada, al calentamiento de la vida, a esa experiencia del consumo que se ha de achicharrar en un paisaje estéril del futuro.

Cuando salí de los días del paro que armaron los izquierdistas, o de aquella neblina de los días del encierro y la pandemia, o el escondite en la cantera del trabajo para afrontar las circuntancias con entereza para sobrevivir con las familias que me rodean, cuando a sus vidas las han cercado por cien caminos hacia la pobreza; mientras los otros, bancos que se enceguecen en sus ganas y los políticos que andan distraídos con sus lenguajes para peleas y violencias en sus búsquedas del poder.  Valoro esa mirada hacia el mundo desde lo más pequeño en la complejidad de un virus, que en sus moléculas y átomos con electrones y núcleos orbitando entre ellos enloquecidos, los presumimos con sus movimientos de olas de un mar donde se reacomodan sus fuerzas y desafían la vida. Mientras los otros buscan las vacunas para darle aliento a sus negocios.

Quisiera revolcarme en el mundo de abajo, entre aquel círculo negro entre el centro de las cosas. Deberé buscarlo entre las calles de los drogadictos prisioneros de su vicio, las propiedades químicas de la basura que consumen y la influencia de las mafias que mueven guerras, capitales sucios y familias ciegas en sus ambiciones.

Quisiera darle otro rumbo a la vida entre la corriente migratoria de los haitianos con los venezolanos, las jovencitas que ofrecen sexo por comida, con los jóvenes que tiran piedras en la calle y los animales que están en extinción con sus voces mudas.

Quiero mirar el mundo desde el agua, el viento y el verdor en los cantos y relatos sonoros indígenas para niños. Quisiera radicarme en la otredad de un mundo subatómico y no el mundo achicharrado bajo el sol del calentamiento global.

Quisiera estar en aquel espectáculo que anuncia El País de Madrid.  Meterme entre la piel de Ana Belén y Mel Salvatierra, que en una obra de teatro encarnan el papel de dos actrices de generaciones distintas, han de interpretar a un mismo personaje. En esta coincidencia chocan dos maneras de entender la vida y la profesión. La actriz más joven lucha por conseguir la oportunidad de darse a conocer. La actriz mayor se esfuerza para que el paso de los años no la haga desaparecer de los escenarios. Pero eso no las convierte necesariamente en enemigas, sino que se trata de miradas complementarias que pueden aprender la una de la otra, sin ninguna necesidad de destruirse. ¿Se darán cuenta o acabarán devorándose?

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