Entre redes y chismes, el cansancio y las bragas de Marleny

Pienso en mi ciudad de Pereira con sus estatuas de Prometeo en la calle y mi universidad, me veo ante esas esculturas de Rodrigo Arenas Betancur, intuyo el mito con las aves invisibles que devoran su hígado y sus entrañas, como esas hordas que destruyen, o se apoderan, dilapidan o roban los bienes públicos.

Tenemos un parque emblemático para la libertad, al lado un templo y unos lugares para la prostitución: pecar, rezar y empatar es la práctica humana más antigua. Por allí se puede hacer de todo. En las mismas calles desfilan los afanes con destino a los gimnasios, edificios de oficinas, los que vomita el Megabús y otros habitantes de rendimientos y obediencias. También los prisioneros del desempleo.

He observado estos estilos de vida tan encadenados como Prometeo. Pienso en esta imagen y en mi mismo. Nos acostumbramos al dolor invisible de Prometeo y la herida se ha cerrado, convivimos con realidades de autoexplotación, las carencias del vicioso atado al distribuidor del vicio y otras más complicadas, incluso nuestras palabras. Así somos los seres de la ciudad.  

Prometeo encadenado: Escultura de Rodrigo Arenas Betancur. Universidad Tecnológica de Pereira

En la región y en el país, en el mundo es aún más complicado. A la distancia pienso en el sistema de ciudades donde ha transcurrido mi existencia, soy ciudadano de una aglomeración de origen caucano y antioqueño, italiano e indígena, español, africano, oriental y más… En treinta años más, el movimiento entre los núcleos metropolitanos de Antioquia, Eje Cafetero y Valle del Cauca, no debería ser el territorio de la sociedad del cansancio. Enfermedad emblemática de este tiempo.    

Mi primer recuerdo de chismoso tiene una fijación con los calzones de bolitas de Marleny, se los regaló la tía Ana Joaquina. Una envidiosa dijo que Marleny no se los estrenó jamás, que siempre vivió biringa bajo la falda india que usaba, como las bolivianas; o así, me comentó un chismoso de la cooperación española.

Desde esos días me volví un observador entrometido. Usamos ropa interior de marca y escondemos nuestras vergüenzas. Maneras de vestirnos, profesamos, creencias, militamos en religiones y política, nos dividimos o unimos con el fútbol. Eso y las narraciones de historias son prácticas grupales.

Tendremos que ser capaces de imaginar y crear mundos de maneras distintas. Pienso en qué. Cosas. Podríamos quedarnos con los males de esta época y sus enfermedades emblemáticas; también, las reacciones inmunológicas de este tiempo podrían disolver fronteras en esta realidad donde convivimos enredados por conversaciones sin sentido, mientras convivimos separados entre zanjas, vallas y muros. Orientados por los chismes de moda y las dosis diarias de mensajes entre grupos enfrentados desde orillas.

Proverbios 26:20 – Reina Varela 2020.

En estos meses preparatorios de las campañas políticas, con movilizaciones y paros, encuestas contradictorias y aquellos que activan las hipermediaciones de los bandos enfrentados para engordar sus capitales; dicen algunos periodistas que representan ese poder mediático: entre el juego de contrarios y el control entre los poderes se fortalece la democracia.

Me encuentro, entonces, con lo que escribió la señora Kelsey McKinney en el NY Times con ideas de Robin Dunbar en el libro La Evolución del lenguaje.  “El chisme positivo es una de las formas en que unimos a las comunidades. Los chismes negativos pueden ser útiles porque permiten que la comunidad se controle a sí misma “. Pero se hace una distinción entre el chisme negativo que alerta a la comunidad sobre el comportamiento malo o peligroso de un individuo y el chisme destructivo que tiene la intención de dañar o socavar. “Si se vuelve malicioso”, dice, “en realidad puede hacer que las comunidades se dividan en subconjuntos más pequeños que no interactúan”. Los chismes que son crueles o falsos son algo que cualquier líder comunitario querría reprimir, ya sea que provengan de mujeres o de hombres.

Enfermedades emblemáticas. Vivimos en entre la locura y el cansancio por un virus, con estados emocionales complicados y con la esperanza en la técnica inmunológica. Aquí y ahora pienso en esos modelos económicos que nos llevan hacia los sueños de la productividad y la competitividad, bajo este paradigma algunos conviven como aquel animal laborans que define Hannan Arendt en su libro “La Condición humana”.  Se explotan a si mismos con sueños hacia la distinción de aquel super personaje que es a la vez amo y esclavo. Veo las influencers prisioneras de su cuerpo y su imagen en Tic Toc, me calientan y me dejan frío. Con hiperactividad e histeria. Cuando me siento así me conduce un sueño que me orienta, pienso en mí y en mis interacciones, estoy menos solo cuando estoy en mi mismo.

Pienso en mi cansancio con buen corazón como dice Maurice Blanchot.

La condición humana – 2006- Darío Ortiz Robledo es nacido en Ibagué hace 31 años, pero puede considerarse casi italiano de adopción, por sus frecuentes estancias en este país y por su cultura en el arte del renacimiento.

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