Melissa y Pategusa

En una casa del Alto de Boquerón en la vía a Santa Rosa de Cabal, habitaba Pategusa, moreno, alto, delgado y capaz de escuchar las briznas de la tierra cuando se desmorona con la sísmica causada por los camiones que ruedan en la carretera central. Tanto se derrumbaba que debieron construir el tramo del puente helicoidal.

Cuando lo eligieron guardameta de su equipo de fútbol, la mano de Pategusa atraía todos los balonazos. Se entendía con las araucarias del parque y los insectos lo entendían, los caballos de los carretilleros escuchaban y podían contar todo sobre sus actuaciones en el campeonato regional, las arañas tejían en su portería para que los balones no pudiesen pasar. Cumplió un récord invicto durante más de cien partidos aquel día cuando inauguraron el Puente Helicoidal.

Puente Helicoidal – Santa Rosa de Cabal – Colombia

Pategusa siempre palpaba a las personas antes de conocerlas; como si fuese ciego, su tacto orientado por su sensibilidad ligera interpretaba la energía de cada individualidad. Gente densa y térmica. Los colores ocultos bajo su epidermis son portadores del mapa mental y la huella generacional en cada sujeto.

En una borrachera en la noche cuando perdió su invicto, lo había goleado un equipo de niños muy altos que lo enfrentaron en una cancha del Colegio Salesiano, se quedó dormido y atontado. Le habían empacado siete goles.

Durante la resaca se comunicó con las arañas mientras cerró sus ojos en el camino junto al rio San Lorenzo, allí el barro lo escuchaba y el sol le observaba, aún sentía los disparos de los balones mientras los peces lo miraban. Nunca más dejaría de mirar más allá de cada acontecimiento, aunque sentía disminuida la energía imperceptible que orientaba sus facultades.

En la casa el gato lo reconoció distinto desde aquella noche cuando Pategusa conoció a Melissa, una veterana muy tierna y de mucha más edad, más vieja aún de lo que aparentaba. Aquella mujer con su pelo milenrama había vencido las leyes y tribulaciones del envejecimiento, sabía reversar la edad que más avanza. Sabia la sincronía de su aparato respiratorio, aconsejaba a las demás sobre los cuidados para una buena circulación de la sangre, la gastritis y la prevención de la menopausia y la sublimación de la mente con los dolores menstruales. Se conocía y se cuidaba.

Melissa era muy atractiva para los jóvenes que recibían de ella una sensación erótica diferente; al darles aquella energía nueva, también les sustraía su animosidad y tomaba de ellos las vibraciones necesarias para reducir los desgastes de su edad. Pategusa la frecuentaba y perdía potencia, sentía cantos de gallos de pelea desde las rocas que lo confundían, aunque conservase las facultades para atraer balones porque tenía un secreto.

En la orilla de la corriente con aguas termales que bajan desde el nevado de Santa Isabel, se lavaba las manos cada tres días, exprimía con su fuerza las flores de hortensia, violetas y crisantemos de la orilla, las flores de pensamiento le hablaban con palabras perfumadas. Con aquella comunicación virtuosa mejoraba su capacidad perceptiva y se concentraba para recibir la sensibilidad erótica de los vegetales, percibía cuando el agua regresaba a su origen en la laguna de su nacimiento para transformarse en neblina y así quería remozar su vida.

Melissa percibía aquella naturaleza de Pategusa y le daba la calma sexual que reanima el sentir y el cansancio, aunque también le apagase ciertas zonas del cuerpo. Pategusa caminaba cada vez más encorvado y lento; aún lo invitaban a detener los goles con el poder de sus manos y la alianza invisible con sus arañas.

Melissa mes a mes más joven, envejecía y debilitaba a sus amantes alternos. Algunos de ellos comenzaron a suplir el poder de su fuerza con el poder sus armas, principalmente aquellos que desconocían las energías y la naturaleza de la vida; sin esta sacralidad, obraban como personas rutinarias, ambiciosas, incapaces de renovar sus practicas de trabajo o lentos al comprender los cambios del mundo. Las sensaciones que orientaban su vida estaban en el gasto parrandero y la ostentación de objetos de moda, sus ambiciones tras las puertas abiertas de la sociedad de consumo.

Los gatos de la cuadra y las luces de la calle reconocían el enamoramiento de Pategusa con Melissa, aunque cerraran los ojos y le hablara con las palabras perfumadas de la orilla del rio que corre con agua tibia, el horizonte de la vida se mezclaba con toques en sus dedos meñiques con que se cogían para andar juntos, se enredaban en una maraña de flores en jarrones, su turbulencia sexual y los recuerdos de la tarde de la goleada.

El futbolista cambió su afición por conductor de buses urbanos y continúo reconociendo la ciudad con su tacto y sensibilidad, se transformó luego en vendedor de viajes por el mundo y guía turístico, cada vez más veterano y ella también la más veterana, compartieron sus cualidades para detener los desgastes de la vida, se encontraron y germinaron en su envejecimiento mutuo, cada cual con sus deseos y facultades con una plenitud que se trasiega en la lentitud de Melissa y Pategusa.

Aguas termales – Santa Rosa de Cabal

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