Encuentro de vida y muerte

Apía surge entre el conflicto

Apia – Dibujo de Mario Múnera

Leí de Alfredo Cardona Tobón: “En 1886 Julián Ortiz con su hijo Juan y la nuera Filomena, desmontaron un terreno donde está el pueblo de Santuario, lo nombraron así porque había tumbas indígenas, decían otros.  Después más colonos levantaron sus ranchos en la parte menos falduda de los abiertos de Ortiz, el viejo caprichoso se oponía.

Otros de los recién llegados, siguieron su camino rio arriba y en la trocha hacia Arenales fundaron un rancherío con techos de cortezas de árboles de cedro, aquella Villa de las Cáscaras se denominó después Apía”.

En 1889 Julián Ortiz dijo a otros colonos: “Ahora si doy el solarcito para que levanten el pueblito” y la gente de alrededores, guaqueros gran mayoría, levantaron una plaza en esa loma y se llamó Santuario. El negocio de cesión de tierras y lotes para levantar pueblos era bueno.

Santuario

Los habitantes de Apía vieron con males de ojos ese caserío alejado a varios tabacos; así medían las distancias, los tabacos que se fumaron en ese camino fueron tres los unos y cuatro los otros, decía Víctor Grajales. Aquellos vecinos enjuiciaron malo al  pueblo vecino porque no convenía al desarrollo de su pueblo, hubo enfrentamientos y las autoridades de Anserma viejo intervenían para evitar males mayores.

Los indígenas Embera que habitaron el contorno debieron desplazarse hacia otras zonas en la ladera de los caminos hacia el Pacífico.

Encuentro entre vida y muerte

En el tiempo de Juancho Rendón, hijo de negra con indio y buen conversador del caserío Jordania, miraba el cielo y leía las señales de la cabañuela de mayo en aquel 5 de enero de 1968: recuerdo cuando plante una cruz de mayo con Martín Ortiz, el hijo de ese Julián, tenía mirada rara con palabras cordiales, hablábamos de la violencia entre los conservadores de Apía y los liberales de Santuario, los aplacó varias veces don Pantaleón Calle, colono de los primeros en la cuenca del rio Apía, quien vino de Támesis, aunque tuvo unos nietos bastante agresivos.

Caserío de Jordania – Apía

Después me contó esta historia

Ilia, jovencita de Apía venida de Támesis, algo rubia e hija de Pantaleón, se arrejuntó con un indio Embera que llegó de Frontino y era rojo. La pareja iba y visitaba las ferias de Santuario y Apía, ofrecían cerdos de su criadero al lado del río Apía.

Algunos apianos se sentían superiores y no soportaban la unión de esa pareja porque dañaba su raza. Ya embarazada, comenzaron sus problemas de salud desde una tarde cuando la visitó una blanca conocida, enviada por vecinos azules, envidiosos de su negocio y muy mañosos; la mujer se acercó a ella y entró a las marraneras, la seguían tres mariposas de las que llaman calavera que para muchos son presagio de la muerte.

Mariposa esfigie o calavera – fuente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Ascalapha_odorata

El joven Emberá era curandero, creyente del poder de las plantas y la energía buena de la vida natural, buen temor y sin malas creencias. Después de un mes de lluvias aparecieron las mariposas 89. Míralas le dijo, son una creación fantástica de la naturaleza y si la comparas con la mariposa calavera que es nocturna, también es fantástica, cada una de ellas expresa su propio mundo, en la oscuridad descansa el mundo, los árboles reposan y ellas polinizan.

Con la luz la 89 reluce porque porta microorganismos y mensajes, visita en la mañana a uno y otro árbol, los insectos son los mensajeros de la vida.

La jovencita Ilia falleció al dar a luz y también su criatura. El joven Embera ofreció sus vidas a Caragabi su padre creador del hombre y todo cuanto existe, buscó el agua y lavó a sus muertas y las enterró bajo piedras.

Llegaron a rondar ese lugar los pájaros tucanes andinos; además, alrededor nacieron matas de caléndula y Zinnia, tan tupidas que sostenían a los colibríes y los árboles vecinos daban nido a la vida que que habita entre los troncos. En la noche llegaban las mariposas a dejar sus huevos entre los escombros de aserrín que dejaban los pájaros carpinteros.

Emberas y Mapuches

Por aquellos caminos cercanos al rio Apía, pasó un viajero sabio, venía desde la Araucanía de Chile con dos indígenas Mapuches, recorrían la tierra americana por caminos ancestrales desde el Sur de Chile hasta la pradera entre Dakota E.U y Canadá donde habitan los Siux. Se alojaron en el rancho del joven Embera y le apreciaron muy apenado. Él les dijo: daría mi vida por ver de nuevo a mi mujer y el crecimiento de mi hija.  

El Mapuche más sabio le estimuló: invoquemos a nuestras divinidades, atrae a la sabiduría de los tuyos, Dachizese el primordial y Caragavi tu creador. Yo invocaré a Ngenechén. Nuestro propio espíritu es parte de las deidades que gobiernan a los hombres y Elche llamamos los Mapuches al espíritu creador de la vida humana. Son los mismos dioses con nombres que suenan distinto en cada dialecto. Conjuremos de ellos el poder para un encuentro entre nosotros poseídos del poder de nuestras divinidades y así podremos comunicarnos con tus muertos.

Tengamos presente un principio de cuidado en este acto, seremos respetuosos, el poder divino nos dará capacidades para entender las señales de la vida y el umbral donde limita con el universo donde están los antepasados. Cuando nos llegue ese mensaje del preludio debemos alejarnos.

Caminaron la orilla del río Apía hacia arriba al lugar donde nace, allí bajo un árbol guayacán del que llaman siete cueros, mientras caían sus flores moradas, hicieron su invocación. Caminaron hacia los espíritus del agua, los bosques y la vida. Pasaron unas horas cerca de una arboleda en un lugar llamado La Mesenia, desde la neblina salió a esperarlos la esposa, la jovencita Ilia Calle venía desde un preludio en otras dimensiones de la vida, había descendido del otro mundo con una niña muy vital.

Hablaron con ellas mientras el joven Embera vivía la emoción del momento amoroso y sagrado. En la oscuridad volaban mariposas calavera y cuando amanecía las mariposas 89 mostraron luces, luego pasaron en vuelo unos colibríes en busca de sus flores y sonaban los picotazos del tucán andino en un árbol de nogal, parecían un tambor. Era la señal. Con dolor el Mapuche invitó al Emberá a alejarse del lugar sagrado, cuando cruzaron el umbral el joven indio se aferró al traje de la jovencita Calle y en su mano quedó un mechón de su pelo con un retazo de la cinta que lo ataba.

Al cabo de una semana, después de un recorrido desde el cerro de Tatamá y el Cerro Caramanta, se despidieron los Mapuche para continuar su viajes entre caminos que pasan por el páramo de Frontino y poblados del piedemonte de la cordillera de los Andes.

El joven Embera regresó a su rancho afectado por aquel recuerdo. Con los meses sufrió de enfermedades que somatizaban su decadencia emocional. Pasado un año aquel joven falleció.

Los vecinos del caserío de Jordania le hicieron su funeral. Lo llevaron a sepultar en el Pabellón de San Antonio construido por los vecinos del Rioarriba en el cementerio de Apía. En la hora del entierro volaban las mariposas 89 y se posó una mariposa calavera sobre una cruz en la parte alta del pabellón. Algunas mujeres quisieron alejar su mala suerte y empezaron a limpiar las tumbas, entre ellas encontraron un nido de pájaros adornado con el mechón de pelo y la cinta que el Emberá había arrebatado de la cabeza de su mujer difunta en el momento de aquel encuentro. 

2 Pensamientos

    1. Albeiro, me alegra inmensamente cuando me escribes, tengo los mejores recuerdos de nuestros años cuando fui tu maestro en La Candelaria de Apía, eramos unidos y queríamos transformar la vida. Que grandes padres los tuyos. Gracias a la vida.

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