Milagro Bugueño

Era tan convincente que transformaba la astucia del negociante en una fe confusa revuelta con negocios y ambiciones. Entre la ambición y la fe del peregrino surge el milagro porque los caminos del señor son infinitos.

Papá Ramón, el abuelo de la Gambada, recién acercado al sermón del cura católico, un misionero redentorista que repetía y machacaba: debemos creer con la fe del carbonero, mientras miraba al cielo desde el pie de una cruz que habían sembrado en El Trébol – Chinchiná-, los abstraía hasta hacerles ver la luz en un sitial escogido para ellos en el reino de los cielos. Sus palabras subían al cielo y hundían en el infierno.

Cruz misional en paraje rural

Aquella sotana misionera tenía su compañero. Pupilo y misionero visitaron la finca El Faro donde los atendieron con comida, se animó conversación con el hijo mayor de la Gambada. Muchos años después las tías Herminia y Etelvina repetían con sus hijos este relato, lo modulaban con su voz más sigilosa y susurrante, nadie nunca más se diera cuenta. Secreto que ha animado mi perfil de chismoso; los caminos del señor son infinitos, los chismes dan su sombra en aquel sendero sagrado.

El cura predicador le contó a Ramón que en Buga existía el templo de un Cristo Milagroso: —las bondades con las que el señor favorece a sus devotos son infinitas. Yo mismo llevé ante él un puñado de billetes para que multiplicara mis bienes, el sacerdote me bendijo y tras la ceremonia mi alforja estaba repleta de dinero, se había cuadruplicado—.

Ramón el hijo persuadió al Papá Ramón para el viaje a Buga en una fecha convenida, se había comprometido con el compañero del misionero: —Su padre es un hombre de bien, haga que lo acompañe para que el Cristo milagroso de Buga le aumente su fe, lo ampare y le multiplique sus bienes, le dará una larga vida y estará libre de una muerte repentina. Papá Ramón siempre temió un final con muerte inesperada, lo habían tramado con el cuento del infierno y la obligación de morir confesado; mamita Carmen había traído de Manizales un ícono de la virgen de El Carmen para que lo protegiera en su intranquilidad.

El hijo dijo al padre que aquel hombre estaría con otro misionero para indicarles cómo sería ese ritual. Efectivamente; Ramón el hijo ilusionado le provocó al papá un descomunal instinto de ambición que enceguecía. La fe con ambición es la revoltura más peligrosa. Papá Ramón era desconfiado pero se calentó su oído. Madrugó de la finca a caballo en compañía de Ramón, Mamita Carmen no durmió por prepararles el fiambre.

Cabalgaron y descansaron donde familiares de San Jorge de Cartago, recogieron dineros de la venta de aguardiente del zacatín de La Estrella y manejaron en secreto su viaje; continuaron, tren del Pacífico a Guadalajara de Buga, en su maletín de cuero café iba el paquete de sus ahorros atado con pita y una envoltura de papel. En la fecha, en la plaza de la basílica de Buga buscaron al personaje del compromiso en las misiones de Naranjal. Llegó cuando estaban en un hotel, les invitó a acercarse muy piadosos a la iglesia, Papá Ramón asombrado miró el reloj en la torre que daba las horas desde marzo 18 de 1909 y recordó a Pastor Gamba, tío abuelo antepasado suyo, quien construyó en 1867 el primer reloj de la iglesia San Francisco en San Jorge de Cartago: —“el señor dirige nuestros pasos”— los entró a la Iglesia del Señor de los Milagros, un sacerdote los recibió.

El sacerdote inició la misa, los feligreses expectantes y el compañero del predicador acompañó a Ramón el hijo a llevar el dinero a un cajón detrás de la cripta donde se exhibe el crucifijo milagroso. Papá Ramón no se explicaba como una imagen tan fea pudiera tener aquel imán que atraía a los otros ojos y hacer milagros, percibía a su hijo enceguecido por la fe. El personaje se aproximó durante la misa antes del ofertorio y comunicó que el sacerdote celebrante les enviaba su bendición. En un momento ceremonial pediría al Señor Milagroso por sus intenciones. Los miró en le ofertorio.

Finalizado el ritual se acercaron al sacerdote que permitió sacar el envoltorio y devolverlo a Papá Ramón. Efectivamente, un paquete igual y más grande en tamaño, ahora metido entre un talego tejido en algodón crudo, atado con pita y siete nudos, —son para el control de los siete pecados capitales—, les dijo un sacristán. Ramón sacó del primer fajo de encima la ofrenda para el templo del milagroso, otro dinero para gastos de regreso, fruncieron la boca del talego y se despidieron con la bendición del sacerdote.

Regresaron a la Finca “El Faro”, abrieron el talego, sacaron el paquete que no habían desenvuelto; efectivamente, era más grande y apretado, amarrado con pita como lo habían entregado ellos, los primeros fajos de billete completitos, la mitad del envoltorio papeles de libro de cuentas recortados y atados como fajos de billetes. Los primeros eran billetes, los demás, meros papeles con trazos de cuentas de alguna hacienda bugueña.

Decía Mamita Carmen: Si ven, por creer ciegamente en milagros que un tramposo atribuyó al crucifijo de Buga.

Desde ese día Papá Ramón no volvió a creer en ministros católicos, renegaba de los curas, afianzó una tradición de familia sin curas ni milagros, aunque acompañaba a Mamita Carmen a la iglesia por amistad con el Monsieur Jesús María Estrada; primeros viernes con oración y ayuno para no perecer de muerte repentina. Inculcaba a sus hijos y nietos: —Dioses no hay sino uno solo, sea cual sea su nombre y religión. Ese Dios está en nosotros cuando queremos que esté. Desconfíen de los santos y no crean en imágenes ni en milagros. A pesar de eso, jamás se opuso a las devociones que ella profesaba. Le recriminaba por ingenuo y por ambicioso. —Mi Señor Jesucristo ha multiplicado panes y peces, como dice el evangelio, pero jamás billetes, eso no está en los libros sagrados—.

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