Secretos de flores amarillas

Fotografía de Adriana Grisales – Biblioteca Alejandro Humboldt Marsella

En Tacaloa y El Congal o en el parque de La Pola, florecen los guayacanes y su polen no permanece en el mismo lugar, vuela en su ligereza sobre la carretera o a lo largo de la cuenca del rio Cauca por aquella ruta donde no ha vuelto a rodar el tren hacia un destino donde hará su gloria en busca de flores abiertas, quizá en el Valle de Risaralda o más allá tras un viaje entre vientos andinos.

El polen contiene veintidós aminoácidos y forma partículas de polvo masculino y no sé si nuestra masculinidad sea el polen de la tierra o si también se arrastra con el polvo de la muerte.

En su poema Vía Láctea, Alfonsina Storni:

Blanco polen de mundos, dulce leche del cielo
¡Quién fuera una gigante mariposa divina
Para hundir la cabeza en aquella tu harina
Impalpable y libarte como a cosa del suelo!

Nada puede detener el polen.

Araguaney, guayacán, ceiba, acacias.

El flor amarillo o araguaney también conocido con nombres de guayacán, roble amarillo, cañahuate y tajibo en Bolivia, Colombia y Venezuela, con nutrientes suficientes y ajenas a todo, rechazan el polen del árbol padre. La nube amarilla proyecta su sombra de polvo. Esa planta con nombre araguaney es de origen indígena del Caribe, familia de las Bignoniáceas, fue decretada como el árbol emblemático de Venezuela y describe a varias especies del Género Tabebuia, entre ellas la chrisantha es la especie emblema.

En los guayacanes amarillos del parque La Pola de Marsella la alegría florece. Recuerdo a Manuel semilla buscando entre ellos el germen de la vida para plantar nuevos árboles y me florece la nostalgia amarilla. Cuando desaparece el amarillo de aquellas flores cantan las chicharras, se extinguen pero el canto de los turpiales las espera para anunciarlas; por esta razón, en aquellos días cuando siento amenazas de enfermedades pongo a descansar mis sueños sobre los recuerdos de la alfombra amarilla de las flores de mi origen en Marsella, su curación es eterna.

En Santiago de Cali, también teníamos ese árbol en la calle del vecindario de nuestra casa. Aquella misma nostalgia de flores amarillas me despertaba la nostalgia hacia un espejo que nos decía cosas y cargaba nuestra historia por todas los lugares donde habitó la Gambada hasta cuando nos dispersamos los diez hermanos; era el espejo encantado que reflejaba las cosas que iban a pasar, desde los embarazos de mamá comenzaba a mostrar la sombra del hermano que estaba en camino, sombras y luces, flores amarillas que anunciaban los aconteceres que estaban por llegar.

Vivíamos en el Barrio Popular cuando nos visitó el escritor y cineasta Andrés Caicedo, le hablamos de las flores amarillas que embellecían la calle y del grupo cultural Cineclub de Cali. Mencionamos aquella nostalgia de las flores amarillas.

Los girasoles es una película italiana de 1970, dirigida por Vittorio De Sica. Fue la primera película de una productora occidental que se grabó en Unión Soviética; una historia de amor en tiempos de guerra, con sabor agridulce. Tres días después de haberla visto en el teatro Gloria de Apía, viajé a Cali y cuando llegué a mi casa en la noche, un borracho orinó en la raíz del Guayacán amarillo que embellecía y hacía fresca nuestra calle en el barrio Popular, Maite y Aleyda le escribieron un cartel de cultura ciudadana que le decía: “señor don meón, no se orine en este árbol que es nuestro emblema y nuestro símbolo del barrio. Tiene derecho de orinar porque es su necesidad vital, orine feliz, orine contento, pero no sea cochino, busque un orinal y deje ahí su agüita amarilla” ….

El Andrés Caicedo en aquella tertulia escuchó la conducta del borracho, al despedirse, también orinó al árbol, esta vez para desembrujarnos, aseguró que la urea de su orina era abono de pasiones: aprendan a vivir una juventud loca, gritó mientras guardaba el pipí. En aquella noche el guayacán amarillo soltó tantas flores al patio que al amanecer lo cubría una alfombra amarilla.

Esa frondosidad amarilla frente a nuestra casa era nuestra misma sombra, no solo florecieron los guayacanes, también la ceiba grande que adornaba el centro de la calle cuarenta y cuatro con cuarta. Tras esa mañana de flores, las ventas de obleas iban bien, mamá instaló el taller de modistería y el espejo se rompió. En ese punto del tiempo pudimos sacudirnos de todas nuestras desgracias.

Tapiz de flores de Guayacán Fotografía del maestro Emilio Rojas. Líder cívico y cultural

4 Pensamientos

  1. Hola, Guillermo,

    En Suecia brota como anuncio de primavera la “gulsipa”, los crocus amarillos, que son como chorros de oro que surgieran de un eldorado subterráneo: https://ensondeluz.files.wordpress.com/2012/04/crocus-amarillos-en-el-parque-foto-r-puig.jpg

    En las sierras españolas, las flores amarillas de la ginesta y la retama son por su color primas hermanas rústicas de esas que adornan tus lares, aunque no se alcen altivas en sus troncos sobre la feraz tierra de Colombia. Al ser autóctonas de la península ibérica crecen entre roquedales para placer de los montañeros.

    Por cierto, me encanta eso de la “gambada” (diáspora de tu familia numerosa). Como la gamba en italiano es la pierna y la “gambata” es la zancada, tu blog es la gambada que salta océanos. No en vano tienes apellido de caminante…

    Gracias

    Ramón

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    1. Gulsipa, crocus, ginesta, retama, beso de poeta, ros amarilla, tantas palabras han regado los caminantes y viajeros en su díaspora. Bello tema este con su reguero de palabras que se caen de la maleta en los viajes y las recogemos para enlucirnos.

      Me gusta

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