Desde un mapa en la piel

Nuestra piel es un papel en blanco donde se escribe día a día nuestra historia.

Lo leí en el libro “El Infinito es un junco” de Irene Vallejo.

Omar Ordoñez – fotografía de Emilio Rojas

Como lector percibo la vida mediante la observación, llego a Marsella y presto atención a las personas, cada uno es un libro único, cada enfermedad y cada pena, todo logro y borrachera deja alguna huella en la superficie de su cuerpo y en la manera como recita las palabras de su historia.

Siempre sentí placer entre la mirada de Omar Ordoñez y sus arrugas, sus aventuras de un dandi a quien una indígena tierna de Bonafont supo darle guarapo sorbo a sorbo para que cantara sus esperanzas y reverberaciones, lo miró tierna en un mal momento, lo leyó en una borrachera lenta e hizo suyo. Omar se dejó llevar mientras ella lo seguía, la presentó en su casa y luego no supo cómo termino formando un hogar con hijos.

Lo habían dejado allí, tan perdido y borracho que sus amigos futbolistas de Marsella, quienes perdieron el partido en Riosucio, al no hallarlo, rodaron hacia Anserma a las siete y media de la noche. Omar enlagunado, dejó de lado la frustración por no haberse coronado y casado con una reina, la Cardona; la amó y tenían votos de matrimonio, pero el Emilio padre, le metió en la casa otra piel que figuraba más lustrosa en las botas del teniente Barreto y ese vergajo le quitó a la reina de Marsella.  

Omar me presentó esa memoria como si estuviera escrita en un blanco pergamino, al que le embelleció ese roto, como lo hacían las monjas suecas con la piel que se preparaba para un pergamino donde se escribiría lo sagrado; ensartó entre sus arrugas las sombras del sol, los lunares y los gestos, trazo un mapa de tantas aventuras que era lento al contarlas con el café de una tarde y las chanzas de Joviniano Cardona.

Omar fue bebedor y trasnochador, con mi padre se reunían hasta el cierre de la cantina de Centavo Menos, se escuchaban todas sus historias, ambos narradores y Omar era buen informante sobre andanzas de malevos. Sabía del escondite de Chuchi Sierra. Le escuchó a Juan sobre la noche cuando recibió en la frente un varillazo de una prostituta en una cantina de la calle del Morro de Chinchiná, él quería salvarla de una muenda que le daba su mancebo:  -No se meta don Juan, déjelo que me pegue que por eso es mi hombre y tiene el derecho de hacerlo, le midió y saz.

Hablaron de aquella rasca cuando el Gamba terminó salvado por los bomberos porque se había metido con su yegua Muñeca en la represa de La Ínsula en Chinchiná, huía de quienes le perseguían para asesinarlo. Y esa tarde cuando Chuchi Sierra le pegó un aplanchada a Juan en la Calle Real de Marsella porque no pagaba una cuota de extorsión. Cuando desde lejos presenciaron el asesinato de Nano Cardona y aquello les generó problemas con los delincuentes.

Me decía cuando me narró estas cosas: a toda historia su papá le añadía tres aguardientes y tres escupitajos.

-Y llegaste a sospechar por qué escupía tanto-  

Creo que él entre cada escupitajo botaba el huevo de un duende para que dejara de tallarle en la memoria, eran esos dolores de su experiencia dura. Incluso notó un detalle y me lo dijo: cuando su Juan Gamba se fue para Cali con la familia y algunos años después regreso, nos sentamos a repasar cartilla en la mesa del fondo en el bar social, nos pusimos al día en aguardientes y en historias. Su papá ya no escupía, aunque hablara de los hechos complicados que debió afrontar y remojara la palabra con iguales tragos a los míos. Omar le recordó ese detalle e indagó cuándo había dejado esa costumbre. Hombre Omar, compartir nuestros licores era mi terapia. A Usted le conté todo, hasta el último historial mío. Un día te recordé en medio de una rasca tan brava que mi cuerpo estaba cubierto de arañas, ahí se secaron mis glándulas salivares y agoté los escupitajos; desde ahí mismo, los recuerdos dejaron de tallarme y se convirtieron en una manera de pensar para cambiar mi vida en otra ciudad y al lado de mis hijos.

Hablé con Omar durante varios días, sentí alivio en la medida que leía en su palabra sus arrugas y su vida. Le conté que de niño jugaba con mi hermano gemelo a imitar los momentos cuando nuestro padre bebía, narraba y escupía. En esa cosa que botaba nadaban sus diablos. Cuando me enviaron a estudiar en el Seminario Menor de Pereira, llegué allá con mis propios escupitajos aprendidos y mis historias, la vida de Marsella también me tallaba.

El cura Fabio Rivera, paisano y vecino, me reprendió por eso. -No memito, no se comporte así, no sea tan ordinario.

El rector Mario Giraldo me suspendió de los recreos para que corrigiera con meditaciones la costumbre aprendida. Durante ese tiempo debía leer de un canónigo agustino del siglo XV, “La Imitación de Cristo”, era Tomás de Kempis el remedio para evaporar en esa visión suya mis escupitajos y mis sensaciones malucas. ¡Jamás he leído un libro más jarto!.. Por eso indagué a Omar Ordoñez sobre esas cosas y él me detalló sus propias conclusiones. Me llevo con su labia por el mundo de la sicología de los escupitajos.

-No hablen tanta mierda- replicó otro. Sin embargo, aunque han pasado varios años, cuando los fantasmas que tallan me despiertan a las tres de la mañana y siento miedo, recuerdo aquella conversación con Omar Ordoñez, medito en esa sicología suya, aquel recuerdo me genera más paz interior que aquel libro de Tomás de Kempis.

Canción de las simpes cosas de César Isella y Armando Tejada – canta Katie James

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