Mi bestiario

Cucho el perro de mi casa en Chinchiná era un lanchán, langaruto chandoso parecía, aunque me arrastró como si fuera un mastodonte hacia la basílica de la Señora de las Mercedes en busca de doña Isabel, vecina que lo mimaba y daba caldo con desperdicios y arepa trasnochada y mientras ella terminaba la oración, se orinó en una columna al pie de San José.

El cura Nicasio me miró con los ojos de la Medusa, me sentía de piedra y al mismo tiempo de arena movediza; no sé si por magia de espíritus o una ojeriza, desde ese día se me comenzó a componer el pie chapino. Mi cuerpo con mi mente ya querían moverse hacia la izquierda de la cultura que trajeron los conquistadores de la América Española con la espada y una biblia de piedra, afianzada con balazos de arcabuces y cruces que dan señal de asesinatos en los caminos.

Bestias de la iglesia Santa María de Villanueva en Asturias

Genovevita Álvarez, la dama santa de Marsella, convenció a mis padres para que me enviaran a estudiar como pichón de cura en el edificio Eduardo Santos, allí donde antes estuvo el batallón San Mateo. Los monstruos y las bestias regresaron a mis temores con sensaciones de amparo y desagrado enredado con las palabras de una madrugada de meditación en aquel Seminario Menor de Pereira; frente al sagrario pensaba y me distraían los ruidos en los corredores, sentía una media noche con pasos de soldados y sombras de humanos muertos atados en sus columnas.

Las palabras del sacerdote Mario me hicieron meditar, me llevó en descenso hacia el abismo más profundo de la tierra. Un mes antes él me había enviado a acompañar como seminarista los rituales de la Semana Santa en la Parroquia de San Judas. El viernes santo yo movía un incensario en la procesión del viacrucis en esas calles al lado del río Otún. Tercera estación, Jesús cae por primera vez; en el momento, un parroquiano carguero movilizó una palanca bajo el atril que portaba la imagen del nazareno y aquella estatua de madera se dobló como una billetera, aquel maniquí era un cristo desgualangado que me implicó una penitencia y un tropiezo en el camino, mi mente no entendió aquel momento y solté las risotadas más blasfemas que jamás había escuchado el padre Cardona, eso era muy chistoso. Días después llegaron los monstruos del bestiario del centro de la tierra a atormentarme durante treinta y tres noches. Los mismos días cuando me impusieron meditar en los treinta y tres pasos del crucificado.

Pasaron años, creí soltar el miedo a las bestias de los mitos y sentí de nuevo el centro de la tierra tras de mí. La fe de piedra soltó sus bestias, las envío a perseguirme desde el sermón del padre Buitrago, misionero redentorista y curandero que recorrió veredas y municipios, yo andaba de maestro en la Farallona y vivía en el caserío de Rioarriba, abandoné el canto del río cuando llegaron las meditaciones de aquel sermón a joderme tanto y tanto, que me negué a madrugar para el rosario de la aurora y la reflexión de las cinco de la mañana en el camino hacia el promontorio donde sembraríamos una cruz de madera de eucalipto.

Llegaron los maestros Hugo Flores y Armando Hoyos, aquel par de arrepentidos ya orinaban agua bendita: -Guillo levántese, acompáñenos a la oración sagrada que allá estará toda la gente de la vereda. Porque el tiempo del arrepentimiento y el perdón había llegado, pero desde siempre yo estaba jarto de confesar las mismas cosas que había contado a los curas más de setecientas mil veces, con las mismas penitencias desde cuando Monseñor Estrada en Marsella  me impuso de penitencia de rezar los mil jesuses y diez rosarios porque confesé que le había pegado una palmada a mi papá para defenderme cuando me iba a dar una pela, aquello fue en la misa de las ocho en el confesionario, me puse rojo frente a las alumnas del colegio betlemita, me habló con tal vozarrón: ¡Cómo!.. ¿Qué le has pegado a tu padre? ¿Qué le has pegado a tu padre? Y las miradas me perseguían como al actor de telenovela pillado en infidelidades. La tierra no me tragaba. 

Hugo y Armando me repetían: -arrepiéntete, el tiempo del señor ha llegado. Preferí buscar mi propio descanso y mi mundo interior bajo las cobijas, rebelarme desde esa mañana a toda esa esa trama de rituales y oraciones; preferí dormir y encontrarme en los sueños; luego, irme más relajado a observar el amanecer para entenderme con Dios entre las plantas, el aire, las montañas y el sonido del agua en la quebrada La sonadora. Y esta vez el calor de una cobija tres tigres me traicionó y atrajo a los bestiarios de la confabulación que movían los sermones de Buitrago: un estruendo atropelló mi puerta y en el piso sonaron los pasos de hierro de una bestia con candela en los ojos y humo de azufre en el hocico. Me amoldé más con las cobijas, pero entraba su ventarrón oloroso de sulfuro y fetidez del estiércol de los demonios que describió Papini en alguno de sus libros.

La bestia infernal arrimó a mi cara a su boca, me rozó con la baba olorosa a huevo podrido de su trompa y expulsó ese aliento fétido con un ventarrón que me transportó a rodar por los abismos del sueño hacia la carretera del Chocó y en el sitio llamado El Tapón, esa fiera se me metió más en el sueño y en mis sueños me ha perseguido, aunque destierre mis creencias y los mitos. En varias pesadillas me ha hostigado entre callejones de ciudades que se derrumban, me atormenta entre las habitaciones donde viví en los años del terremoto o en las habitaciones donde me seducían las brujas con el cuerpo de las mujeres más ardientes y hermosas.

En cierta noche perdí el juicio, me atormentaban mil culpas que horrorizaban el niño que llevo adentro, busqué a una psicóloga que me hizo un ejercicio de regresión, escribí el listado de todas las experiencias que me tallan como suelen decir en ese lenguaje. Solo recordé los tallones de las botas ortopédicas blancas que me fabricó don Pedro Morales en Marsella para que hiciera juicioso la primera comunión con la hostia insípida que me enseñó a degustar Genovevita Álvarez mientras repetía una oración que no pude recordar jamás porque me detenía en el movimiento de su lunar de la mejilla y el coqueteo provocativo de su boca.

Estructuras y laberintos – Milton Barragán -Museo antropológico y de arte contemporáneo de Guayaquil.

Para salir del paso ante la sicóloga recordé y listé las rabietas con mi papá, con mi mamá, con el mundo y con la vida. Cuando quemé en una vela semejante a la que encendí aquel día de la primera comunión y al cirio pascual que velamos en el seminario, entre la ceniza quise calcinar los demonios y las bestias que hasta aquel día me acosaron. Me quedaron sensaciones nuevas. En estos años me transporto en las ciudades en los buses articulados del transporte público, el Megabús en Pereira o el Mio en Cali, y ahí me siento trasladado entre las tripas de unas ciudades que se deterioran y me reconstruyo, mi presencia es solo un microbio entre un gusano que se precipita a llevar y traer aquellos asuntos que la gente en la ciudad fabrica, consume o tramita. 

Ah vida parva, como dice Albeiro Hernández en su primer libro. Se me vinieron encima los días de la Pandemia y aquellos bestiarios y demonios se transformaron en diminutos coronavirus, son fantasmas que nos acosan a todos. Transitamos con el tapabocas como una máscara para que no nos reconozca el bestiario del virus, sin habla que los envolate y sin declaraciones que nos lleven a lavar las nuevas sensaciones del pecado y de la culpa.

Que vaina hermano, mejor salgamos al rio a observar de nuevo las aves y mariposas para quitarme de encima tanta pendejada. Caminemos la calle y aprendamos a mirar la gente bella, aunque sean feos, somnolientos, desempleados y niños que ven el mundo desde los ojos de los viejos.

Escultura del Gato – Hernando Tejada en Cali

Publicado por guillegalo

Me hago preguntas, las cosas que están abajo y las que están arriba giran, mis días y los tuyos giran, perseguimos una joya del tiempo que no existe y las fuentes de la edad nos vuelven niños. Escribo desde un orden de mi tiempo disgregado tras las sombras de la noche tras la luna.

10 comentarios sobre “Mi bestiario

  1. Estupendo relato, y palabras, para mí desconocidas, pero preciosas.
    Al parecer los demonios y bestiarios que te visitaban se han convertido en coronavirus, no sé cómo lo llevarás. Aquí, en España, el covid19 se ha comido todas las enfermedades, solo existe coronavirus. Solo para él está la Sanidad Pública. Lo demás tendrá que esperar.

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    1. Por acá el pandemonio camina sin cachos ni cola, tiene pica pica y salta, se llevó varios amigos de los buenos, porque a los malos también se los llevan otras bestias que se mueven con balas, ya no me obra el agua bendita ni las letanías con las que las abuelas le enredaban el caminado a los duendes.

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  2. Maria Carlota Enciso
    Exelente relato,lo viví paso a paso,hasta que aparece el transporte en megabus ahí si no me subí,me devolví para seguir deleitando de tan hermoso relato convertido en belleza de la creación literaria.
    Felicitaciones .

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  3. Apreciado Guillermo Gamba López, gracias por el estupendo relato que escribes. Es una delicia espiritual personal leer tu crónica y degustar el paso de los años, desde tu casi infancia, o mejor, tu juventud hasta estos días de crisis, donde lo mejor es rememorar y escribir para dejar gratos recuerdos en tus lectores. Un cordial saludo y abrazo, querido amigo.

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  4. Jaime. fue sorprendente tu mensaje, tu me animaste desde mi primer libro “Tacaloa” y siempre he seguido esa gestión cultural por la literatura de nuestra ciudad y región, por ser esa tu labor es muy estimulante tu comentario. Buen tiempo y buenas luces.

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  5. Hola Guillermo, tu relato me encantó. Las imágenes me hicieron soñar, mientras recorría sus líneas, entre ingratos y dulces recuerdos. 😍 También me inspiró para escribir un cuento sobre la obra de Hernando Tejada y sus espectaculares esculturas (estoy en ello) Un abrazo 🐾

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