En los días de la Bigotona

Bigotona si era. La conocí en un baile, me convencí un sábado en la noche que no servía para eso, para mí era solo un pretexto para andar detrás de Mariela Palomino, una mulata que no se enamoró de mí porque era un bailarín sin ton ni son; me sacudió porque le toqué muy duro la espinilla con la punta de mi pie choneto y enojada me lanzó con un grito que hizo volar a los gatos de toda la manzana. –Así no es–

Sentí las carcajadas de La Bigotona y me sedujo a bailar tras sus caderas movedizas: –­mírame el culo y bolea el pie para que aprendás.

Cali empezaba a sonar como ciudad internacional, era ambiente de cine y nueva ola musical, buen teatro y alguna literatura; emergía Andrés Caicedo con su narrativa urbana y asomos de modernidad; sonaba la amabilidad con voces caleñas y habían llegado 2996 atletas procedentes de 32 países a los Juegos Panamericanos.  

La caleñidad bautizó a su ciudad como la Capital del Cielo; los sones antillanos que nos sedujeron provenían de El Caribe y Nueva York. Entre olas de ritmo de salsa ensayé los pasos de un bailado atrevido con mis pies torcidos en la caseta Panamericana; aquella noche de feria vi por segunda vez a la Bigotona, me vió y me llamó, tras ella mantuve la mira en sus movimientos infernales de cadera y su tumbao africano que me llevaron en flotación con sus pasos por días y días.

Después aparecería en mi barrio “Salomia” donde se hizo tan popular como Amparo Arrebato.

El mundo vivía entre tensiones de una Guerra fría entre países: tras la Cortina de Hierro de Rusia los gobiernos comunistas y junto a Estados Unidos los países aliados. Los Beatles, banda de rock inglesa, se había puesto en tiempo nuevo con canciones rock y pop con sonidos de música clásica; y desde los años sesenta, golpeaban noticias de la guerra en Vietnam. Con todo eso, nos gustaban esas modas sociales y culturales nuevas y el aumento de la conciencia que nos movía hacia cambios sociales. Por esa ruta perdí a la Bigotona.

Se sentía el frenetismo de una nueva sociedad de consumo con estilo gringo que trajo la moda psicodélica, que vistió de colorines a los bailarines de la salsa caleña. Sexo, acelere de vida burguesa repleta de anfetaminas en espacios como la Avenida Sexta, aquel apremio que atrajo a la conquista de la calle con estilo moderno y bohemia urbana, amante de la noche y la música, esa vida renovadora y rebelde que lanzó al otro lado a María de Carmen Huerta y llevó al suicidio al escritor juvenil Andrés Caicedo – autor de “Viva la Música”- como a Janis Joplin en Norteamérica.

Me entusiasmó la lectura de “Nada y así sea”, “Wake up call” lo llaman en inglés, y mi hermano Diego dijo: léase esta bofetada en la cara, aquí bailamos y por allá está la guerra. Metido en esa serie de reportajes de Oriana Fallaci, me revolqué entre el resentimiento que generaba la guerra de vietnam, la vida de los soldados y las frases bellas.

Mientras yo leía, mamá Laura se derretía en aburrimiento, había mucho trabajo en casa, éramos una familia numerosa, los hijos de la violencia y la explosión demográfica nos acomodábamos en Cali. Aleyda y María Teresa, Martha Lucia trabajaban, Socorro estudiaba y ella sola ahí, aún en su tiempo y su máquina de pedal. Mis padres decidieron contratar a una ayudante de oficios para la casa.

En un día festivo consagrado al Corazón de Jesús, mientras pensé que esa vaina si era rara; solo corazón, ni hígado ni riñones ni ninguna otra parte le celebramos; ese día, pasó una dama por la calle, caminaba y movía sus caderas felices, llamaba a las puertas con tono de canto y pedía trabajo. Tocó en la nuestra: —señora, estoy solicitando un trabajito, ¿de pronto necesitan una persona?—

Era la Bigotona, precisamente ella. Mamá la observó desconfiada, temía y dudaba ante esa boca rodeada de pelos, pero se animó porque ella aceptó iniciar labor inmediatamente.

La Bigotona comenzó diligente y ejecutiva, aunque alguna desconfianza de Mamá. —No sé, esa mujer no me gusta, pero necesito esa ayuda—. La bigotona estaba perfumada, despedía aromas de puta pobre. Tomó al mando los quehaceres de la casa, pidió escoba, trapero y se ubicó a trabajar en el fondo de la casa, observó todo, mamá le dio indicaciones: —tenga cuidado con este joyero que es un regalo del novio de mi hija, guárdeme ese radiecito en ese cajón donde guarda sus cosas Maité—.

Inició una limpieza a fondo y ordenó: —Esto tiene toda la mugre del mundo; por favor, muchachas, sálganse un momento, estas paredes están llenas de polvo y telarañas y las voy a sacudir, esta clase de polvo contiene parásitos y bichos que pueden afectarlas—. Aleyda había sufrido asfixia por los ácaros y le pareció muy razonable la solicitud. —Salgan y estén un momento afuera—. Las hermanas obedienticas. Se asomó un momento y cerró la puerta con un anunció: —me voy a encerrar un poco para que tanto polvo no se difumine y caiga sobre la mezcla para los barquillos y las obleas, perdónenme un ratico—. Cuando el piso estaba seco llamó, —ahora sí pueden entrar, acomódense en la mesa que ya está listo el almuerzo— había preparado una sopa simplona y áspera, ¡maluquísima!, lo peor que se cocinó en Cali en esos días.

La bigotona salió un momento, —Espérenme voy aquí afuerita y boto estos dos bultos de basura. Se nos perdió de un momento a otro y se nos llevó con ellos las cosas de valor que poseíamos: relojes, joyas, bisutería, cosméticos, un radio de pilas que era la novedad de la tecnología en ese año, todo el billete que habíamos guardado de la venta de obleas, más lo que teníamos separado para el transporte. Desapareció la olla pitadora, máquina de escribir, plancha y muñecas que María Teresa guardaba como recuerdos de infancia, una virgencita, lo más selecto de la discoteca y la mejor ropa.

—Pero que raro, ahí dejó una bolsa con su ropa—, la destapamos y era un envoltorio de papeles de periódico y piedras.  Cuando avisamos al inspector de policía del barrio nos contó: —“La Bigotona”, claro, ya sabemos, ese es un maricón muy bailarín que se viste de mujer con una elegancia atractiva para los sitios de la rumba y otra humilde para pedir trabajo, lo colocan y siempre es lo mismo. Aquí van siete denuncios, esta semana lleva tres casas.  Después de la suya, la misma operación en tres casas del pasaje junto al templo del Niño Jesús de Praga.

Publicado por guillegalo

Me hago preguntas, las cosas que están abajo y las que están arriba giran, mis días y los tuyos giran, perseguimos una joya del tiempo que no existe y las fuentes de la edad nos vuelven niños. Escribo desde un orden de mi tiempo disgregado tras las sombras de la noche tras la luna.

Un comentario en “En los días de la Bigotona

  1. Mágico. Cuando digo mágico es que alguien con su imaginación es capaza de poner magia a la realidad.
    Vaya con la Bigotuda, qué arte para meterle un bocado a la vida.
    Y Oriana Fallaci, cómo me engancharon y me conmovieron sus primeros libros: “Nada y así sea”, “Entrevista con la historia” y sobre todo “Un hombre”. Genial. Mi juventud está unida a ese momento y esas historias.
    Salud, amigo y que tus palabras no se acaben.

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