La Casa imaginada

El Santoral

Mamá quería recuperar la heredad de su abuelo, aquella que en tiempos duros se diluyó entre los ríos de aguardiente donde nadaba Evangelista en esos días de violencia. Lo escribía, lo rezaba, “casa para mis hijos” escribía esas palabras y las quemábamos en la llama de una vela, porque ese santo ayudaba a ganar dinero, a conseguir harto billete y casa.

Teníamos santoral, la vida donde la abuela era una jartera, cada día corría tras creencias, imaginarios y aspiraciones de santidad. Mamá Laura fue piadosa del rosario y las mil vírgenes, se apegó a San Judas Tadeo a partir de una frase ilusoria que le inculcó el tío Octavio: —Te pido una casa para mis hijos— rezaba y lo repetía.

Para hacernos ricos, rezamos novenas, hicimos casas de cartón y las quemamos con ramo bendito; fueron tantas camanduleadas, que el sueño nos hizo ver la casa de sus anhelos entre los fragmentos del espejo roto y donde brillaba esa fortuna que arrebataron los violentos. Una visualización sagrada con deseos fervientes.

Entonces San Judas Tadeo batió su ramo y trajo a Papá Evangelista con anuncios en la tarde de un domingo de junio, apareció medio borracho y dijo: —he negociado la casa más grande de una esquina en La Plazuela, alguien me debía dinero y tenía que irse de Marsella—

La casa del milagro

Las lenguas bravas decían que ese hecho era a la vez un milagro y una pista de la fortuna, en el entretecho de bahareque, sus antiguos dueños fabricaron dinero falso; eso decían, subí a mirar ese mito y solo había un vacío de papeles rotos y en mi mente el remolino con el signo $ millones de veces repetidos, esa vaina me ha dado pesadillas en todos los años de mi vida, me hizo el milagro de vivir tranquilo con bolsillos vacíos.

Una noche estuve alucinado entre un sueño y en la espera de un avión en el antiguo aeropuerto El Edén, no sé si Palestina o Manizales, esperaba un cargamento de papel para fabricar billetes en la casa de La Plazuela, llegó un paquetazo que removió mis ambiciones, abrí la valijas y solo había documentos, acreencias que jamás se pagaron en Chinchiná y Marsella en el siglo XX.

Nuestro lugar tan anhelado era un caserón de dos plantas, tan desajustada que al pisar rechinaban y se quejaban sus tablas y con el trajín familiar se sacudía, se afinó con los temblores que son tan frecuentes en Marsella y con las caídas de papá en sus borracheras. Aquel rancho aún permanece en la esquina de La calle Real y la Rioja, la construyó en 1946 el tío Efraín para Narcés Nieto. Era tan tan simbólica, que lucía en las alucinaciones de todos los ambiciosos, la deseaba un señor Duque, a quien le decían “millón y medio” porque él declaró que su fortuna valía eso en el tiempo, cuando el cantante Olimpo Cárdenas era famoso y cantaba por cincuenta pesos veintiséis canciones en el club San Fernando de Cali.

Narcés le propuso a papá Evangelista: —Juan, quédese con mi casa a cambio de la deuda y me encima algo—, así se hizo. Casa en L con dos pisos, dos locales abajo, una construcción al lado y siete garajes.

En el parqueadero del patio se pudría un automóvil Ford Mercury 1941, olvidado ahí mismo, ese rincón deslumbrante donde nacieron mis pasiones. Una niña vecina nos invitaba a jugar desnudos, su magia surgía cuando se quitaba poco a poco cada una de sus prendas hasta quedar viringa en el asiento de atrás de ese cacharro que entre su mugre tenía su erotismo.

El cacharro era propiedad de la amante de Pategús, el arquero legendario de la selección Marsella, un futbolista que cayó en desgracia la tarde del juego contra el equipo de Belalcázar; jugó tan enguayabado que veía dos balones y cogía el que no era. Le metieron catorce goles y unos  aficionados lo sacaron a tiros de la cancha. Jaime López Villa, el famoso Pate palomo o Pate mirlo, era el más indignado, quien para protegerlo de una linchada, lo supo llevar a donde su moza, vivo y sin despeinarse, y ella le prohibió seguir manejando aquel cacharro. Desde esos días cuando veía uno de esos carros se alborotaba mi concupiscencia y cuando me enviaron al seminario, los recuerdos en ese carro me dañaron la vocación que frustró los sueños de Genovevita, ella era la mujer más santa de Marsella y pagaba mis estudios para que fuera el primer Papa del Siglo XIX. La recuerdo con el erotismo de aquel cacharro.

La segunda planta de la casa del milagro era una estructura habitable, cocina, comedor con mirador y seis piezas, aún es una buena de la época y lugar de la cultura cafetera, con aquel patio amplio donde teníamos un gallinero, allí Evangelista delirante en medio de una borrachera con aguardiente tapetusa, le gritaba a las aves encaramadas en su parapeto: «aquí no canta la gallina sino el gallo». En esas canto un gallo grande y saraviado. Entonces le gritó. «Usted no es, El único gallo de esta casa soy yo». Despescuezó al ave.

Judas Tadeo le hizo a mamá el milagro de tener esa casa para sus hijos. No sé si Mamá Laura quería recuperar un eslabón perdido que giraba entre los túneles de su tiempo. Mamá había vendido unas casas suyas en la salida a Valencia para obtener dinero y ayudarle a Evangelista a montar un negocio de abarrotes y una compra de café, y ayudar a sus padres y hermanos, esos ahorros se diluyeron vueltos ripio entre licores, agitaciones y candela de los violentos que nos persiguieron en esos tiempos de la violencia.

La Casa en el aire

Años más tarde, conocí una manera distinta de soñar la casa, odiaba esa ambición de entender los sueños entre las paredes de una casa y dejar el futuro prisionero en ambiciones con casas y casas. Rafael Escalona me mostró otra forma de verla y hasta volar en la casa para darle la vuelta al mundo, y entendi de nuevo mis equivocaciones cuando las mujeres enamoradas, y más cuando son madres, sienten seguridad en su propia casa. Somos seres territoriales y la casa es nuestro lugar, aunque pregonemos que nuestro lugar es el universo.

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