El vecino


La ciudad se refleja en cada uno de nosotros a través de una rica gama de correlaciones.

PajaroPolo salía tempranero con ojo alerta y corazón tibio, movía su mirada al paso de los colibrís que buscan las bromelias en solares y flores de sietecueros a la orilla de la ciudad, la rivera vecina a Dosquebradas. Conocía sonidos de mirlos o gavilanes, saludaba a la pava caucana que se detenía en el árbol laurel de la casa de Matilde y percibía el sonido de flauta traversa que entona el cucarachero flautista, o la emisión sonora de la tórtola frentiblanca  y otros pájaros en la orilla del Otún, él se detenía en sus comederos a las seis de la mañana, esos lugares donde crecen el llantén, la verdolaga, el diente de león, la lengua de vaca y las que comen a las seis de la mañana.

Polo podía leer la corriente, aunque estuviese turbia, en el tono azufrado del agua intuía el estado del volcán, señalaba el cielo, con el dedo al cielo media la velocidad de las nubes, viento o calor de sol y auscultaba el clima. Con esa información tenía una palabra nueva para llevarle vida a la primera señora del barrio que encontrara, o al primer señor, y ahí él era ya reconocido; después, no tenía desaliento al treparse la loma de la trece, la calle más parada de Pereira, iba a un paso afanoso a comprar arepas donde Isolina, o subía la falda de la quince para comprar leche y pandebonos, por ahí los otros  sudaban la gota gorda, él no. Polo, aunque no era el personaje de los mandados, hacía muchos favores a las mamás o las señoras de sus amigos, porque era íntimo de la casa, sabía todo lo de todos, el primero en un saludo de cumpleaños, lo más necesario y urgente en el caso de un enfermo, adivinaba el día de las quinceañeras y todo acontecimiento con celebraciones entre familias y amigos.

Polo era un vago buen vecino del barrio América que no terminó el bachillerato porque alucinaba y a ratos se vestía de mujer; lo recordé ese día, el mago de una tractomula la volteó para bajar por la loma de la calle trece desde la esquina de la carrera cuarta hacia la avenida del rio, maroma que le supo a cacho, ahí no estaba Polo, ni en la esquina supieron para atajarlo, se precipitó en bajada, se le torcía y le jalaba, frenó echando humo con olor de caucho quemado y alguien le puso una tranca, llamaron una grúa porque de ahí ni para delante ni para atrás. Polo estaba chupando gladiolo en el cementerio de Circasia, porque dicen que era ateo y un fanático lo mando a matar, también porque le pareció marica; simplemente, él no se sentía mal andando con su primo cuando se vestía de mujer, ¿por qué?  si era su primo, y, además de eso, era buena gente y necesitaba andar con el mismo atuendo para acompañarlo y reconocer de eso modo la otra forma de la vida fragmentada en la ciudad, y desde otra cara tan desconocida como la cara que mira hacia los ríos.

Una tarde en la misma esquina de la trece, Polo me explicaba mientras miraba fluir carros en el viaducto: Pereira es una ciudad que se mueve a más de trece ritmos que no se corresponden con sus horas, el sol sale y las calles lo saben sentir, la lluvia cae y las calles saben que su humedad es cada vez distinta, la gente circula en la calle y cada persona sabe sentir a la otra, hasta sus apodos y sus nombres, los de la plaza de Bolívar tienen su propio vocabulario y en los barrios del río, en Cuba  o la Circunvalar;  octubre se siente diferente a diciembre, en marzo es distinto el bullicio de la octava, y en cada día y cada lugar de la ciudad, la persona en cada hora distinta, fluye y se deleita con ritmo propio y carga su propio sufrimiento, pero es un ritmo cambiante que destila como el caos de la indeterminación. Cada momento de la existencia en esta ciudad, está ligado a una inteligencia fragmentada y colectiva, y a la memoria sobre huellas de su historia. Si miras la cara de la gente y sus fachadas y pasas con esa lectura cinco veces, lo sabrás entender, como aquel arquitecto que leía exhibiciones de la mercancía puesta en la calle como una instalación. A veces los ladrillos son bellos y en otras reclaman a sus dueños que han olvidado embellecer sus fachadas. Cada parque podría ser distinto si lográramos ser nosotros mediante un acuerdo rítmico para que la ciudad vaya en nosotros de distinta manera.  Me siento feliz cuando siento que he vivido mi ciudad y eso lo siento cuando saludo a mis vecinos. No se si en estas calles viviré mi vejez o si ellas la vivirán por mí.

Tejada

Polo era un buen pato, aunque se perdiera en el momento de hacer vaca para costear las fiestas donde no faltaba, no era de esos que se beben todo el guaro, porque no tomaba, solo untaba la lengua en la copa de aguardiente y repetía el gesto que le conoció a su abuelo, pero si era una maquina despulpadora a la hora de comer; aún más, cuando era en la casa de otro y la comida estaba exquisita. Como aquel día cuando los de la junta de acción comunal invitaron a un alcalde al que llamaban “Vaca Brava” a un agasajo. Polo ya estaba ahí, cachaco y corbatudo, había invitado a todos casa a casa, y como, ese día usaba una peluca, la señora de la casa anfitriona lo confundió con el alcalde, lo sentó en el puesto principal de la mesa, le puso la mejor presa de la gallina en el mejor plato y cuando se tomó la primera copa de vino de consagrar que había traído el cura, alguien le advirtió: —Usted está equivocada doña Teresa, ese no es el alcalde. ¿No ve que ese es Polo, el pato del barrio? —. Polo lo notó y rápidamente resolvió el asunto a su favor, le metió su mordisco a la presa, saboteó el plato y todo quedo arreglado, lo cambiaron de puesto y comió como el mejor.

viaducto

Al velorio de polo acudieron sus vecinos, gente que siempre lo quería por chistoso: —tan gracioso y comedido— dijo una—. Culto y buen conversador, dijo otra, conocía las historias más antiguas de las familias de Pereira y tenía un cuaderno con los mapas de los senderos que recorría por el río, con nombres de pájaros y las plantas de sus comederos. La maestra del barrio Otún recordó cuando invitaba a los vecinos a sembrar esas plantas en sus solares para que los pobladores, cuando escucharan sus cantos y los vieran comer en sus solares y en la orilla, soñaran con la floresta y el paisaje de esos sitios desde donde llegaron desplazados.

El tesorero de la junta recordó aquellos días cuando llegó un gringo investigador de una universidad inglesa al barrio para buscar a Polo, necesitaba un guía que lo llevara por toda la cuenca del Otún donde haría una observación de aves. Después salieron con el cuento de que era un gringo cacorro y que el pájaro que más le gustó fue el pichoncito de Polo. Le hablaban de esto y se enfurecía, pero cuando se veía perdido, le agregaba detalles al asunto y se burlaba de sí mismo, era quien más se reía.

En los barrios en la orilla del rio hacen falta personajes como Polo, me decía una vecina en el velorio de mi prima Matilde, el vecindario parecía otra cosa sin Polo. Porque él dejó sus sueños colgados de las ramas de los guaduales del río Otún, esperaba morir de viejo y caminar sus últimos días por esa orilla sin casas que le dieran la espalda al río, con un parque lineal al lado de un malecón, con la música del agua y cantos de pájaros, con lagos de agua estancada y canoas para hacer carreras por los raudales del agua y con un sistema de alcantarillados que devolvieran el agua limpia al río. Esta mañana echamos las cenizas de sus cosas al río y se perdieron con su memoria en una carrera eterna hasta donde el mar las diluya.

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Entre Frida y Jovita


Mitad del Siglo
Entre el despertar y el letargo

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Jovita (1)

El despertar de la modernidad en México fue intimidad y conexiones con la revolución, era la cultura en la identidad con cine, pintura, canciones, literatura, y en todo ello, la autenticidad. Frida Kalo, con su traje típico tehuano de indias doncellas, desplegó talento al ser mujer honesta, auténtica, autónoma, amorosa y sufriente. Alternó su obra entre la esperanza y la desesperación, su propio cuerpo reflejaba su apertura y su ruptura hacia un tiempo distinto: se percibió como una personalidad femenina y feminista, grandiosa en el dolor, con su estampa y su vestido que eran una terapia, siempre será su propia marca, leal sin ser fiel ni esclava, sabía embellecerse en sus defectos, se engrandeció más con su muerte porque supo pintar inspirada en si misma. Su amor con Diego Rivera los unió como artistas y militantes comunistas.

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Velorio de Frida kalo – julio 13 de 1954

Cuando sepultaron a Frida, su cuerpo fue llevado desde Bellas Artes hasta el Panteón Civil, incinerado y sus cenizas colocadas en una urna en forma de sapo, dicen que, en homenaje a Diego Rivera. Los presentes la celebraron y entonaron La Internacional, el himno de los obreros del mundo.

Tiempos del letargo

En los mismos días recuerdo el entierro más concurrido que hubiésemos presenciado en Marsella, Caldas. La multitud a los lados de la calle, al centro un desfile pocas veces visto, sobre esa muchedumbre uniformada de negro y camisas blancas, avanzaban dos ataúdes en lenta flotación sobre mantos y cabezas sin sombrero, los féretros arreaban a la multitud al compás de un sonido de réquiem de campanas. Compartían un destino de creencias total mente opuestas a las de Frida, eran fe ciega y violencia ineluctable.

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Entierro en Ornans.  Obra maestra de Gustave Courbet, 1849 – 1850. Pertenece al realismo francés. posiblemente el funeral de su abuelo materno, asiste toda la comunidad, desde los representantes del ayuntamiento hasta las plañideras oficiales, hidalgos y familia del pintor.

En Marsella, Caldas de esos días, por encima de la masa, los sentires y emociones se movían poseídos de una sensación colectiva indescifrable y muda, miedos que estaban subsumidos en el vacío por las ánimas de otros muertos y sensaciones dolidas vivientes, respiraban y poco perdonaban, había sospechas sobre los hechos de ese muerto. Asesinaron a Chuchi Sierra y en el pueblo era como si hubiesen matado al diablo. Chuchi  el gran varón, hermoso y sereno, había obrado siempre como el gran bandido que defendía el estatus conservador. Se recuerda más su pinta que sus crímenes.

Era un tiempo complicado, nuestro país intentaba despertar a la modernidad, pero los poderes y las organizaciones con caciques, gamonales, políticos de oratoria populista y oradores sagrados, incluso las fuerzas armadas y ciertos espacios universitarios, cerraban paso a la integración de las subculturas: ni indios, ni negros, ni campesinos, se cantaba con boleros, tangos y despechos cantineros, surgía un rock tímido y canciones de protesta, mientras en los clubes se bailaba con las grandes orquestas, surgía el gaminismo de los niños marginados en las calles y el bandolerismo ideológico de izquierda que representaba a los desposeídos de la tierra y los desterrados por la violencia política.

Años sesenta
El despertar caleño en la locura de Jobita

Migramos con maleta y esperanzas, seguros de los tiempos que maduran en las calles de “Cali capital del cielo” como cantan sus canciones, buscábamos una cultura que ayudara a modificarnos, aprendimos a medir los pasos y a moldearnos en espacios de inseguridad, desigualdad y bajo crecimiento de la economía. Todo eso requería poseernos de otra cultura capaz de hacer cosas distintas.  

JOVITA FEIJÓO - fotografía de Fernell Franco
JOVITA FEIJÓO – fotografía de Fernell Franco

Volví a ver rostros humedecidos hacia otras caras al presenciar la muchedumbre que desfilaba el miércoles 15 de Julio de 1970, ya no era como antes, aquí una sensación distinta y animada movía a la caleñidad que, perturbada y con dolor, despedía  a su reina, su sepelio fue el mas sentido y concurrido de la capital del cielo.

Aquella mañana, alguien que fue desplazado por las derrotas y el miedo desde su finca en Marsella, me habló del acontecimiento cuando mataron a Chuchi en 1955 y decía, —en aquel día  sentí alivio porque se me desamarró el miedo, hoy me saludó una tristeza que quisiera bailarla con la gran gallada caleña en la calle desde la catedral y por las diez cuadras de la Carrera Primera hasta el cementerio central. 

Jovita Feijóo era una reina grandiosa, la reina de las reinas, escogida y coronada por una contracultura emergente de estudiantes rebeldes. Cuando la postularon los muchachos de la Facultad de mecánica  de la Universidad del Valle como  reina de la alegría, y luego la juventud la aclamó por ser la reina de los estudiantes, porque como gran personaje de la cultura popular caleña, sabía moverse y distinguirse, mujer de la calle, carismática, bien vestida, perturbada de utopías y entendida en sueños irrealizables.

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Funeral de Jovita

Fue su reina a pesar de ser más de treinta años mayor a ellos, una mujer cívica y consciente por la vida caleña, acompañó a sus muchachos caleños en la protesta y era capaz de cantarle la tabla al gobernador y al alcalde cuando era  necesario, vio perros abandonados, zonas verdes desprotegidas y calles con basuras acumuladas y los buscó hasta en los clubes o en una recepción frente al presidente de la nación. Parecía un personaje estrafalario porque saludaba a todos los caleños sin importarle su linaje y era la soberana de la Calle, la más animosa en el estadio y la figura central en las marchas estudiantiles.

Uno de los locutores la nombro durante un evento en el Parque Caicedo, como reina de la simpatía y el estudiantado de la Universidad del Valle la aclamó en el coliseo del Colegio Santa Librada como su reina, allí donde aprendíamos los inmigrantes a superarnos desde las aplanchadas y el miedo a gente como Chuchi Sierra, a soñar con tragarnos el mundo como quería Jovita cuando se vino desde El Alisal, vereda de Palmira, a finales de los años treinta.

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Jovita Feijóo – Biografía de las ilusiones

Quería ser artista. Lo narra Javier Tafur, escritor caleño que le escribió su “Biografía de las ilusiones”, Jovita se presentó a don Hernando Bueno, dueño de una emisora “La Higueronia” a concursar como cantante, tenía 15 años y cantó «La Capirana». Jamás fue cantante y se hizo la más popular.  

El día de su funeral la bailamos, la acompañamos, porque jamás en Cali podemos  soportar la carencia de espacios incluyentes donde quepa un vecino que no baile y lo invitamos, amamos la vida afrodescendiente que canta y baila todo, la vida y la muerte. Bailamos salsa revuelta entre  ricos o pobres.

Aquella mañana en Cali, don Jaime Cardona, fundador de Almacén La 14, hablaba con mi padre sobre la fábrica de obleas y mecato. —Don Juan. Pensemos cómo se puede mejorar, busquemos tres cosas nuevas que ayuden. Se detuvo frente a una góndola del supermercado a mirar que otras inteligencias estaban cambiando muchas cosas, nos habló de quienes estaban ahí y vendían más, se habló de cuando llegamos de Marsella donde los violentos como Chuchi Sierra nos acabaron, y nos levantamos para mirar el negocio del mecato vallecaucano con base en obleas y manjar blanco. Salimos de La 14 a la funeraria en la  avenida Vázquez Cobo para unirnos a la solemnidad ambulante que  cubría la ciudad por el entierro de Jovita Feijóo.

Gato de Hernando Tejada - Cali
Gato de Hernando Tejada – Cali

Amo esa caleñidad solidaria e inteligente detrás de la búsqueda de cosas simples para deleitar la vida, caleñidad capaz de hacer del baile una industria internacional con escuelas populares de salsa, allí mismo donde nacieron las cuchotecas y las luladas parranderas en la terraza ancha de la calle del barrio. 

La Caleñidad es amante de la naturaleza, con esculturas simbólicas como el gato de Tejadita y la estatua de Jovita, o Piper Pimienta en barrio Obrero.  

La caleñidad no desprecia, en estos días es solidaria con los inmigrantes venezolanos en la calle, porque antes, cuando ellos nacían sus estudiantes coronaron a Jovita Feijóo, aquella para quien el 15 de enero de 2007 Diego Pombo empezó a amasar una figura en la arcilla que daría vida a su escultura pintoresca en acrílico. Ahí está en la quince con quinta. Parque Santa Librada. Iniciar esta obra significó para Pombo volver a su infancia y forjar ese afecto fortísimo que ahora desde el Parque de los estudiantes nos enlaza a ella. Y él mismo dice: “Esta estructura es un homenaje al cuerpo de la mujer caleña. Tiene muy buenas nalgas… a mí me encantan las nalgas de las mujeres y yo disfruté mucho moldeándoselas. En cambio, es de pechos breves. Y le exalté rasgos particulares, como su nariz grande, y le puse la mirada un poco más intensa, como para que no se olviden de que sí estaba loca”. Era esa locura que nos arrebata a bailar y ver con simpatía a la Loca Marlene cuando tira besos a los adolescentes en la Plaza de Caycedo.

Brillo de oro y amargura


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Segunda edición

Ha perseguido mi existencia la «Colombia Amarga» que describe Germán Castro Caicedo en su libro de 1976, ese sentimiento me tomaba de la mano en mi niñez, me pegó cuando corrí entre las pedreas de liberales con conservadores en la Calle de La Pista en Marsella, aunque mi maestro hablaba de una Colombia verde y con riqueza, hermosa y soleada, con aires de verano y ventiscas de invierno, de la luna en el silencio de un verano que relumbra en las nieves del Tolima y o el páramo de Coconuco.

Otro tipo de ejemplar, un libro quemado, lo encontró mi sobrino cuando era comandante de Policías, en un lugar que los guerrilleros bombardearon con cilindros de gas. Un soldado policía fallecido lo tenía, aún ajado lo quería y lo hizo encuadernar.

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Bosque de niebla nevado del Tolima

Esa amargura contrastaba con un dulzor cuando don Jorge Jaramillo, me hablaba en el parque de los nevados, lo encontré aislado en un rancho de maderos antiguos, cuidaba las orillas del agua en un bosque de niebla, perseguía el aire solitario y alelado en la luz inmóvil del recuerdo de su madre, el agua de la lluvia nos meció en su casa hasta el amanecer, compartimos café, fríjoles, sal y tres libras de arroz y un par de quesos, hablamos de las verdades que están latentes en las cosas, ahí mismo entre mitos y caminos que pasan por La Colosa, no sé si ese nombre sea emulación de Cajamarca en el Perú, porque en ambos lados ha estado el mayor tesoro de América, acá es un lugar veredal donde la minera surafricana Anglo Gold Ashanti ubica un proyecto minero.

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El Machín

Luego me habló de El Machín, conocí con ese nombre una zona de Tolerancia en un pueblo de occidente, aquí es un cerro con tres anillos piroplásticos, el volcán dormido de Cajamarca, por ahí cruza el camino por donde baja Jaramillo a comprar la remesa cada dos meses; por ahí mismo, esa leyenda del oro alumbra, relámpagos señalan vetas ocultas, su gato nos escuchaba y alucinaba, nos hacía señales para seguir luces de cocuyos que entre la sombra alumbran a Jaramillo cuando nos cuenta que había huido de Chaparral, hombres armados lo quisieron asesinar porque sabía cosas que dejó con sus tres dedos ausentes y la fotografía de su hija asesinada. Seguimos la tiniebla de sus visiones, lo perseguían con venganzas de hombres que obligaban a las familias a sembrar la amapola por Rioblanco. Prefirió la soledad.

Front cover El oro de Cajamarca

Hablé con Jaramillo del Oro de Cajamarca en el Perú y los tiempos del oro en Colombia, una locura alucinante que despertó cuando los europeos trajeron su cultura occidental que fundamenta en el valor del oro el respaldo de todas las riquezas, los curas beben su vino sagrado en copas con el fulgor de ese delirio místico, dicen que es sangre de Cristo. 

Le recordé algo que encontré en el blog de Jordi Julián Corominas:

La aniquilación de los Incas es el tema de El Oro de Cajamarca. El narrador es el caballero Domingo Sora Luce, quien cuenta la experiencia treinta años después en la calma de un convento donde se ha retirado hastiado, reconcomido por pretéritas acciones que quiere, pero no puede extirpar de su cerebro, imbuido del mal de 1532, cuando los españoles capitaneados por Francisco Pizarro terminaron con el esplendor de un sistema igualitario donde la pobreza era imposible porque el gobernante procuraba que sus posesiones fueran democráticas, quizá demasiado humanas.

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Cajamarca Perú

Los incas no valoraban el oro, parte de una naturaleza común en la zona, y en cambio los recién llegados lo idolatraban como un maná caído del cielo. La confesión de este individuo a las órdenes del analfabeta comandante extremeño no le exime de sus pecados, aunque logra atenuar el dolor por lo perpetrado al aceptar el error cometido con Atahualpa, soberano generoso que tras ser apresado claudicó para salvar su vida aceptando todas las imposiciones de nuestros antepasados. Éstas consistían en llenar dos habitaciones con plata y oro hasta donde alcanzará su mano. El gobernante pidió permiso para movilizar a sus súbditos para que mandaran la mayor cantidad posible de metales preciosos, lo que hicieron con celeridad guiados por un hondo sentido del deber hacia su jefe quien, mientras tanto, atendía confiando en sus captores, obsesionados con la recompensa y la manera de traicionar el acuerdo”.   

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Jakob Wasswerman

 “Ese día Navona, bella por diseño y contenido, anunció la inminente edición de El oro de Cajamarca de Jakob Wassermann y pensé en una de sus obras, Golowin, donde narra relata el caos de la Guerra Civil rusa a partir de un viaje y una trascendental conversación entre cuatro paredes de un otrora lujoso hotel. Es una suerte tener sellos como el barcelonés. Recupera textos que tuvieron aceptación y que los años han sepultado en un injusto olvido. Wassermann fue considerado uno de los más brillantes narradores del panorama teutón de principios del Novecientos. Su desgracia fue ser judío, lo que implicaba no gozar con plenitud de su nacionalidad alemana, hecho que se agravó cuando Adolf Hitler subió al poder en 1933. Su condición de extraño en su propia tierra le llevó a interesarse por temas históricos donde la destrucción de una cultura predominante a manos de extranjeros exhibía la crueldad del devenir, ese río cambiante que erosiona, impredecible ruleta rusa con balas apuntando al poder para suplantarlo e instaurar órdenes desnaturalizados amantes de la codicia”.

Y seguí con Jaramillo, ya no quería dejarnos ir, nos retuvo con preguntas y más cuestiones, quería saber de ese mundo de la civilización perdida que había dejado desde hacía seis años. Sin noticias de la muerte, ni el tiempo de los relojes, ahora quería voces humanas, compañía, saberse conocido e importante en sus valores de ermitaño que intercepta las ondulaciones del clima y las vibraciones del viento en las alas del cóndor donde viajan los códigos sagrados de la vida, yo temía contaminarlo más con las noticias de la minería ilegal y la degradación de los ríos.

Mallama

Esa misma amargura me la dejó pensada Narcisa Yela Yela, con su sabiduría elemental para estar al tanto del conflicto indescifrable, organizaba a las mujeres en Mallama -Nariño, donde fomentaba cultivos de pan coger, sufría por los campos llenos de coca y amapola y la minería aurífera no daba lugar a su huerta. Habló en voz baja y lenta hacia el patio de atrás en el caserío de Piedrancha, pidió ayuda para buscarle acogida en algún hogar seguro a su sobrina, la que habían llevado a la fuerza los muchachos del ELN, estaba deprimida, regresó cuando se quiso arrancar una pierna con una bala, sabia manejar las presiones para extraer el látex blanco y lechoso de las flores de amapola y esa droga narcótica la hacía notar con cansancio y somnolencia, aún así miraba atenta, las manos temblorosas por tanta tensión; así salió la niña, abrió la puerta de atrás de una cortina con mirada de esperanzas. Sentía la muerte tan cerca que la seguía en puntillas, Narcisa esparcía sal a su alrededor para que no la reconociera la pelona y ella no quería una ausencia entre peleas y balaceras.

Salí de Mallama, sentía una mirada que rondaba a la motocicleta que me sacó de allí y la sentí respirar tras el teléfono en Tuluá cuando le comuniqué a Narcisa una buena respuesta. La niña partió con su maleta cargada de neblina y una sola prenda, todo cuanto poseía se lo quemaron los muchachos, que no se ausentara era la orden, ella quemó el uniforme de guerrera, lavo una blusa y un pantalón con la lluvia que no cupo en su maleta. Me decía, estos señores por cada asesinato, cada muerte, cada tortura, hacían una parranda. Decían, vamos a borrar a alguien y esa persona desaparecía. Yo varias veces oí eso. Una tarde nombraron a Griselda y así lo hicieron, la mataron. Nombraron así a muchas personas, las mandaban a traer y las mataban. Me ha tocado vivir sucesos, cosas que no recuerdo, me las borró el miedo. Corrió mucha sangre en Puerto Colón y San Miguel – Putumayo. No podía mencionar la causa.

Regreso al relato de mi sobrino, el comandante de policía, cuando me mostró el interior de las páginas del libro de la “Colombia Amarga” cuyo lector guardaba y releía entre sus campañas, sacar de los ríos a mineros ilegales o bombardear laboratorios de coca. Releímos su libro, pero no era necesaria su letra, su sola imagen refleja esa Colombia Amarga.