No se cómo se llame este bloguero que escribe cuentos que ponen a pensar, no sé porque pienso en Venezuela: La gente siguió masticando, no se sabe si por tomárselo a risa o por ese desazón posmoderno a lo inevitable.

Acabaron hasta con la ultima migaja para que ninguna prueba pudiera recriminarle la inocentada al pobre indio. Luego se marcharon, a descansar para siempre, a la tranquilidad de sus hogares. Todos menos el mendigo que habían invitado para aliviar conciencias ante el inminente final, él moriría como un perro abandonado, en la calle.

LaRataGris

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El indio Juan había traído tarta de queso, tanta que no se la iban a terminar. La gente se volvía loca comiéndola. Su textura de color, el delicado sabor, se deshacía entre los labios para explotar en mil matices dentro de cada boca.

A nadie le importaba que llevase veneno. Cuando les dijo a todos- He de anunciaros algo- ellos siguieron saboreando, incluso al escuchar -La tarta contiene un potente veneno que os matara en menos de una hora- nadie le hizo caso.

Les describió los profundos dolores que les harían retorcerse por el suelo, las contorsiones que deformarían sus esqueletos hasta quebrarlos, el terrible desespero de saberse inútiles ante aquella amenaza.

La gente siguió masticando, no se sabe si por tomárselo a risa o por esa desazón posmoderno a lo inevitable.

Acabaron hasta con la ultima migaja para que ninguna prueba pudiera recriminarle la inocentada al pobre indio. Luego…

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