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Apía – Dibujo de Mario Múnera

Ramón Olarte dejó su historia grabada en San Antonio de Apía y la borraron los sermones de los curas regañones que deforman los surcos de mil rumores, su fama de enamorador de mujeres casadas, señoras bellas, las descuidadas y malolientes, con olor atractivo de humo de abuela en el pelo y llorosas por sus esposos maltratadores. Ellas le  abrían su corazón y encontraban en él un manto de confianza que alentaba con tono respetuoso de consideración sensible; morrocotudo peleador, respeto entre varones por su estatura y ancho de hombros, mirada sin disimulos, cordial y comedida con las madres y los hombres, cariñoso con los niños, atento y preocupado por los ancianos; todos le debían favores, se hacía cargo del entierro de los difuntos desprotegidos en aquellos años tan violentos.

Salió de San Antonio de Apía seis años antes que Santiago, un hermano mío que nació mariquita y se vio obligado a matar para demostrarle al abuelo y a la vereda que también podía ser un macho. Los desterró la violencia. Ramón se marchó con la mano izquierda multada porque mató de un puñetazo al hermano de Gallo Extraño; Macho Raro le decían a ese conductor de campero de trochas, matón con catorce expedientes en el juzgado de Santuario, once en Apía, más veinticinco en Pereira y Cartago. Lo esperaban otros para matarlo por sus muertos en La Celia y Villanueva. Cuando Ramón Olarte se lo encontró, lo escuchó y miró despacio, medía el largo del mentón y el ancho del cuello, calculó la distancia para soltarle su trompada y lo despachó su puño. Macho Raro lo desafió antes, no le gustó su mirada franca porque le pareció peligrosa y con una sola manotada quedó como macho muerto por una coz de bestia feroz.

—Lo vimos, fue defensa propia declararon tres testigos—.

—Agredes a alguien más con esa mano y pagás un tiempo de cárcel mucho más largo. Por ahora tenés dos mil pesos de multa y quedas detenido—, sentenció el juez y pidió un cura para que le ablandara con agua bendita su puño maldito. Y fue por una leyenda que me contó mamá Sofía. Ramón Olarte poseía la piedra de ara, el padrecito Buitrago, misionero redentorista que llegó a Pueblo Rico a predicar un sermón de viernes santo, después de la hora santa del jueves y en el tiempo cuando cantó el gallo, le regaló un pedacito de mármol de la piedra que usaba para colocar la hostia y el cáliz en la misa. Ramón abrió una crucecita en la palma de su mano derecha, entre piel y carne hundió la esquirla y le suturó la herida una de las monjas de la comunidad de la Madre Laura, lo cosió con hebras de cabello que ella misma se arrancó mientras rezaba por las mujeres maltratadas que él defendía. Desde ese día Ramón tocaba suave las quijadas de sus contendientes con su puño y recibían una patada de mula grande, muchos eludían saludarlo de mano porque, aunque la apretara cordial, desataba esa fuerza incontrolable que puso a varios amigos a curarse el dolor con paños de agua tibia y yerba santa.

Estuvo guardado en la Cárcel de San Antonio de Apía durante dos meses, lo trasladaron a la cárcel La Cuarenta en Pereira, unas mujeres lo visitaron y le regalaron un hábito franciscano y el director del penal lo ayudó a salir porque había defendido a su hermana de su marido maltratador. La tarde de un domingo salió muy tranquilo y encubierto en tres mujeres al final de las visitas, le ayudó una guardiana que sufría por su prima maltratada. Una semana después, Ramón se encontró en La Virginia y se fugó con doña Germania, esposa de otro bravucón maltratador; la guardiana le aconsejó que se dejara ir detrás de los ojos de ese hombre grande y tierno con mano de hierro.  Ramón Olarte se vio obligado a enfrentarlo, en su huida, aquel lo alcanzó en una parada en el puente de La Virginia a Caimalito, doña Germania estaba lívida y con un toque suave de Ramón, el maltratador ya temblaba como un gallo mojado de los que solo son duros entre gallinas viejas.

Doña Germania fue quien más acogió a mi hermano Santiago y él confió todo a esta pareja, les habló de las razones que le obligaron a emigrar de la tierra familiar. Ramón, aunque advirtió las expresiones finas y amaneradas de mi hermano, lo respetó y acogió bien, le expresó frases estimulantes, signadas de confianza y valor: —vea mijo, Usted es como una muchachita y así siéntase bien. Usted aquí no está sola—, le resaltó el valor que es necesario en las dificultades, más aún en vidas como las suyas, plagadas de trampas y dificultades; le insistió: —pero lo que usted debe tener presente: es que, ¡pa’ lo fundamental!, será siempre una persona sola y única. Los asuntos los resuelve uno mismo. Los demás ayudan a pensar y hasta dan la mano, pero uno es quien decide y hace lo que hace—. —Aprendé a vivir despacio, a pensar lento y con respiración bien controlada y a dominarte. Lo demás, eso sale bien así—. Mi mano me ha defendido y al mandarla lo hago para obrar bien en defensa de aquellas a quienes tratan mal, pienso en esa mano invisible que conduce a mi puño y ahí, yo soy.

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