Irma la dulce se acomodó en mis sueños desde aquel diciembre de 1963 cuando la descubrí en los telones de un teatro por el centro en Santiago de Cali. Me sacó de las películas mexicanas que presentaba el teatro Marsella. Yo andaba tan aburrido como los demonios que acosaban a Genovevita Álvarez, la santa de mi pueblo, pero Irma se acomodó como un ángel con la música de la película y esa vida a la que no pertenecíamos y anhelábamos estar ahí. Gracias maestro Manuel Cerdá por traernos ese mito de un pasado fantasioso.

EL BLOG DE MANUEL CERDÀ

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El 5 de junio de 1963 se estrenaba en Nueva York una de esas películas inolvidables –bueno, como todas la Billy Wilder– que me parece imposible que exista alguien que diga que no le gusta. Me refiero a la maravillosa Irma la dulce (Irma la Douce), una delicia como pocas, llena de encanto. No es una película musical –aunque André Previn ganó el Oscar a la Mejor banda sonora (adaptada)–, pero está basada en un musical francés –del que toma el título Wilder– estrenado en el Teatro Gramont de París el 12 de noviembre de 1956, encarnando a Irma la famosa actriz y cantante francesa Colette Renard. Con música de Marguerite Monnot y letras y libro de Alexandre Breffort, Irma la Douce fue un gran éxito y, posteriormente, se produjo en el West End en 1958 y, dos años después, en Broadway, por David Merrick. Elizabeth Seal –ganadora…

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