EL LAGO

Fotografía tomada del Periódico Diario del Otún

Llego desde Cali en el último bus de marzo, había estudiado en el Colegio Villegas y se graduó de vago fino, decidió cambiar de rumbo y se fue en tren a Pereira, su primera salida en la “Perla del Otún” la hizo a la caseta de El Lago, un domingo más allá de las tres y media de la tarde, una banda tocaba bambucos,  algo de Jazz y después de la retreta apareció Macarito, no sabíamos como se nos había pegado, venía con su traba de ojos rojos, sacó media de guaro casi vacía del bolsillo falso de su chaqueta, ahí donde guardaba las cosas robadas, ofreció su chupada del último medio trago a Orlando Ángelo: —aquí está mi cuota de licor, tómalo despacio que son miados de angelito— y soltó una carcajada, sabía que se le tragarían ese anzuelo; desde ahí, puso su gotero a funcionar como siempre lo hace todo pato respetable, no compró un trago más, si acaso había comprado alguno en su vida, pero chupaba con elegancia de las botellas del todos, su finura de bebedor no desentonaba nunca; y así poco a poco, en cada trago calculaba lo necesario para mojar la lengua y darse agilidad mental para soltar su chiste, los chismes de la política, las novedades del bajo mundo y las infidelidades del vecindario. De pronto se hacía el dormido y descargaba lento y suave la cabeza en el borde, golpeaba las tablas por debajo de la mesa para que llegaran los meseros, lo hacía con discreción y con malicia con una piedra que cargaba y también era su arma, alguien caía y pedía más licor, cuando lo sentía llegar estiraba los brazos para desperezarse y disimulaba con un silbido.  Se daba la gracia de servir las copas y dosificar gota a gota cada trago y para cada uno un verso.

Le gustó la marihuana que vendían por Corocito y abastecía a los fumadores de las oficinas, como buen celestino les arrimaba las prostitutas mas bella y discretas y se volvió el más conocido vago pereirano, elegante con su colección de cachuchas y suéteres, añoraba el pandebono de Cali y lo encontró por el Parque Olaya, ahí salían trenes y buses para Cali y los pasajeros que conocía le regalaban dinero, se dejó crecer una barba de penitente de la edad media, se colocó de collar una camándula de chumbimbas y señalaba donde estaba parqueado el bus que llevaba los promeseros para Buga, recogía buena plata a la entrada de las iglesias, le cargaba el reclinatorio a las rezanderas más acaudaladas  y terminó toteado en una pensión por la galería.

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