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lluvia_Una lluvia de arañas caía del cielo y nos aterrorizó. No supe dónde andabas aquella tarde. Millares de miles, diminutas flotaban y hacían nubes sobre el camino a lo largo de la cañada, formaron bucles en declive sobre los sembrados, se alzaron por la fronda de yarumos y veloces tejieron mallas de telaraña que cubrían el suelo de los cafetales, se metían a otros sembrados y escondían sus crías entre los resquicios de las hojas de caña dulce. Los vecinos quemaron hierbas sagradas con humo de palosanto y marihuana, unidos oraron por el espanto que les causaron.

Isaura auguró una temporada azarosa con meses malos porque detrás de las arañas llegó una fuerza desconocida y tramaba engaños que le traerían mala suerte, aunque Mamá Sofía le platicaba de otra forma de interpretación porque veía redes tractoras de buena suerte. Llegaron sus sensaciones con la llovizna, se estacionaron entre esos hilos de telaraña en el mes de marzo para atrapar las gotas de agua y recuperarse con el manto de la vida que cubre el terreno, acabaron con las hormigas y controlaron los zancudos.

arañasEl bosque de los cafetos se llenó de mantos blancos con telas de arañas que caían y formaban figuras góticas, tapetes blancos y precipitaciones de hilo con gotas diminutas que crearon un bosque de neblina, las cañas rechinaron apretadas entre las telarañas que transformaron sus hojas. En agosto las arañas se comieron sus mismas telas y desaparecieron elevadas entre granos de polvo y motas de polen flotante en los vientos que bajaron desde el Alto de Pelahuevos y viajaron hacia el sur.

arañas-rojasUn fenómeno semejante aconteció meses después durante el verano largo que despidió el año y lo llevó a febrero, la sequía atrajo otra invasión de arañas rojas, diminutas y polífagas, comían de todo y chupaban la sabia de las hojas más fértiles, las volvieron macilentas, dejaron cenizo los follajes de los cafetales, el cubierto de hojarascas, caminábamos con cuidado porque se nos subían y metían entre los zapatos y nos recorrían el cuerpo, nos mordían y penetraban entre la piel. Mamá Sofía preparó aceite de higuerilla con ceniza y azufre para embadurnarnos e hicimos fogatas con ramos de eucalipto. Las aplacó la lluvia de marzo y no regresaron las otras arañas.

Vi siempre a mi hermana Soledad Corrales temerosa y encerrada entre una cubierta de telarañas y abandonada, la cubría sin afecto con una maraña exigente y dura. Sufría desde una mirada de tortuga siempre triste. Pasaba momentos irascibles y al instante su risa loca se transformaba con arrugas en la cara y el mal genio y a la hora un buen momento con chispas de humor. Todo desde cuando se rejuntó con Jorge Rico y sus disgustos conyugales corrieron a reflejarse entre los espejos del vecindario y transformaron la vereda en un ejido de hostilidades, sus tensiones trasferían energías hacia un vuelo desconocido y atrapaban a sus inmediatos en una telaraña de continuidades de tirantez. No conocimos el afecto, ni las caricias de padre, solamente correteábamos con el perro, nos hicimos amigos de las gallinas que llamábamos con nombre propio. ˂˂Tigo, venga, le tengo un desayuno con maíz˃˃. ˂˂Cutufata, aquí está el agua›˃, y poco espacio tuvimos para el juego.

Mi mejor recuerdo de ella está en el minuto cuando palpó despacio y tierna con la punta del dedo entre mis piernas con gesto erótico y me dijo: ¿tú si eres hombre?, o acaso eres como una mariquita. No supe si me reconocía o me acusaba. Y ella era inhábil para su relación con los hombres, la atormentaba su inhabilidad y se recostaba en mi mientras sonaba Malvaloca.

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