DrukerEs Ilusión o decisión ejercer ciudadanía, crear colectivos de mujeres y hombres activos que ejercen veedurías y controles sobre el poder político. ¡Ah ilusión tan vanidosa! y alucinación costosa. Algo nos impide recordar esa brutalidad con que se ejerció el poder desde los albores de quince mil años en evolución social hasta nuestros días.

Y optamos por el cambio: transición de un estado a otro.  ¿Qué debemos cambiar?

Mientras la conectividad, la genética y avances tecnológicos, cambian el mundo tan complejo y lo transforman en una tecnosfera con avances y aplicaciones cotidianas que a diario se reinventan; aquí mismo, el arte de gobernar camina lento, aún se arrastra amarrado entre el costal de los poderosos. Aun somos adoradores del cacique, el gamonal y el senador, más aun sin abolengos con apellidos rancios.   

“Despertamos, el dinosaurio todavía está ahí”. Palabras del microrrelato más corto en español, del escritor guatemalteco de origen hondureño Augusto Monterroso. El cadáver de la corrupción y el uso abyecto del poder están ahí, “Nada es tan difícil y tan costoso, pero también tan infúlil, como tratar de evitar que un cadáver huela mal”, escribió en alguno de sus libros Peter Drucker, quizá recordó una afirmación de William Faulkner. “El pasado no está muerto, ni siquiera es pasado”.

2037761Somos sociedad democrática, ciudadanía protegida por la constitución y los sistemas creados para ejercer poder, donde los políticos discuten y reinventan las fórmulas de la democracia electoral, perpetúan posiciones y manejos para tener el gobierno, el presupuesto y los contratos. En una cultura prisionera de atavismos, una primera regla que aconseja Peter Drucker es desechar del pasado lo que ha dejado de ser productivo. Algo que huele mal, lo que no se hizo bien antes, ¿Por qué los deberíamos hacer ahora?  

Solo un caso: el mismo apellido que dejó de lado la sustentabilidad de la caficultura en un bosque diverso, en los años setenta, que impulsó esa revolución verde del rentismo capitalista del café caturra a pleno sol y sediento para el negocio de los fertilizantes y llevó a la crisis cafetera. Tiempo cuando algunos herederos de la actividad cafetera, abandonados, recurrieron al narcotráfico, porque en la búsqueda de la felicidad también está el motor de la ausencia de miedo, el espíritu temerario y los tiempos de la vida son una ilusión difusa.  A ese mismo apellido no le gusta la seguridad energética, en la teoría de mercado no existen sistemas protectores teóricamente perfectos, y su felicidad es vender una empresa simbólica con uso productivo del agua y generadora de energía. Para ellos ese valor público estratégico es un bien valioso, pero mejor en manos del capital privado. Aventuras de apellido rancio que huelen mal.  

En las organizaciones existen procesos moribundos, esas cosas que demandaban demasiado cuidado y esfuerzo y amarran a la gente productiva. ¿Dónde está el quiebre ahí?, deberían preguntarse los nuevos gobernantes.

Venta-de-IsagenHan olido mal las dependencias y el presupuesto amarrados al interés de personajes o grupos políticos por encima del beneficio público. Lo que es bueno para la sociedad es bueno para las empresas y hacer esto posible exige trabajar duro desde las organizaciones de la economía cuya principal fuente de negocios es el Estado.  

La frontera entre lo que los visionarios del cambio imaginan y lo que sus deseos le indican, tiene más filtraciones que la frontera entre Estados Unidos y México, ahí existe una zona llena de fantasmas mentales. Un chapulín con su instrumento chillón no crea un agujero fantasma para pasar al lado de las realidades. Eso solo en un personaje con superpoderes, como en una película dirigida por Iván Reitman.

Las organizaciones públicas y las empresas requieren trabajadores del conocimiento, el conocimiento se hace a sí mismo, se hace obsoleto a sí mismo y muchos trabajadores de lo público deberán regresar a la escuela cada tres o cuatro años para acelerar el ritmo del cambio en gobierno frente a las realidades.

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