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En el camino desde mi casa hacia el paraje de Milochenta, estaba la casa donde vivía Clarisa: antigua, hecha de bahareque e inclinada, rechinaba con los vientos que se cruzan desde el Nevado del Ruiz y el Cerro de Tatamá; solo la sostenía una fuerza vital y era Clarisa, y su jardín, la limpieza del piso y paredes, los materos con novios en cada poste del corredor y el olor de las rosas con las dalias, los geranios amarillos y violeta colgantes.

Ojos-de-Gata

Y no sé si eran esos ojos y la pose que lucía, tenía unas tetas hermosas, mantenía sin brasier porque no podía comprarlo y no lo necesitaba. Y gustaba que la miráramos, cuando mi madre nos enviaba a buscarla para que le ayudara en la costura de los ruedos de los trajes que confeccionaba en el taller de mi casa, hablábamos y leíamos. Le pregunte: — ¿Qué tan hermosa te sientes Clarisa? —. Se me quedó mirando con esos ojos de gata angora. —Feíta un poquito me dijo—.

Alguna vez en la piscina se quitó la blusa para bañarse así. Cuando me vio detenido en esa inmensidad de mundo nuevo, me paró despacio y dijo: — ¡Cuidado memo!, con esos ojos con que me miras atraes al gigante de la piscina, él es un ogro que come niños, les echa pimienta de una mochila larga que carga, le gustan bien sazonados, ¡cuidado!.. de pronto llega y nos traga a los dos. Yo era un niño y ella señaló hacia el guadual donde residía el gigante, y yo quería que el gigante me tragara entre las tetas de Clarisa.

Pedro Ruano – pintor español

Me notó el miedo y me hizo esconder en el encielado de una casa junto a la piscina. Me dejó ahí, luego aseguró que lo estaba espantando con humo de ramos de semana santa y oraciones a Santa Elena. Pero eso lo hizo para gozar del placer de bañarse desnuda sin ojos mirones y ahí comenzó mi vocación voyerista. La seguí a su casa, miraba su blusa mojada con cautela, no fuera que el  gigante descubriera nuestros pasos.

Lo que más admiré de Clarisa no fueron su cuerpo, ni sus ojos, ni su seno y su porte de feita un poquito, fueron sus bordados. Cuando espantó al ogro, la acompañé a su casa e hizo que le leyera poemas, en tanto ella tejía la tarea que le había puesto la maestra eterna de las bordadoras de Marsella, doña Julialba Gutierrez. Yo leía un verso y ella me leía las notas para un tejido de rombos calados.

 Tejidos_calados

Marsella es una manera de tejer, un modo de esperar e imaginar.

 Tejer en la plaza de Marsella es hablar con lo que ya no está y seguir entre la vida.

Tejer en los balcones de Marsella es anunciar con señal de manos suaves que tus llegadas  siempre son dulces

Tejer en las bancas del parque de Marsella es hablar en miniatura con bestias diminutas que están entre la tierra de los jardines y por rutas  angostas hacen brotar flores.

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carpeta

Ya Clarisa había aprendido de doña Julialba los tejidos del calado, crochet, punto, punto fantasía calado, nudo corredizo, punto cadeneta, punto raso, punto enano, punto arroz, punto trigo, puntos retorcidos, puntos elásticos, punto alto –vareta, punto cangrejo, punto red, punto garbanzo, punto mariposa y treinta más.

Julialba Gutiérrez - Maestra de los tejidos en Marsella

Julialba Gutiérrez – Maestra de los tejidos en Marsella

De pronto el corredor de su casa se transformó en un entramado de tejidos con flores que se ataban hacia un camino bordado que iba hasta el costurero de mi mamá Laura, y esa visión hizo que todo Marsella me pareciera un tejido de crochet que todos hilábamos y tejíamos desde las enseñanzas de Julialba.

Marsella es un tejido desde la mente de nuestras madres y mujeres, una trama de tiempo bordado desde el chocolate y la arepa del desayuno hasta la cena, uniones familiares con vestidos que cuelgan en los  percheros y viajan hacia las veredas.

Marsella es redes tejidas en todos los puntos del crochet, tejidos a dos y a todas las agujas, con quebradas y cultivos de flores, guaduales y puentes, cafetales con aroma fino. Entre esta imagen se me pierde en la memoria la imagen de Clarisa y aparece nítida Julialba Gutiérrez que nos lleva de la mano.  

Julialba tiene atado al ogro de mi niñez entre los hilos de una de sus carpetas. Cuando estuve en su casa lo avisté, el gigante estaba convertido en un ser diminuto, caminaba sobre uno de los hilos de un camino de mesa y perseguía el aroma de mi café y los ojos de Clarisa desaparecieron porque en mi mente solo me persiguen los ojos de Victoria, la hija de Julialba. Ella borda divino, tiene la mejor letra de Marsella y todos los marselleses estamos enamorados de ella.  

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