Etiquetas

, , ,

rayos-en-la-ciudad

Fragmento de una novela que pronto será publicada, “Ritmo, Aroma y Tiempo de Palacín” ganadora del “Concurso Anual de Novela Aniversario Ciudad de Pereira – año 2015”

Juan Cebrián se sentía culpable de todas las desgracias de sus compañeros en la guerra y veía apariciones, entre ellas, una Dama de Blanco. Era mujer con lamentos desconsolados. Él sentía y veía que ella lloraba durante toda la noche por todos los marineros y náufragos del universo y justificaba su llegada a ese hospital en su necesidad para ayudar a los desesperados en el final de sus desgracias.

Entre los nombres que Juan Cebrían creía escucharle mencionar a la Dama de Blanco, estaba el señor Manuel Lois García, pero ella lo extraía de la misma memoria de Juan Cebrián, todo porque falleció entre la tormenta de combates entre una batalla naval durante la segunda guerra mundial. El, amigo de Cebrián, agarró un barril de pólvora a punto de estallar y salto al mar entre una bola de fuego y al quemarse él salvó a su compañero; y Juan, cada día repetía ese episodio en sus pesadillas. Y el mismo unía su lamento silencioso a los lloridos de la Dama de Blanco. Noche tras noche por los pasillos se escuchaban sus clamores al mar y a los dioses de las aguas, retumbaban en la inmensidad del edificio y alteraban mucho la paz mental de los otros enfermos y los empleados del turno de la noche.

 —Sí, algunos padecieron las consecuencias de esta circunstancia y abandonaron sus puestos de trabajo porque se les contagió aquella depresión, hasta llegaron a sufrir episodios de histeria colectiva—, comentó una enfermera.

 — Juan Cebrían falleció en aquel nosocomio de Cartagena de Indias, era una noche fuerte en medio de una tempestad, los rayos y ondas de la ventisca y los truenos hacían volar pedazos de ladrillo y entejado desde las casas viejas, salían de nubarrones cercanos al mar y se encumbraban a otros más altos para generar una carga que descendía a las garitas de las murallas. Él salió a la terraza horrorizado porque se sentía entre un barco atacado por cañones y, estando ahí, lo alcanzó un rayo. Lo incineró totalmente—. Semejante al episodio de Manuel Lois García.

Escuché episodios que aquí omito.

Me paré unos momentos y salí al corredor, hice una pausa de meditación sobre estas escenas que respiran entre aires con fantasmas de ciudades de mar, sentí un aire con el hálito de otros miedos en otros aires de otros habitantes de ciudad con mar. Miedo y ruido y miedo, en cualquier otro lado de otro mar, otras ventanas de tiempo. Allá donde vive la gente con sus propios espantos, en un encadenamiento misterioso de ruidos y de miedos, en ciudades con imágenes, con pánicos de sus propios naufragios, con sus ruidos y miedos con tragedias de mar.

 Quise comparar las vidas que se calcinaron en las combustiones de esos elementos de tormentas y volaron con esos humos, rescatar la memoria de costumbres y creencias con hechuras fantásticas y pócimas de sanación en ambientes de crisis y enfermedades. No pude contener pensamientos perversos con sensaciones de plagas y pánicos a pestes del pasado. Engarce otras sugestiones con demonios quemados entre las moléculas de ese aire, y sentí una transmutación de la vida que va y viene con su propia muerte.

Cuando regresé a la conversación comentaban. —Sí, si…quien contó el episodio de Juan Cebrián era un señor guajiro. Él lo presenció todo junto a su perro, vio la aparición sombría de la Dama de Blanco y logró escuchar sus lamentos de plañidera. Aseguraba que aquel suceso fue escalofriante, que,… en medio de la oscuridad más absoluta, e iluminado sólo con la luz de una pequeña linterna, el perro comenzó a tirar de la correa en dirección a esa presencia fantasmal femenina que acechaba al señor Juan Cebrían cuando se lo llevó. Era como si lo atrajera—.
—No sé si sean fantasías, porque en esos casos cada quien agrega detalles a la historia—. Hablé para entrar en la conversación.

Atormentado

Atormentado. J. Villanueva

 —Él aseguraba que su pavor era extraordinario. ¿Sabes que después sufrió ataques de nervios y estuvo en tratamiento?.. Si debió hasta renunciar a su puesto de trabajo y jamás quiso un nuevo lugar en ese hospital ni volver a desempeñar en otro lado semejantes tareas de vigilancia o faenas nocturnas—.
—Sí, claro. Recuerdo cuando afirmaba que aquella Dama de Blanco tenía la misma figura de una mujer de quien hablaban en su región; era la misma, aseveraba: apareció en un pueblo de la Alta Guajira cuando se peleó con un sacerdote avaro y explotador. ¡¡¡Esa si fue una pelea feroz!!!…. La Dama de Blanco lo enfrentó rabiosa y aruño sin piedad al señor cura en su mismísima cara, lo marcó con una rajadura larga desde la frente a la base del cuello, él quedó muy humillado y nadie lo defendió—.

 —Sí, eso decían. Y que no le quiso sanar esa herida, y en un lapso de doce días lo mató una infección de gangrena—.
—Sí. Así es. Todo porque no quiso celebrar el funeral, y ni tan siquiera impartir una bendición antes de sepultar el cadáver de un náufrago que tiró el mar a la playa de Puerto Estrella, un hombre de semblante rubio y tamaño descomunal. Un personaje conocido de origen Alemán, alguien lo reconoció por sus facciones arias. Sus feligreses le imploraban al sacerdote que por caridad y amor a la humanidad, que por las condiciones en que murió Jesucristo, le diera santa sepultura. Pero el cura sólo declaraba que éste había sido un protestante seguidor de Calvino y sectas cristianas ajenas al Papa de Roma, que siempre fue un contrabandista, además pirata y asaltante de pequeñas embarcaciones, de quien jamás había recibido una limosna; aunque de tanto en tanto lo vio, el mismo, cuando rezaba con el cordón de oración musulmán, y portara un medallón con imagen sagrada de origen celta y una reliquia de la catedral de Oviedo. “¿Quién sabe a quién se la quitaría?”, aseveraba el cura—.

—Sobre este caso, decía el guajiro; que hasta ese día, entre el conjunto de rancherías de la región, nadie conocía a aquella mujer que reapareció días después convertida en el espanto de esa misma Dama de Blanco, muy hermosa, asombrosa con esa palidez reluciente; además, con sus lamentos largos y agudos asustaba de día y de noche; que era de una apariencia alta y rápida, envuelta en una mantilla de tejido como de gasa, fosforescente de humo y ceniza; que arrastraba sonidos de caracoles y conchas con ruidos marinos; y que trasformó los callejones en un laberinto de pueblo lapidado y solo. Un paso de maleantes donde en varias ocasiones se refugiaron y tuvieron batallas los piratas y contrabandistas—.
—Luego, también contó el Guairo, que tanto y tanto hostigó a la gente en sus rancherías; que a sus semanas finales todos los pobladores se fueron, cada uno partía en su propia travesía por el desierto, solamente quedaron las casas vacías de un pueblo fantasma. Nadie se arriesgó más a estar solo en las playas cercanas a esos parajes donde han encontrado las perlas más bellas de todo El Caribe—.
—Hasta hay quien asegura que son lágrimas de la Dama de Blanco—.

Anuncios