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Tomada de Fotografías antiguas de Pereira – grupo facebook. Conocí  una original como esta del Padre Lentijo

En esa estructura hexagonal del edificio Eduardo Santos, construido entre 1939 y 1944, permanecí durante un año, estudiaba interno allí porque Genovevita Álvarez soñó. La dama más santa que ha dado Marsella, aunque Gilberto Mejía aseguraba que no ofrecería jamás cinco centavos por la virginidad de Genovevita. Ella me vio en un sueño vestido con sotana de cura y caminado de repartidor de agua bendita y ostias y a  mi hermano Germán transformado en Santo Papa; como éramos gemelos, terminamos en el Seminario Menor San José de Pereira.

Ella madrugó a mi casa: —doña Laura, tengo una premonición sagrada. Usted es una elegida del señor, los mellizos hijos suyos deben estudiar para ser sacerdotes. Jamás la santa iglesia ha tenido un par de gemelos sacerdotes. Que se haga su santa voluntad, yo costearé su educación.

Y defraudé a Genovevita.

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Fotos antiguas de Pereira – grupo facebook – Tomada por  Ciro Echeverry desde el Edificio Invico, en su etapa de construcción.

Edificio Eduardo Santos. Primero funciono allí el Batallón San Mateo hasta 1955. Después el Seminario Menor hasta 1966. Fue cedido al Colegio San José de Calasanz por la diócesis de Pereira y regentado por los padres escolapios, hasta 1970. Luego estuvo allí el Instituto Oficial Femenino hasta el 23 de noviembre de 1979, me lo dice Patricia Pungo, cuando un temblor dejó inhabilitadas las instalaciones del colegio y obligó a su traslado a dos sectores de la ciudad: kennedy y la villa. Me recuerda Bernardo Gil, que en jornadas nocturnas, entre 1975 y 1979, también funcionó allí La Universidad Católica Popular de Risaralda. Fue demolido para construir el Hotel Meliá hoy Movich. Y según decía don Toño Jaramillo, el tendero vecino que nos traía el periódico, antes de esta edificación existió allí un cementerio.

 
Esta semana oriné en el Hotel Movich, busqué el sanitario principal, si puedo llamar así al baño más lujoso del hotel; allí mismo, en ese mismo momento, me encontré a un teniente lavándose los dientes, toalla verde al hombro, uniforme caqui de 1947 y con chancletas. Me miró despacio y solamente vi en sus ojos dos cuencas oscuras, en el hombro aún carga la soga con la que lo ahorcaron. Sus manos aún temblaron. Cuando era estudiante con sotana yo lo había conocido, me lo encontré a media noche colgado de una viga en el corredor del suroriente, estaba ahorcado ahí, se mecía, su muerte detenida me miró con sus dos cuencas vacías suplicantes, quise ayudarlo y se esfumó. En esos días conocí el mito por el que fue ejecutado, un asunto de venganza y de castigo, había enamorado a la esposa del comandante del batallón San Mateo y él los pilló en la cama en plena ceremonia de un orgasmo largo que explotó como erupción del volcán del Ruiz; días antes, ese mismo estallido y esos ruidos pusieron sobre aviso a los chismosos delatores.  Sobre ella decían que era pastusa y estaba enterrada bajo un árbol de eucalipto a orilla de la calle dieciséis frente a la cancha de fútbol, algunos la escuchamos llorar a las dos de la mañana en medio de lluvias de huracán.

 

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Fotografía desde un cuadro existente en el Batallón san Mateo

En abril de 1961 fue la invasión de bahía Cochinos, o invasión de Playa Girón, exiliados cubanos intentaron invadir a Cuba, en octubre de 1962 la “crisis de los misiles”, conflicto entre Estados Unidos, la Unión Soviética y Cuba, a raíz del descubrimiento de misiles en Cuba por espías norteamericanos. El loco Cristóbal Bermúdez, seminarista de Tuluá y el mejor portero de fútbol del seminario, puso a funcionar su transistor a las ocho de la noche, solamente lo usaba para escuchar los partidos del deportivo Pereira, la vuelta a Colombia  y a veces la novela “Kadir el Árabe”. Las noticias anunciaban amenazas de una guerra mundial. Albeiro Rendón se nos puso histérico, ya veía y sentía caer bombas atómicas sobre las casas de Pereira, se tapaba los oídos y lloraba por la suerte de los suyos. Solamente Jair Loaiza Duque, el mejor delantero del equipo, logró calmarlo con una ingeniosidad. Al acostarnos en un dormitorio colectivo, las luces de neón del aviso que existía sobre el edificio de la Alcaldía Municipal, frente a la plaza de Bolívar y la catedral, se reflejaban en los vidrios de nuestros ventanales, titilaban:

 —No llore tanto Albeiro, cálmese mijo. Mejor duérmase para que pueda correr cuando le toque—. El Loco y yo estamos alerta. —Si se llegan a apagar los reflejos del aviso de Coltejer, esa es la principal señal, habrá caído la primera bomba sobre Pereira, el bombardeo con seguridad comienza con una bomba de hidrógeno que los rusos sueltan en la plaza. Yo le aviso y lo despierto y echamos a correr. Acuéstese con ropa y no se ponga su pijama. Pidámosle a Dios que aquí no le pase nada a usted o rece a la virgen para que le espante el miedo.

Soldados en el patio del edificio Eduardo santos

Fotografía colección Batallón San Mateo

La noche del primero de noviembre a media noche de ese mismo año, me detuve silencioso a mirar salir el desfile de las ánimas; aparecieron desde detrás de El Corito, un sitio en el patio principal donde había un altar, vinieron una a una, cada cual más hermosa y en flotación, refulgían como siluetas de humo y luces fosforescentes, había velas encendidas a su paso por todo el patio, aún aparece esa imagen en mis sueños y no se si es real o una de mis mito-manías. Recordé las narrativas de don Toño Jaramillo y recé un padrenuestro con letanías. Jamás temí a los muertos y menos con los tiempos y saberes que aseguran: la muerte no existe, es solo un cambio de energías y materia.

 

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Fotografía original la conocí del sacerdote Eduardo Lentijo. Realmente es de 1964, cuando reconstruyeron frontones y cúpula de la iglesia San José, después de un temblor en 1962 – funcionaba el Seminario San José regentado por el Padre Mario Giraldo

Esas cosas me pasaron en el Edificio Eduardo Santos, 1961. Al año salí del seminario, me aburría. Era mucho más feliz al detenerme en la esquina de la plaza de Marsella a mirar salir a las colegialas desde el colegio donde hoy funciona nuestra Casa de la Cultura. Aquel momento diario era mucho mejor que confesarme dos veces por semana, más aún con un cura que me arrimaba la cara para darme consejos por pecador y al oído, me picaba su barba  y él terminaba chupándonos las orejas a los seminaristas durante el sacramento. Me aburrió tanta maricada, aunque el seminarista más bello era un gay glorioso y santurrón, y me gustaba.

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Edificio Hotel Movich, Pereira. La Tarde

 

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