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Llegado desde Marsella, Rodrigo entró a su habitación y advirtió unas vibraciones de energía horripilantes, apenas miró entre el ambiente del cuarto de sauna, allí desde el rincón, unos ojos carmelitas y ávidos, infiltraron su desnudez con calor pecaminoso. Sudó. Inquisitivo y embobado, observó la nevera y licores baratos, en el armario objetos eróticos; pensó irreflexivo: prostitutas y fufurufas han estado acá, acompañantes de  viajeros desolados que dejaron algo en esta habitación. Hotel del Parque, edificio bogotano a media cuadra de la Biblioteca Nacional y el Parque de la Independencia. 

Días después, aseguraría que había atraído con ese pensamiento a los espíritus mujeriles que rondan la noche.

Parque de la Independencia - Bogotá antoguo

Sintió cansancio y músculos adoloridos, quizá por  el efecto de alguna virosis; quitó la sobrecama, advirtió bajo la almohada un cabello, levantó, apreció un mechón rubio enroscado en espiral y hermoso caballito de mar; sorprendente, estaba colocado entre cuatro patitas de cucaracha, instaladas en  posición de cruz gamada invertida; caviló en los descuidos de la mucama mientras examinó las sábanas; estaban limpias, olorosas a planchado y detergentes finos; inquieto, pero, se concentró en otros pensamientos y prestó  poca importancia a estos aconteceres, los atribuyó a las trampas que tiende el cansancio y a las ficciones que generan los fluidos en el cerebro cuando se caen las energías por causa de la altura de Bogotá; se recostó y concentró frente a la televisión, se metía entre el paraje de un documental sobre los gitanos de la ciudad de Mendoza en Argentina, hasta cuando sintió  sus ojos maltratados  y apagó para descansar. No podía dormir bien.

Una y media de madrugada. Percibió un movimiento en la cerradura y la  entrada de una persona, la sintió vestida con trajes moldeados con trapos pesados, arrastraba un ruido de paños antiguos y atavíos con tejidos metálicos; la turbación le impidió los movimientos, una dama comenzó  a fastidiarle con un juego  asediante, encendía  y apagaba  la lámpara,  en la calle silbidos de pájaros garrapateros, quejosos y agudos: “uichu uichu uichu uichu”; entre los reflejos titilantes de ese juego, apareció  regada, entre el blanco de las sábanas, una sombra de polvo negro con forma de corazón de garrapatero y al lado un pañuelo de lino con las iniciales de Giselle, una mujer de Marsella a quien quiso enamorar con brujerías. Le daba turrones de coco espolvoreados con ripio de corazón garrapatero disecado.

Medio silbado: “cuik cuik cuik cuik”, ella parecía poseerle en su  juicio y agarrotarle los músculos para inducirle la pesadez de un delirio, le cambió  las cobijas entre un viento frío, lo aguijoneó  con sus uñas, sintió picazón en la piel del pecho, la espalda y las piernas y le  ardían los genitales.

Miró, imagínate, le había cubierto con una cobija vieja, llena de pelos carmelitas enredados con alas  y patas de cucaracha; se concentró para alejarse de esa alucinación, pronto, aunque le pareciera un siglo,  –sería una pesadilla y debía despertarse-. Ella inició una algarabía musical, martillaba un  piano que antes no estaba en la  habitación, levantó su cabeza y vio la música, centelleaban lucecitas de luciérnagas al ritmo de las notas de sus cuerdas y el tañido de guitarras con tonos bajos y penetrantes, trepidaron sus huesos, zarandearon los hierros de la cama; después, los sonidos musicales se fugaron con el silbido cuik, cuik…. Y lo sacó de ahí un vehículo que pasó raudo y bullicioso que subía la calle veinticuatro hacia la avenida de los cerros.

Descansó horripilado, media hora, otra vez sintió a su lado aquella energía misteriosa; era ahora una dama rubia y delicada, su pijama  liviana y blanca, aunque las puntas de su cuello punzantes; la piel de Rodrigo se  erizó, la advirtió con un bucle peinado y un perfil parecido a Giselle, pero no podía recordarle su cara.

Ella  saltó a su cama sobre su cuerpo, registró un roce cálido y tierno entre un suspiro afectivo, la sentía acostada a su  lado y pretendió  tocarla: era un cuerpo blando, levemente tibio y pegajoso; le miraba con ojos brillosos e inexpresivos, tenía sonrisa burlona y transmitía una conmoción provocativa, le hacía vibrar desde la coronilla hasta las puntas de los pies. Cerró los ojos un instante; un siglo, ahora quería comprobar si ese cuerpo permanecía ahí, y esta vez lo sentía cálido y meloso; pero se le fue, se diluía entre sus manos y solo parecía sentirlo al final, se metía entre el frío de las sábanas y la percepción de los cabellos rubios y las alas de cucaracha en las cobijas;  ya entonces, Giselle revoloteaba por la habitación entre un efluvio blanco y luminiscente, le rondó  varias veces hasta cuando se posó sobre su cuerpo en una monta para cabalgarlo, le retaba a un acto erótico, le  mostró una vulva excitada y sangrante que olía a menstruo, mientras sus senos temblaban acuciosos.

Rodrigo perdió la noción de los sucesos y se hundió entre un túnel de tiempo y horror que lo trasladaba hasta las laderas del Alto del Nudo y el Monte de don Berna, en Marsella, desde donde los garrapateros muertos le llamaban con unos cantos tristes y moribundos; cuando recobró el sentido, imploró en una oración la ayuda de san Miguel Arcángel, lo apropiado para una situación como esa, según recordaba los consejos de su hermana Aleyda que pertenecía a la secta de los ángeles ascendidos;  no tenía recuerdos de haber leído en las memorias de su abuelo algún conjuro para un caso como ese; precisamente, recordó una historieta que relató en alguna ocasión su tío Antonio, y acató también a rezar un padrenuestro y un ave maría al ánima sola, con las súplicas a la virgen del Carmen, para que le liberaran de los temores y las tentaciones de las ánimas perdidas entre los edificios antiguos.

La mujer seguía allí, le contemplaba afectuosa, le señaló un naipe blanco,  sus cartas se barajaban solas y flotantes, revoloteaban como alas de paloma frente a sus ojos, el sonido de sus pliegos le soplaba en los oídos y le dejaba un zumbido intenso que se transmitía con vibraciones a todas las células del cuerpo; ella le animó, coqueteaba, le sonreía con unos ojos cargados con la misma picardía complaciente de la mirada carmelita de Giselle; esa forma de mirar que perdió a dos generaciones de hombres en Marsella. Estaba ahí aun, sentada y mostrándole nuevamente el  barajar de las cartas; esta vez, a pesar de la velocidad, alcanzó a percibir un juego de película con figuras de ranas rojas y serpientes verdes, círculos negros, calaveras y huesitos de garrapateros; cosas simbólicas, elementos indígenas de la cultura Quimbaya y calima,  patas de cucúlidos  y unos números entre los que pudo recordar el 3636 y el 666.  El miedo le abandonaba entre una timidez y una levedad que lo fue espantando, aún sentía el cabello levantado, hizo un esfuerzo sobresaliente para meditar nuevamente en san Miguel Arcángel y distanciarse de aquella pesadilla, mientras ella salía rauda, carcajeándose y dándose palmadas en las nalgas. Se evaporó entre humos ambarinos y partió descorriendo los cerrojos por donde llegó.

Biblioteca Nacional - Parque de la Independencia

Biblioteca Nacional – Parque de la Independencia

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