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Rua1

Sandra, mi sobrina, en alguna ocasión envió un mensaje con la siguiente narrativa, analiza a su generación y a nuestra familia extensa, un clan que surgió entre los patirrajados del siglo XX. 

Somos genealogía que ha visto cambiar intensamente al mundo, más que en toda su historia, mucho más aquellos que algunos han denominado la generación del Bacalao, no sabemos quien inventó el término para esa población de latinoamericanos,  quienes no le perdonarán a sus padres el haberse preocupado por verlos crecer sanos, fuertes, hermosos y por eso los cuidaron y levantaron con menjurjes de propaganda. Ninguno escapó al cruel y abominable rito cuando la mamá daba a tomar aquel vomitivo, momento dirigido por un descarnado padre o alguna abuela, cuchara en mano, con todo su empeño, obligaba a deglutir propagandas empacadas en frasco, como la famosa Emulsión de Scott, un viscoso fluido marfil con sabor  repulsivo de aceite del  hígado del cadáver de un bacalao fétido.

¿Quién pudo escaparse?.. La criatura indefensa, sujeta con fuerza por la mamá –menos mal, madre no hay sino una-. Y en sus últimos años, como cuenta una familia en Cali, al abuelo y al papá se les iluminó el cacumen con una nueva receta, la enseñó e influyó una morocha de Timbiquí cuando le compraron plátanos en en la galería de Santa Elena: el milagroso aceite de tiburón. El señor jefe de familia, viajó expreso a Buenaventura a traer siete litros de ese aceite, y día a día lo embutió a sus nietos, propagó la fórmula entre las familias del barrio Salomia en esos días cuando las inundaciones del Río Cali trajeron una epidemia de gripe, ninguno niño se les escapó.

Mientras el primero se sacrificaba, los demás hermanos esperaban desconsolados y resignados a sus verdugos ante la inclemente tortura. De ahí el nombre de “Generación del Bacalao”. Ese colectivo de adultos no podrá olvidar jamás esa crueldad padecida en momentos duros de su niñez. Pero, lo más triste, todo aquello fue en vano; o si no, levanten la mano los de esa época que se sientan sanos y fuertes”. Unas generaciones de gordos cuyas conversaciones no pasan de: ¿como te fue donde el médico?, ¿cuanto sobrepeso te encontró?, ¿qué te mandó para rebajar el azúcar?; o si no, te puedo recomendar una bebida de yerbas para bajar el colesterol y poner en su punto el ácido úrico y la glucosa de la sangre.

Pocos alicientes acompañaron a la niñez de la Generación del bacalao. La televisión era un bodrio, solo un canal en blanco y negro, ahí una mujer decía a cada rato: “lástima que la televisión no sea a color…”  Como quién dice, “pobres imbéciles, les toca ver mi programa a blanco y negro y yo sí lo puedo ver a color, lero, lero…”. No existía el TV Cable y muchos recordarán cuando se subieron alguna tarde, incluso a la medianoche, al techo a girar la antena, y los otros, con su mirada fija en el monitor, gritaban: ¡A la derecha!… un poquito, más…, más, más,… dele más,… ¡ahí, ahí!… ¡este guebón ya se pasó!… Ahora dele pa´la izquierda.. Chucusiss.. Shiiiisshss… Y por fin salía la imagen. Todos se reunían para ver el programa favorito de los viernes que comenzaba con una viejas “buenonas” quienes dejaban ver tres cuartos de muslo, y eso ya era mucho pedir para esa época, el primer plano a los ojos de la mona, la cámara se alejaba y sonaba =a música: “Hola amigos, bienvenidos a la hora de más música.” Todos felices, muy bien sabemos que cada semana usted nos ve….” Pero es que no había nada más que ver.

Sin embargo, si no hubiese sido por el maldito aceite de la víscera del infeliz pescado, la Generación del Bacalao, habría tenido la infancia más feliz de la historia de la humanidad.

La cita de los domingos comenzaba con el saludo de Pacheco, el eterno animador de la televisión: “Bienveniiidos a Animalandía”. Ninguno supo por qué tenía ese nombre, si los únicos animales que llevaban eran loros con nombre: Roberto, Lorenzo, Pepita y Rebeca, siempre los mismos cuatro pajarracos, aunque cambiasen de dueño. Durante más de una década escuchamos la frase “A mí Gel-Hada o nada”, aunque para poder comer la gelatina había una condición: zamparse la cucharada del extracto flemático del hígado del bacalao.

El programa “Sábados Felices” era un espacio lleno de gente joven, aún persiste este espectáculo semanal; pero, con puros cuchos. Se podía congregar toda la tele audiencia nacional con facilidad. Ver televisión un sábado por la noche es aburrido para la generación actual, pero para los del bacalao, no había nada más qué escoger. En esa época no había plata para ir a las discotecas, mucho menos a conciertos, apenas recién inauguraban y eran muy raros los  moteles. Las cosas de afanes sexuales se resolvían en hoteluchos de mala muerte, y, la verdad sea dicha, no daban permiso de estar en la calle después de las 8:00 p.m. La televisión también trajo retos cognoscitivos y semiológicos, muchos se devanaron los sesos tratando de resolver el jeroglífico de Concéntrese. O sentados en la tarde del domingo con Pacheco en Cabeza y Cola y las complicadísimas preguntas elaboradas por Hernán Castrillón.

Publicidad (detalle), 1887

Publicidad (detalle), 1887

La época de la guayaba

Vale la pena aclarar, los sujetos de la generación del bacalao eran niños de familias de escasos recursos, porque los otros si podían darse el lujo de comprar leche todos los días, los estratos medios y altos nutrían a sus críos con alimentos de propaganda de la televisión; seamos precisos, el bacalao era un producto difundido en anuncios de revistas baratas o en la radio popular; los otros críos, llevaban loncheras, palabra muy novedosa que trajeron los gringos, con jugo de cualquier fruta, menos de guayaba. Esa era la fruta exclusiva de los bacalaos, se cogía gratis en los potreros, aunque estuviese agujereada por gusanos. Con tres guayabas, la mamá preparaba el jugo del almuerzo y sobraba para rellenar los frascos, les colocaba un plástico en la boca y después lo apretaba con la tapa. Todo en vano, porque a la hora del recreo el jugo inexplicablemente se había filtrado y dejaba empapado el pan con bocadillo, se formaba una masa babosa, burbujeante y algo amarga, e ineludiblemente había que comérsela.

A los costeños de esa generación, les fue peor, además del jugo de guayaba, la mogolla y el bocadillo, les completaban su ración con dos huevos de iguana, y después de haberse enjugado durante dos horas en zumo de guayaba, bajo el intenso calor de la tarde, sus sabores daban como resultado algo parecido a un aceite de hígado… pero de chulo. Contrario a lo que nos enseño la “seño Eve” en las clases de física, SI existe un líquido que tiene la propiedad de salirse del recipiente que lo contiene: el jugo de guayaba.

El primer beso

El trauma por la sensación del sabor a pescado en la boca, hizo que los novios de la generación bacalao, dieran su primer beso después de los 15 años. Y cuando escribo beso, me refiero a un pico”, la lengua se usó después de los 18 y el “maniculiteteo” después de los 22 años. Pecado era una palabra que calaba los huesos. Algo así como una sobredosis del asqueroso aceite del maldito hígado del putrefacto bacalao. -“Padre confiésome que he pecado”.-, – “Te escucho hijo, dime… ¿cuántas veces has tenido malos pensamientos?”-. Y una sensación de calor recorría todo el cuerpo y subía desde las partes nobles, que de nobles no tienen nada, hacia rosa en los cachetes. Y llenos de vergüenza, indignación, impotencia y frustración, los muchachos de la generación respondían: “Nunca Padre”. Sin embargo, ninguno se salvó de que le clavaran las 15 Ave Marías, los 12 Padre Nuestro y 10 Salve de rigor, por haber escondido el #@¡¡ frasco que contenía el @#%!!? aceite del #@¡¡ hígado del tierno pececito.

Muchos de esa generación, a los 18 años, entraron en un sentimiento de culpa con sabor a pecado mortal y corrieron hasta donde el cura para que los ayudara a redimir su grave falta: Habían sostenido su primera relación sexual. La gran mayoría logró “bajar bandera” después de jurarle a la novia, una y mil veces por su mamá, el papá, la abuela, el perro y hasta por el vecino, que no le contaría jamás y por nada del mundo la experiencia a nadie, ¡Ja!… pero las mamás sospechaban porque ahí si tomaban el bacalao con ganas y sin chistar. 

Muchas otras cosas marcaron la vida de esta generación, vieron nacer y pasar a los Beatles, a “Yo y tú”, a “Música para todos”, a Mocedades, a Pelé, a los Hippies, a Niki Lauda, el bidé, la bota campana, a Jackson de negro a blanco, a Bob Marley… También vieron llegar al hombre a la luna, el bikini, la televisión a color y el canal 2; el Yodora en barra, el Pino Silvestre y “El mundo al instante”. Lamentablemente el Nesquick y los Choco Crispis llegaron demasiado tarde. Algunos sobrevivieron a los gobiernos de Guillermo León Valencia, Carlos Lleras Restrepo, el viejo Pastrana el malo, López, Turbay, Belisario, Barco, Gaviria, Samper, Pastrana el perverso y se salvaron de Serpa. Gozaron con “Si lo tiene, tráigalo”, Caiga en la nota”, la danza de las Supernotas, los Recochan boy’s y el Maestro Salustiano Tapias. Lloraron durante más de medio año al ver que Marco no encontraba a su mamá, a pesar verlo viajar desde los Apeninos hasta los Andes y hasta fue a templar a Argentina… ¡Qué estrés!.. Por cierto, nunca la encontró. Por dentro todos envidiaban a Marco porque él no tenía quién lo obligara a tomarse ya saben qué, sacado de ya saben donde.

Hoy en día, los niños, a pesar de que tienen más de 100 canales para escoger, (70 en HD en el paquete, además de Venus y Play Boy), sólo miran los Teletubies”. No quiero imaginar la mano de “cocotas” que habrá dentro de 10 años.

Los adultos

Más de treinta años después, el cromosoma que controla el sentido de protección de los padres, los conduce a los almacenes de cadena a buscar el elixir de la sanidad y la fortaleza, para dárselo a sus hijos. Ellos recuerdan lo sanos y fuertes que se criaron, gracias a la “deliciosa bebida” que les daban sus amados padres después del almuerzo. La verdad, no es el sentido de protección el que los induce a buscar la emulsión. Muy dentro de ellos saben que lo hacen para saciar la sed de venganza. Casi tres décadas de resentimiento, esperando ad perpetuam rei memoriam para que nazca un primogénito, sobre el cual descargar todo ese odio. El momento llega por fin. Pero al acercarse al mostrador donde están los multivitamínicos, algo inexplicable ha sucedido. El Envase es el mismo que le producía las pesadillas noche tras noche, pero sin el pescador con el maldito bacalao al hombro. En ningún lado, al menos no en letra grande, dice cuál víscera de pescado se exprimió para llenar el frasco, pero sí dice en letra grande: Con Sabor a Vainilla, Fresa y Banano; cosa que les encanta a los niños de la nueva generación. Y lo peor, al frasco está pegado un sobre de “Calce-tose” con un letrero Naranja fosforescente que proclama: “Gratis, Nueva presentación con leche en polvo”.

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