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Éramos tres las niñas, jugábamos en una calle larga y perdida entre una caparazón de olvido: rondas, matarile, escondrijo, a que te cojo ratón y otras ruedas de cantos, cogidas de las manos para cruzar las alboradas detrás de las estrellas rezagadas.

Éramos tres las niñas, las tres  hijas de padres distintos y una misma madre,  con un hermano mayor y un gato angora, una vida en caserón con vista a  la quebrada y la montaña, un patio con árboles de mangos y naranjales, nidos y trinos, gallinero y tres garajes; veíamos la vida entre  rendijas, camiones, camperos, nos metíamos por debajo de la puerta de latón para jugar al extravío de los viajeros; tierra, cielo y campo en un itinerario en busca de ese asfalto sólido que conduce a la tierra de las conquistas del día en las ciudades repletas de esperanzas y de miedos.

Una noche llegó una ralea de nómadas descendientes de una progenie con cultura de neandertales que vivieron olvidados en los límites del mundo, estuvieron disgregados desde los tiempos más ignotos entre las neblinas de un paisaje de la era glacial que extraviaron a muchas oleadas de trashumantes con diluvios y contratiempos en rutas de fango y atascaderos de magma basáltica, migraron perseguidos por hordas de tribus desarraigadas, se orientaron hacia  un sendero de tundras, bordearon continentes hostiles, eludieron el abismo en cuyo fondo se levantan las murallas del fuego eterno del infierno y 1014  volcanes en perpetua erupción; escaparon a más de 30 siglos de exterminaciones étnicas, cruzaron cinco mares en una goleta antigua, superaron las aguas calientes que expulsan los huracanes y las tempestades del Caribe y el sur del Asia, y remontaron las aguas dulces del trópico andino.  Instalaron sus carpas en el potrero al lado del la quebrada que baja desde Valencia; ellas con faldones pintorescos, ataviadas con collarines de semillas de Madagascar, caninos de animales  africanos y piedras de ágata y lapislázuli.

Llegaron en gran celebración. Recorrieron de extremo a extremo el poblado de Tacaloa, la Calle Real portón tras portón, les recibieron mujeres y hombres asombrados, curiosos y cordiales. Los nómadas les ofrecían alhajas de baratijas y les prometieron un porvenir sin sobresaltos desde los mapas del destino.

Tacaloa es Marsella
Tacaloa es Marsella

Una de ellas, Morieni Pihedovu,  pregonaba su conocimiento de los rasgos de las personalidades, las biotipologías y las patologías, bosquejadas por la genética en las líneas prensiles de la mano. Heredó el poder de la revelación de los anhelos ficticios, contrastados con las impresiones dactilares y la correlación entre la longitud del anular y el índice, caracteres que se definen durante el crecimiento embrionario por el efecto de las hormonas que circulan por el útero con un torrente de huellas genéticas; y ella, con la quiromancia y la astrología de todas las civilizaciones y culturas, podía entender otras señales que definen los misterios de la vida en la conducta, en los sufrimientos y los imaginarios de las personas. 

Y ACABO DE ENCONTRARME ESTA NOTA EN EL PERIÓDICO:

http://www.elespectador.com/noticias/salud/el-adn-humano-mas-antiguo-pone-patas-arriba-evolucion-articulo-462239

El ADN humano más antiguo pone “patas arriba” la evolución

Un individuo que vivió hace 400.000 años en la actual España, inaugura una nueva era en el estudio de la evolución.

Un humano que vivió hace 400.000 años entre osos y leones en lo que hoy es la península Ibérica ha puesto patas arriba, una vez más, lo que se sabe sobre laevolución humana. El análisis de dos gramos de su fémur, sepultado durante todos esos milenios en la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca (Burgos), muestra que su ADN está relacionado con los denisovanos, un nuevo grupo de humanos descubierto en 2010 a partir de un par de dientes y un minúsculo hueso del dedo meñique desenterrados en una cueva de Siberia (Rusia).

El hallazgo es una sorpresa monumental. Sería como encontrar fuera de contexto una persona negra con un apellido vasco, según el ejemplo del paleontólogo Ignacio Martínez, coautor de la investigación. El grupo humano de la Sima de los Huesos, clasificado como Homo heidelbergensis, posee rasgos neandertales, así que se esperaba que su ADN estuviera relacionado con esta otra especie humana, extinguida hace unos 30.000 años en sus últimos reductos del sur de la península Ibérica. Sin embargo, el ADN, el más antiguo leído hasta la fecha, muestra un parentesco inequívoco con los denisovanos, cuyos únicos restos se han encontrado a miles de kilómetros de España.

“Este estudio pone todo patas arriba”, resume Martínez. Los científicos ofrecen cuatro posibles escenarios para explicar la sorpresa. El primero, que los humanos que hace 400.000 años vivieron en Atapuerca tuvieran un ancestro común con los denisovanos, y que ese ancestro común no fuera antepasado de los neandertales. “Obviamente significa que los denisovanos, sean quienes sean, se encontraban en el Pleistoceno Medio ocupando una área geográfica vastísima, que iba del sudeste asiático hasta el oeste de Europa”, opina el genetista Carles Lalueza-Fox, ajeno a esta investigación y especialista en genomas antiguos. Según esta primera opción, un grupo humano desconocido hasta 2010, los denisovanos, se paseaba por toda Europa de punta a punta, llegando incluso hasta la actual Mongolia hace 400.000 años.

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