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Un universo novedoso entró por el salón de cine del Teatro Marsella, fueron mil noches, los parroquianos ingresaban agachados entre humo de cigarrillos Pielroja y aturdidos por balazos del cine western. Una noche el sheriff Chance (John Wayne), encarceló por asesino al hermano de un terrateniente y sus hombres intentaban  liberarlo,  Chance lo impedía con dos ayudantes, un alcohólico (Dean Martin) y otro viejo y tullido (Walter Brennan), junto al hábil pistolero Colorado (Ricky Nelson); los asistentes sentían  las mismas tensiones, se encerraron con ellos en la oficina del sheriff.

Al día siguiente, Piracho, zapatero de profesión, le había inventado otra trama a la película, como tenía un pie más largo que el otro; se colocó al lado del tullido para ayudarle a impedir que el preso fuera liberado; él mismo, Piracho, aseguró haberlos entregado a  la autoridad estatal y después se tomó unas cervezas con Jhon Waine en la cantina de Nepo Morales, esquina de la salida hacia la vereda Valencia. Así era la vida, una fusión de realidades y mitomanías. 

Piracho en Río Bravo

Piracho en Río Bravo

Los marselleses parecían nacer en la sala de cine, aunque los sacara doña Enriqueta, la comadrona, o el doctor José María Correa, a veces aletargado por la morfina, desde ese limbo del vientre materno que describía monseñor Estrada, venían untados de pecado original, declarados culpables de la crucifixión de cristo y entraban en la rutina de una vida provinciana llena de liturgia católica hasta cuando les atrapaba esa otra forma de la existencia, la reflejada en el telón del teatro, la vida cinematográfica, esa herencia mágica del siglo XX. 

La boleta de Gilberto López cuando entro a la película "La Pasión de Cristo"

La boleta de Gilberto López cuando entro a la película “La Pasión de Cristo”

Los días de lluvia los metían en el cine, hasta cuando al teatro lo destruyó un terremoto, día a día, con sábados y domingos de película tras película en cine continuo: mexicanas, gladiadores en Roma, colonos atacados por indios y mujeres bellas: Audrey Hepbum, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Sophia Loren, Rita Hayworth, Brigitte Bardot,  para qué seguir. Los enamorados querían ver a sus mujeres con esas mismas caras y algunos se desencantaron. Macarito veía a las Issa tan familiares de Carole Lombard que aseguró: —por eso no las enamoré—, tuve miedo de profanar tanta blancura con esta pinta de negro y por eso prefiero a mi indiecita—. El mismo mito fue Omar Ordoñez, un macho con pinta cinematográfica a quien las damas miraban como a gladiador saliente del coliseo romano en su Jeep Willis, hasta a Omar Vélez lo vieron con pinta de Kirk Duglas, las mismas damas, cuando asistieron al film “Senderos de Gloria”, aunque en lugar de avión de guerra manejara la volqueta recolectora de las basuras.

Kirk Douglas en Senderos de Gloria

Kirk Douglas en Senderos de Gloria

También hubo vampiros, Pacho Ardita, Carlos Villa, aseguraban en el café de Peláez, que salieron de la “Familia Monster, cuando el cine pasó del Teatro Marsella a los televisores en blanco y negro. El mismo Piracho, quien tanto disfrutó las películas del cine mexicano, y al contarlas se metía en ellas, decía que había ayudado a su héroe para hacer  abdicar la reina vampira Zorina, interrumpida 200 años atrás por un antepasado de Santo, lo acompañó a La Tundra donde la gran sacerdotisa vampira había elegido a Diana como su sucesora al trono, Piracho también se sacudió esos dos siglos de letargo y se enfrentó con El Santo a los esclavos de La Tundra para evitar que la inocente Diana se convirtiera en ofrenda para el Señor de las Tinieblas. Después de salir del cine, continuó con su delirio argumental y esa atmósfera onírica y partió desde el mismo teatro a buscar alguna mujer colmillona en la Calle del Morro, allá en la cantina de Chava Luna había una hembrita que chupaba hasta la sangre..

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