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Casa del tesoro en Marsella

La Casa del tesoro en Marsella. Fotografía de Diego Gamba

Diana Sánchez descifró mi genealogía Buitrago en las memorias transcritas con letras cifradas, una alineación de hormiguero sobre un manuscrito en papel arañado.

Descubrió un documento abandonado en la biblioteca de un caserío sin camino entre olores azufrados de vapor de volcán y nieves de páramo cubierto con matas de frailejones, valerianas y lana de ovejas. Son huellas de esa heredad desnuda en el semblante de unos personajes de daguerrotipo, paralizados y expuestos entre en las paredes de la Casa de la Cultura en Tacaloa o Marsella. 

Yo sólo recordaba retazos de relatos en cadena, habladurías de familia con sus abolengos desgastados, aún guardan restos de su vajilla de Castilla y tres baúles de cedros libaneses. Ella viene de una casta  recia, fundadora de aldeas, su gente trajinó atajos lodosos de precipicios andinos, se asombró con trinos en vuelo sobre bosques de niebla, descendió a inventarse una plaza y cuatro calles, con iglesia y edificio municipal, entre un acampado de viento y lomas.

BuitragoDelLozoya

Buitrago Del Lozoya –

Fotografía tomada de: http://buitragodelozoya.es/

Mis genitores migraron desde Buitrago de Lozoya, pueblito español de la comunidad de Madrid. En un año aciago viajaron a Lisboa y partieron en una galera que arribó a Santa Marta despedazada por los huracanes del Caribe; continuaron en un buque que tragaba bosques completos de leña entre un ruido que sofocaba cantos de sirenas del río, para arrumbar brioso y atafagado de esperanzas por los  raudales del  Magdalena y les alcanzó a dejar  atascados entre humedales cenagosos,  plagados de boas y cocodrilos; allí  recuperaron sus bravezas devastadas por  las fiebres del paludismo y participaron en la fundación de Ocaña. 

Entre ellos existió mi  tatarabuelo. Italiano que portaba entre ceja y ceja una estrella de ambiciones descomunales,  rebuscador de minerales relumbrantes con los espejismos de “el Dorado”, escudriñó el oro en la jurisdicción aurífera de Bucaramanga y Vetas, entró a socavones de minas en el páramo de Suratá, lugar de trabajo prohibido a las mujeres.

La minería ancestral en las minas de los Andes era cosa de hombres por un agüero cimentado en el pudor hacia las entrañas de Pachamama, la Diosa Tierra. Allí mismo compartió con una casta de zambos bolivianos y seis indios de la encomienda de Cácota, uno de los cultos de los indios mineros a ella, la Pachamama, la Mamá más grande de todas; desnudos practicaron un rito de machos;  le hicieron un desafío erótico y ardiente a la misma diosa; se ilusionaron amorosos con una toma de yagé, excitaron sus órganos de la virilidad hasta sentirlos erectos, como estandartes para penetrar a una virgen, hicieron contorsiones voluptuosas para estimularla en los mismos agujeros de su feminidad y untaron su esperma contra las paredes de la mina; ella era la gran hembra y con las percepciones de esa sensualidad delirante dejaría desprender el brillo de las vetas de su oro y le concedería a uno de ellos, su elegido,  la suerte necesaria para  confiarle el favor de poseer su riqueza.

Desde ese rito comenzó mi abuelo a construir su riqueza delirante, siempre soñó con esa estrella dorada.

Años después de muerto, los ambiciosos desenterraron su tesoro, un baúl a dos metros bajo tierra, tapado con polvo y revoltura de cenizas del Volcán Nevado del Ruiz; ahí bajo el piso a la entrada de la escalera de la casa; ahí al lado y más abajo de la Casa de la Cultura de Marsella; ahí mismo, estaba el cofre de madera de cedro negro, tapado con papel encerado. Estaban jodidos de ambición y encontraron ripio espeso de billetes podridos, una bolsa de algodón crudo perforada por orín de monedas de libras esterlinas, morrocotas y centavos de níquel, muy poco valor monetario. El fruto del tesoro lo gastaron los sujetos del hallazgo en inyecciones de penicilina y medicamentos para curarse de las infecciones que invadieron sus gargantas por respirar sin precauciones ese aire con polvo detenido entre papeles mohosos y un imaginario de vejestorios.   

bagul

Fotografia tomada desde El diario de 1 a 5 en el blog: http://montsellado.wordpress.com/2012/11/

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