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Cali ya era una ciudad internacional con ambiente de cine y nueva ola musical, buenas expresiones del teatro y la literatura urbana, con asomos de descomposición social propia de su vida abierta a sus inmigrantes. Ya Cali sonaba como la capital del cielo cuando la Bigotuda llegó a nuestro barrio de “Salomia”. Fue muy popular en 1970. 

El mundo vivía tensiones de una Guerra fría entre países, Rusia y gobiernos comunistas frente a Estados Unidos con sus aliados. Los Beatles eran ya los más exitosos y líderes en las ventas de la música del rock y eran noticia permanente los hechos de la guerra de Vietnam. El frenetismo de una sociedad de consumo emergente, con estilo norteamericano, trajo la moda sicodélica que vistió de colorines a los bailarines de la salsa caleña. Sexo, acelere de vida burguesa repleta de anfetaminas en espacios de la Avenida Sexta, aquel apremio que atrajo a la conquista de la calle y el estilo americano, detrás de María de Carmen Huerta, y llevó al suicidio, al escritor juvenil Andrés Caicedo – autor de “Viva la Música”-, terminó como Janis Joplin en Norteamérica.

 

Andrés Caicedo Estela

Andrés Caicedo Estela

Mamá se derretía en aburrimiento, había mucho trabajo en casa, una familia numerosa, hijos de la explosión demográfica, Aleyda y María Teresa, Martha Lucia trabajaban, Socorro estudiaba, los cuatro hombres en las ventas del rebusque de la calle y ella sola ahí. Decidieron contratar una ayudante de oficios para la casa.

En un día festivo consagrado al Corazón de Jesús; solo corazón, ni hígado ni riñones ni ninguna otra parte; ese día, pasó una dama por la cuadra, tocaba en las puertas y pedía trabajo. Tocó en la nuestra: —señora, estoy solicitando un trabajito, ¿de pronto necesitan una persona?— Era bigotona, Mamá observó desconfiada esa boca rodeada de pelos pero se animó porque aceptó iniciar labores inmediatamente.

La bigotona comenzó diligente y ejecutiva, aunque alguna desconfianza de Mamá. —No sé, esa mujer no me gusta, pero necesito esa ayuda—. Una bigotuda perfumada, despedía aromas de puta pobre. Tomó al mando los quehaceres de la casa, pidió escoba, trapero y se ubicó a trabajar en el fondo de la casa, observó todo, mamá le dio indicaciones: —tenga cuidado con este joyero que es un regalo del novio de mi hija, guárdeme ese radiecito en ese cajón donde guarda sus cosas Maité—.

Inició una limpieza a fondo y ordenó: —Esto tiene toda la mugre del mundo; ¡por favor, muchachas!, sálganse un momento, estas paredes están llenas de polvo y telarañas y las voy a sacudir, la mugre contiene parásitos y bichos que pueden afectarlas—. Aleyda había sufrido asfixia por los ácaros y le pareció muy razonable la solicitud. —Salgan y estén un tiempo afuera—. Las hermanas salieron obedienticas. Se asomó un instante, las miró y cerró la puerta con un anunció: —me voy a encerrar para que tanto polvo no se difumine a la mezcla para los barquillos y las obleas, perdónenme un momento—.

Cuando el piso estuvo seco llamó, —ahora sí pueden entrar, en la mesa ya está listo el almuerzo— había preparado una sopa simplona y áspera, ¡maluquísima!, lo peor que se cocinó en Cali durante esos días.

La bigotona salió a la calle, —Espérenme voy aquí afuera y boto estos dos bultos de basura. Se nos perdió de un momento a otro. Se llevó en ellos algunas cosas, objetos de valor, relojes, joyas, bisutería, cosméticos, un radio de pilas que era la novedad de la tecnología en ese año, todo el billete que habíamos guardado de la venta de obleas, más lo que teníamos separado para el transporte. Desapareció la olla pitadora, máquina de escribir, plancha y muñecas que María Teresa guardaba como recuerdos de infancia, una virgencita, lo más selecto de la discoteca y la mejor ropa.

—Pero que raro, ahí dejó una bolsa con su ropa— Y nos preguntamos entre la indignación y el sentir como siempre afrontamos las adversidades: —¿será que regresa por el resto?—, le destapamos su envoltorio y contenía papeles de periódico que envolvían piedras. Cuando avisamos al inspector de policía del barrio nos contó: —“La bigotona”, ¡claro!.. ya sabemos de ese personaje, es un maricón que se viste de mujer para pedir trabajo, lo colocan y siempre pasa lo mismo. En Salomia van siete denuncias en el mes, en esta semana lleva tres casas.  Después de la suya, realizó la misma operación en tres residencias del pasaje junto al templo del Niño Jesús de Praga.

Farallones de Cali

Farallones de Cali

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