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Una tarde me perdí en un la oscuridad, me sacó de ahí  Etienne Demange, Liceo Francés Paúl Valery en Cali, sus ideas son un canto, me habló  de crear un performance con sonidos y ocarinas, ya sentíamos que sus notas removían el silencio en luna llena.  

Por entre un túnel de viento y tiempo remolinean sonidos esenciales  tras el sueño que se desliza desde mis ocarinas.

Los persiguen las garras de un jaguar antiguo, los quiere tocar y corre tras ellos porque están por todo el mundo; África, Asia, América, su sonido le huele a sangre, la percibe emanar  desde adentro del cráneo, sueños nacientes en ese centro donde se crea la magia del sonido, allá donde vibran sentires y emociones que dan a la música su significado.

El jaguar siente el soplido que viene deslizado en eufonías y pasa por los huequitos con aliento precolombino y antediluviano. Está confundido porque saborea la sangre y el tejido nervioso, pero, es incapaz de atrapar el sónico con sus papilas gustativas.

Su musicalidad viaja, arrulla las ramas y acaricia la piel húmeda de las mujeres que sacan sus amores para orearlos.

La fiera las ignora, solo le seduce el cerebro que vibra tras la ocarina, quiere poseer esa energía que le hará conocer exhalaciones que halagan a los árboles y se lavan en la lluvia sin perder su esencia.

Ese sonido ha recorrido  todos los caminos del mundo, no se silenció entre los ruidos de los motores, ni los estallidos nucleares de la energía atómica, traspasó las ráfagas del tiempo y puso a cantar la luz, dejó atrás la ausencia, el olvido y el polvo que desmoronó a mil civilizaciones.

Sus melodías voltejean entre las ondulaciones de las épocas y los lugares, rondaron ceremoniales y aplacaron furias de guerras que transformaron en fiestas de guerreros, enemigos que intercambiaron sus uniformes por disfraces, aplacaron su violencia detrás de melodías que anunciaban competencias deportivas.

Las ocarinas se transforman en esa performance y conservan una contra hechicera que hace del viento malo un buen sonido.

Saben descifrar cualquier buen aire que sople desde cualquier mecanismo.

Aman la noche de las hadas y las ancianas.

Acarician los talones donde se agarra el miedo y la tristeza de los hombres, los muerden con su silbido que recorre  territorios y los sube por los escalones de sus notas, los asciende y desciende, los oculta cuando guardan sus secretos y les levanta para que florezca en ellos el bienestar  que viene desde la luz y el fuego que forjaron sus formas   generadoras de sus melodías.

Eran bellas en el sur y elaboradas en el norte con cualquier material primigenio o de la modernidad.

Donde la gente anda de afán hacen lento el mundo y afinan el pensamiento que genera palabras inteligentes que alientan una conversación sabia.

Mensajes de la madera, intemporales, las resinas e insólitos materiales que pulen pensamientos discursivos y tejen significados que son innombrables con las palabras, porque la música es eso, lo fantástico que los idiomas no traducen porque nos pertenece a todos aquellos quienes los queremos amar  y acatar.

Ocarinas de Etienne Demange

Ocarinas de Etienne Demange

Recordamos que el nombre de Ocarina lo usó por primera vez Giuseppe Donati quien lo “inventó” a finales de 1800.  

El primer instrumento conocido como la ocarina, aparece hace  12,000 años.

Comprendí por primera vez el significado auténtico del sonido de las ocarinas cuando recorrí trochas y hable con los “Mamos” de la Sierra Nevada de Santa Marta, esos pequeños instrumentos musicales representan dioses, mitos, se encuentran de todas maneras, figuras en mezclas de animales y hombres, con adornos de serpientes con sus cabezas erguidas.

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