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Muchos empresarios están inclinados hacia el rechazo de individuos con ideas generadoras de una comunidad laboral autogobernada, aquella con empleados que saben ser sujetos y producen con sus capacidades y potencialidades hacia su plenitud personal. No son objetos bajo mando.

Hay patronos que rechazan esos tipos de trabajadores con ciertos pensamientos innovadores o más avanzados, bien enfocados hacia transformaciones positivas del negocio. Los consideran tendenciosos y como una amenaza usurpadora de sus funciones.

Los ambientes de autogobierno laboral y los trabajadores con libertades  para pensar y proponer, desean jefes que asuman ideales impulsores para que en su individualidad cada empleado, tanto como unidad de trabajo como parte de un equipo, se sienta responsable de la estructura de las responsabilidades y las metas de su oficio, generador de sus propios estándares productivos y cooperador hacia la ejecución de tareas colectivas importantes.

La gerencia aquí debería obrar como armonizadora en asuntos comunitarios, como horarios y sus cambios, calendarios, seguridad industrial, estímulos y beneficios laborales. Y como facilitadora de ambientes de conversación e intercambio de opiniones y experiencias.

 

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Cuando Peter Drucker planteaba imágenes como estas en sus conferencias, muchos empresarios las rechazaban por considerar que les quitaban o usurpaban poderes y  prerrogativas, lo expresaban con frases de resistencia. 

Los sindicatos también las rechazaban porque les era necesario tener jefes visibles, esa autoridad contra la cual combatir como enemigo natural, a veces para seguir directrices de las fuerzas políticas que movilizan estas organizaciones, en otras porque sus jefes son poderes sin ideas novedosas y porque el ejercicio de sus líderes los distrae de asuntos que si perciben bien quienes trabajan en el corazón del oficio esencial de las empresas y no están distraídos con politiqueos.

Muchas empresas que pusieron en marcha este estilo de dirección, ajeno a las cadenas de ensamblaje del modelo mecanicista y prisionero de la rutina, eliminaron trabajos poco inteligentes, se movieron en la automatización y pusieron el saber del capital humano que representan sus trabajadores en capacidad de movilizar ideas innovadoras. Esas son las empresas de la sociedad y la economía del conocimiento. Sociedades humanas con un cerebro múltiple y estimulado desde un sistema neuronal colectivo, que funciona motivado y armonioso para estar en sintonía con el mercado desde los sentires de sus clientes porque son su fuerza vibratoria.  

Los mejores gerentes saben delegar, creen en las capacidades de la gente, siempre se preocupan por afianzar y ayudar a mejorar capacidades de quienes trabajan con ellos y no para ellos, supieron ser catalizadores del capital humano de la empresa.

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