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Me reía, recordé escritos de pensadores, estudié explicaciones que trajeron al presente dificultades en economías de países europeos. Somos tan humanos, terrenales, aunque nos comportemos como hijos paridos en el ciberespacio y estemos largo tiempo entre mundos irreales tras las pantallas por las que interactuamos con extraños seres digitales. Hasta nos construimos una identidad cibernética y nos unimos a redes virtuales; a pesar de todo esto, para estar allí, somos hijos del tiempo, descendemos de grupos que trajinaron sus épocas de crisis y reconocieron espacios nuevos entre caminos lodosos y sobre embarcaciones frágiles en la misma esfera.

Mientras hablé de esto, Moraima me interrogaba con sus ojos y con un gesto leve la hice hablar, desató su tormenta y su pasividad mientras sus labios colocaban señales liberadoras. Pensaba lento y hablaba certero. 

Habló de economía propia desde un pensamiento ancestral americano donde la tierra es la divinidad protectora de los humanos, es potencia que posibilita la preservación de su propia vida porque favorece la fecundidad y fertilidad en los seres vivientes, ahí está su resistencia y sostén.  Mi tierra con sus especímenes y la vida son sacralidad, es malo quitar la vida, las personas le debemos reciprocidad porque a su universo pertenecemos. No salimos de aquí, sobre su suelo y bajo su atmósfera nacemos y morimos aunque somos vida que se transforma.

Dijo que la unión de las personas desde sus saberes y sus acuerdos de trabajo subliman el capital social. Cada individuo con sus habilidades, capacidades y potencialidades, cuando las hace actuar con entusiasmo, compromiso y conocimiento, genera riqueza esencial, así entendía el capital humano.

Y estaba hermosa por todo lo que había en ella, el brillo en sus ojos iluminaba sus palabras para su alumna al explicarle cada puntada, esa trama de hilos y colores combinados, su amalgama de sentidos para la urdimbre de  un bolso. Y al tiempo palabras para asuntos más complicados. Su arte es tejer y comunicar grandes saberes que han sido guardados durante muchos años.

Cerré los ojos míos para escucharla, zurcido y silencio, explicaba cada paso y su  tiempo en vilo y pendular, borbollaba pensamientos y limpieza en las frases donde cada sonido en su voz era una caricia. Los asuntos mínimos del tejido, sus tintes gruesos de herencia muisca y guane.  Y con ella los temas de la vida económica también eran tejidos de un circuito solidario y colaborador.

Y conversó  sobre cultura del cuidado, ese compromiso con su cuerpo  y su mente, con sus hijos, familia y amistades, su vida en comunidad. El cuidado de plantas en su jardín y los cultivos, se extasió con recuerdos de ciudades hermosas con espacios verdes y avenidas ordenadas, recordó de sus ancestros la importancia de sostener la flora y fauna de las cuencas y la preservación del equilibrio natural a lo largo de los caminos por donde van y vienen mercancías y civilizaciones. Vislumbré esos pensamientos que calman mil iras y sanan heridas profundas de los tiempos coloniales que forjaron su ascendencia. Muchas cosas me quemaron por dentro y esta mujer apagaba cualquier incendio.

Mientras la veía en ese acto perfecto de enseñar a tejer el fique, intenté comprender el sentido de mi existencia, el significado total, universal y definitivo donde no lograba  ubicar una vida absurda con significados confusos. Ruido y furia para entenderme. Quise mostrarme inteligente y temía comportarme ante ella como un tonto. Pensé en mi maestra de filosofía cuando decía la importancia de saber escuchar a las mujeres porque la visión femenina de la vida tiene diferencias con la visión masculina. Y estábamos en una vereda perdida en el Páramo de la Rusia, había estanques de peces, cooperativas de productores de frutas, jóvenes expertas con conocimiento profundo sobre especies de abejas generadoras de miel y polinizadoras,  mujeres agroindustriales que surtían de pavo ahumado hoteles de Cartagena.

Vine en misión de asesor, es de noche, medito mientras salgo con maleta de aprendiz, cargado de interrogantes sobre las reglas de la economía neoliberal que nos quiere ligar  a encadenamientos globales cuyas fuerzas desconocemos. En mi oído aún está el tropel de sus ideas, aquí es otra  economía orientada a la vida y a las personas, pienso en su trabajo y en la hormiga que camina en sus marcas de  perfección para que todas vivan.

No vi un pedazo de miseria, ni el lamento por las cosas idas o los daños del invierno, eso es parte de la vida donde el clima tiene cambios que atormentan o generan felicidad, lo importante es producir y hacer transacciones de comercio justo, no es para acumular riquezas medibles desde lo individual que nadie puede llevarse a la tumba, es crecer en valores humanos, en confianza, con reglas comunes  y bienes para el bienestar colectivo, son valores para la vida  solidaria, heredados de tradiciones originales de nuestra América Latina.

Había tiempo para ser y hacer en la justicia y la libertad.

Olvide el mundo digital, puse mis pies sobre la tierra y sentí fragancia de tierra mojada y flores desde la hierbabuena a la margarita recién salida de su botón. Cantos de grillos y el murmullo del agua en la quebrada, cada estrella me señalaba el camino. 

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