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Fotografía de Adriana María Grisales - Directora de la biblioteca León de Greiff - Marsella

Fotografía suministrada por Adriana Grisales – Directora de la biblioteca León de Greiff – Marsella

Mi alma coexiste con ceniza de volcán.

Vino del Ruiz, flotó en el aire, bajó suave,
penetró del tejado  por hendijas a buscarme,
a darme su substancia universal,
plantada en el vientre de mi madre.
 
Mi ceniza encendida desde palabras viejas
descubre el alma entre las habitaciones,
lavada con la lluvia de pesares es abono,
es lejía que me limpia y es mi fuerza.
 
Ceniza flotadora sobre pompas de jabón,
allí se sostiene resbalosa y tiene brillo;
y si se ejerce fuerza en ella,
evita romperse, se transforma.
Cuando un niño la eleva, 
es ceniza en su estado original, 
busca el azul del cielo, la luz que le de brillo.
 
Mi ceniza es hermana del viento del nevado,
brotó disparada con ráfaga y temblores,
en busca de rayos y tormentas,
fraguada entre calores del magma de la tierra,
allá regresará errante tras el viento,
y no será al morirme, porque no muere el agua,
es eterna con lava de volcanes en la piedra,
que se transformará en mil tiempos,
en edades distintas que no cuentan relojes.
 
Mi ceniza es la luz, me hace soñar con ella,
desde la refulgencia del centro de la tierra,
eludió la oscuridad, salió a brillar encima de las hojas,
a dar el sustento de la vida, errante con canciones,
con vientos y tormenta, en la humedad engendra amor,
 arquitectura viva, edifica y fragua mi cemento.
 

Fotografía de Gilberto López a 12 de la noche.

TORMENTA DE MEDIANOCHE EN MARSELLA. Fotografía de Gilberto López.
 

Dedico a Gilberto López  Ángel este poema. También debo reconocer a Adriana María Grisales F, la hermosa fotografía del volcán.

Me lo ha creado un momento cuando observé sus bellas fotografías del volcán y  la tormenta a media noche en Marsella. Porque él y yo somos hijos de esas luces y de la espiritualidad de ese firmamento. Somos agua y ceniza.

En Marsella caen rayos con cualquier aguacero, las tormentas de medianoche nos ponían a temblar con centellas que nos iluminaron y nos hicieron hijos de la luz. Pero fue mayor mi asombro cuando Pachito López, mi abuelo materno, contaba que el día de mi nacimiento caía en Marsella una lluvia de ceniza que venía del Volcán Nevado del Ruiz. Tuve miedo a veces. Monseñor Estrada amenazaba con sus sermones la llegada del fin del mundo en medio de una lluvia de ceniza y con tres días de oscuridad. Pensé mucho en eso y me animaba cuando caían los rayos de medianoche porque eran la luz que nos alejaba del fin del mundo. No existe el fin, todo cambia, todo se transforma.

La fotografía de Gilberto López me recordó esos orígenes telúricos de nuestra identidad como marselleses. Somos hijos del agua, de la ceniza, del viento que viene de todos los puntos cardinales, de las tormentas y de la luz. Esa es la magia de nuestra tierra.

 


					
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