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Amparo Arrebato – Legendaria bailarina de salsa en Cali.

—Me declaro rumbera—, me lo decía Amparo Albán. Soy de la época de la pesada en los tiempos de “Amparo Arrebato” en Cali.  —Sudé la gota gorda en el Monka Monka y el Séptimo Cielo, participe en muchos “aguadelulos”; y, claro, cuando voy a Colombia no dejo de ir a bailotear en la  “Viejoteka” donde jóvenes y viejitos entre los 20 y 90 disfrutamos los clásicos de la salsa y la música tropical, de todo, hasta universal. Una verdadera explosión de edades, razas y colores—. Me decía el taxista jubilado. 

Cuando Mamá estuvo interna en la Clínica San Fernando, Amparo me señaló una casaquinta en el cerro del Señor de los Cristales, me dijo que allí vivió el personaje que dio origen al mito urbano caleño del Monstruo de los Mangones. Y mirá lo que se aprendía del taxista en este Cali de salsa y bugalú, changa y charanga, con Cuco Valoy y Richie Ray, con Willie Colon y otros que sonaron mientras rodábamos por la quince con primera, la calle dura donde aquel vecino de Salomia, trabajador de Emcali, bajaba con arrastre una borrachera que se fumó en el “Séptimo cielo” y  se gasto toda la plata que cobró de los contrabandos de la electricidad que le pagaban las tipografías por San Nicolás hasta el Barrio Obrero.

Y hasta aquí llegamos desde las lomas del Señor de los Cristales, nos sentamos en el andén pelao, a pura orilla e’ calle, medio borrachos hasta que nos tumbó la perra más fina del Aguardiente Blanco del Valle, que cosita, y nos dio por curiosear aquella casona de la comunidad “Santa María de los Farallones”, con sus veinticinco salones, sus diez pozos y sus jardines aislados para quienes se atrevían a mirarlos desde lejos con todo su esplendor. Desafiamos la vigilancia de los guardias y los colmillos de los quince perros y veinte más merodeando por la noche.

Escuchamos el ritual de los rezos de la comunidad religiosa, los mismos que aplacaron los gemidos que se grabaron en las paredes de donde los borraron, esa súplica del difunto millonario Adolfo Aristizábal; quien, según malas lenguas, desafiaba a la muerte entre la leucemia y la sangre inocente de los niñitos que desaparecían inesperadamente en las calles de Cali, mientras en las casetas de Juanchito la negramenta bailoteaba con la blancamenta y todas las revolturas de pieles caleñas y en la casa aguantaban hambre de perro.

Y dizque, decía otro maledicente, algún médico le recetó sangre de varoncito tierno, ni una gota, nada que fuera de negrito. Sus cuerpecitos terminaban arrojados a los pozos de aquella mansión apacible y después en los mangones. Allá donde no llegaban los sones de la “Típica Nobel” y “El Gran Combo de Puerto Rico” en las noches de la “Feria de la Caña”, solamente pasaban los cláxones de los buses en la guerra del centavo por la calle quinta, por ahí donde se mira subir el smog de la ciudad desde las fabricas y los vehículos, entre las luminarias y las ceibas o los árboles de la calle y se eleva a los Farallones de Cali.

 Y muchos creían en fantasmas de niños que deambulan por esos corredores, no va y asusten a Mamá dormidita, mientras gritaban en los salones y por los corredores, o como vio aquella señora que asistió a un cursillo con las monjas en aquella casona, después de cuando se las donó el millonario; dizque vio a un niñito de ojos azules que correteaba por los patios, la siguió hasta el corredor principal, abrió las puertas y espió a quienes diluían su aburrimiento de las dos de la tarde, la hora de la meditación y los sermones del cura español. Y en la noche los doce fantasmitas que saltan desde el fondo de los pozos y juegan en los patios a los bandidos y los ladrones que se roban a los niños para vender su sangre a los millonarios enfermos de leucemia.

Pero hay otra verdad. Yo no se nada de eso, solamente les cuento un relato del taxista, borracho, cansado, que no entiende las canciones de Michael Jackson y Comodoors, pero le suenan rico, hasta cuando termina dormido en la borrachera de la Calle Quince con Carrera Quince o por merendadero de El Bochinche.

Porque nunca comprobaron las culpas del empresario caleño, aquel a quien culparon de ser “El Monstruo de los Mangones”, aquel que chupaba la sangre a los niños. Que andaba en un carro negro, berlinas negras conducidas por hombres de negro, subyugaban a los niños, les ofrecían bombones, los atrapaban y los llevaban a un laboratorio donde les extraían la sangre y luego los dejaban cadáveres exprimidos en los mangones cercanos a la ciudad.

No se comprobó. Y el rumor sobre aquel empresario enfermo de Leucemia, el Señor Adolfo Aristizábal, o de cualquier enfermedad, quien requería constantes transfusiones, jamás de negros porque lo contaminaban. Y mira, vé, entendé pues cómo son las cosas: se cree y asegura que eso fue puro cuento chino, un cuento de ciudad, un relato inventado por la envidia de los otros empresarios vallecaucanos, estos o aquellos o algunos que querían cobrarle los éxitos al señor Aristizabal, por el hecho de ser paisa emprendedor, que por ser venido de otras tierras,  y así difamaron a ese señor que tanto le dio a la ciudad, entre ellos el Hotel Aristi y el Teatro Aristi.

Vea el video de Carlos F Rodríguez

El Monstruo de los mangones

 

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