Etiquetas

Misiones en Trujillo - Archivo fílmico del Valle del Cauca

Misiones en Trujillo – Patrimonio fílmico del Valle del Cauca

Un misionero redentorista y otros, recorrían veredas y pueblos en los años sesenta, hacían levantar cruces misionales en cerros estratégicos, señal de alianza por tanto pecado. “Ha llegado la hora del Señor, arrepentíos”.

Casaban a los arrejuntaos, confesaban pecadores de cinco o veinticinco años, otros dudaban de la certeza al contarle sus culpas a un tipo extraño con pantalones largos por debajo y falda negra por encima. Y todo porque tenían un verbo incendiario que traía el fuego del infierno y el tenedor del diablo en sus manos ensartaba a quienes no se confesaban, — se podrirán en sus pecados y se fritarán eternamente en la paila mocha—.

El Padrecito Buitrago hizo regresar a esposos arrepentidos, aquellos que se casaron con mujeres feas y bravas, aunque mercaban con más de dos costales, puso con pelos de punta a los novios que superaron el miedo a besarse apasionados en cuaresma por el miedo de quedarse pegados como los perros con púas en el pingo, perdonó a los asesinos que asistieron devotos a misa de cinco y en la tarde hacían tronar sus armas en el predio del vecino, llenó los caminos a las cinco de la mañana de murmullos de gentío con camándula, trastocó la hora del almuerzo porque era momento de plática para las mujeres, los mejores tiempos fueron invadidos por un largo sacrificio en sermones, cantos, procesiones, rosarios de mil letanías y sacramentos hasta las once de la noche.

Recetó a los enfermos de cualquier cosa con la misma agua con polvo de hulla –hullol-, ladrillol, cenizol y menjurjes y pócimas ensartadas con oraciones en misas de sanación donde se levantaron los paralíticos y hablaron los mudos, unos forasteros que nadie conocía.

Cura en Carnaval - Cuernavaca

Cura en carnaval – Cuernavaca

Santiago se quería enloquecer cuando en el sermón de la tortura el Padrecito Buitrago le descendió hacia el abismo del infierno profundo y al regreso veía en cada recodo del camino un demonio con patas de buey, cachos de novillo bravo, barriga de vaca y chorros de humo. Lo veía cuando le paraba la cola y le volteaba el rabo con nalga de mujer hermosa. Al fin de las misiones quedó el santo temor de dios, lo espantaban con rezos colectivos y rebajó la cuenta de los pecados hasta los días de la cosecha.

Cualquier día regresó la vida con jolgorio, gula, lujuria y vicio, se violaron las normas escritas y al libro de piedra lo deshizo la polilla. Porque robar, matar, ultrajar, engañar, mentir, no eran violación del derecho ajeno, ni ofensa al bienestar común, sino un camino al infierno y motivo de pecado, eso se cura con confesiones.

Así nos educó la iglesia. El pueblo colombiano raso, a la hora de las creencias, se quedó con una religión sin moral y una conciencia en la fe del carbonero. Cuando Alejandro López, el ingeniero constructor del Túnel de la Quiebra por donde pasó el ferrocarril de Antioquia, expuso ese mismo concepto, casi lo matan, recayeron sobre él las maldiciones, los rayos y centellas desde los púlpitos.

Hoy vivimos en el país de los valores desprestigiados donde nos han hecho daño grandes señores, los dueños del chanchullo y el ají, el enriquecimiento ilícito y la tolerancia admirada a las mafias coqueras. La mentalidad torcida que es difícil cambiar porque no somos redil del rebaño del pastor, ni ángeles y tampoco demonios, solamente los herederos del catecismo del Padre Astete y los vecinos del sermón del cura de misa y olla.

Y aún el curita de  Marsella se siente con el derecho de regañar a la señora que le da teta al niño en la iglesia, a la que va a la misa y su niño llora porque no le dan teta, o a la jovencita de falda corta o al niño enfermo que tose mucho.

El Carnaval ya tiene cura – Cuplé en Málaga

Anuncios