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Árbol de liberal.- Euphoporia catinifolia  atropurpurea

Tras una ausencia con reflejos y dolores por mi ser que es incapaz de ser, lo encontré en un sueño, su búsqueda me desorientaba. Lo extraviaba entre canalones del camino entre La Estrella y Granizales, su vida detenida en una hilera de arbustos de liberal de tres metros de altura, hermosos, hojas de verde y rojo. Me llamó desde aquel donde aún fluía la sabia lechosa desde cuando le cortó un brazo para fijar una cerca viva con el alambre de púas que rodeaba la finca y brotó la gota de ese látex blanco que le cayó en su ojo izquierdo, después la irritación y repulsión a la luz con un encierro de nueve días.

 Lo busqué entre esa oscuridad pero él no estaba ahí. Su camino se transformó en la Calle Real de Marsella y calle larga donde se confunden las casas donde habitamos con parajes barriales de Cali y cien ciudades, unas paredes se desmoronaban con ondulación teatral y allí mismo la vida donde habitamos se rehízo en parajes góticos fantasmales. Llegué a la zapatería de don Pedro Morales, tras su mostrador me llama una energía  estruendosa, y  el fondo  estaba  transformado en una gran taberna con música del tango Cambalache. En la mesa más llena de licor pregunté a los parroquianos por él y me despacharon en rieles por un túnel hacia otra ciudad enredada tras un callejón de abismos hasta la misma calle del Morro de Marsella. Vi  el portal del sitio donde él estaba.  ¿Por qué está ahí si su fábrica está en Cali?  Lo busqué por arrabal y Chava Luna entre un arrume de cajas de mercancía,  algún afanoso despachaba cajas de obleas con aguardiente en cajas que traen pacas de Marlboro de contrabando, iban hacia el infinito entre un laberinto oscuro y una luz final.

  Ahí estaba él, mi Papá palpitaba en otra dimensión, tan joven como cuando éramos niños, tierno como jamás lo reconocí, desnudo y cuerpo recto de un San Juan de sacristía, como jamás lo fue, recién afeitado, planchaba su ropa y tomaba un café suavísimo.  —Mijo, lo estaba esperando. No olvide ser siempre honrado y laborioso, existen muchas cosas que no podrá a aprender de mí, pero eso si—. Se desvaneció en el sueño y desperté entre una cortina roja. —Acompáñeme en este traguito, que esto por aquí no hace daño—. Y destapó una de aquellas botellas de whisky que le regalaban en sus últimos meses don Jaime Cardona el de La 14 o su hija Amparo, él amaba esos regalos y ella sabía que a él como alcohólico le era permitida la felicidad de saborearse un buen trago que ya sabía controlar porque pasa derecho al purgatorio y le generaba cierta felicidad hasta cuando muriera en su ley. La cultura de un buen bebedor que con dos tragos sabe soltar la sabiduría en una buena tertulia. 

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