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Era mi calle larga antaño, fresca con viento del nevado,
vive ahora entre smog caliente, la perturba.
Perdió la bicicleta de señorita enamorada,
no quedan sus puertas de madera y el silencio,
y aun la persigo en el andar a través de mi mismo.
Su soledad huyó del pueblo desplazada,
la llenó su algarabía de ciudad
y la olvide con afanes al trabajo.
 
No está su sonrisa coqueta en la ventana.
 
Venimos todos, siempre estamos llegando,
de lejanías y caminos, de noches de utopía,
arribamos de otras calles con mirada de vikingos,
dos de la tarde, cojeando y sin muleta,
desde otros besos, mar y sal, al aguacero,
y la luna pereirana no deja de  reirnos levemente
detrás de fumarolas del volcán
porque en la calle esta la vida loca y continúa.

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