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Celina con 94 años y atrofia en su rodilla, lucidez mental, piensa lento, coordina conversaciones con sus hijos. Ellos hablan muy rápido, no saben escucharla y poco le preguntan. Se comunican con la mamá de ayer, desconocen a la mamá de hoy que ha cambiado. Ella conversa desde su cultura del cuidado con que crió a sus once hijos.

 — ¿Ya le  sirvieron tintico?—. — ¿Almorzaron todos?—

Caminaba apoyada en un soporte, se cayó al traspasar una puerta estrecha. Fractura de cadera y lesiones en el fémur. El médico la atendió y dijo: —su mamá esta muy mal, de esta no se para—. Se negó a remitirla a un centro hospitalario de mayor nivel. —Déjenla así, si la mueven sufrirá más, ella durará unos pocos días—.

Dicen que obró así porque su hospital está  en crisis y desde esa presión sufre parálisis mental para tomar buenas decisiones. —No vale la pena gastar recursos en una anciana. En estas circunstancias los ancianos comienzan a desencadenar una serie de sucesos de deterioro que los llevan a su final—.   Lo está aplastando un sistema donde la atención en salud es un negocio. Le ordenó sedantes muy fuertes y ella cayó en un estado de coma inducido que hizo creer a todos en su final.

Anciana con bastón - Antonio Cifrondi
Anciana con bastón – Antonio Cifrondi – Musei civici di Arte e Storia Brescia

En contra de este médico, la llevaron a una clínica de mayor nivel. Celina entró muy descompensada, pálida, sin respiración ni capacidad de reconocimiento a nadie y pronósticos preocupantes. Creyeron que moriría esa misma noche. Sus nietos comenzaron una vigilia para acompañarla con buenos sentimientos, su agradecimiento porque les dio hijos buenos: sus mamás, sus papás. Encomendaron al Dios de su creencia a la persona de Celina.

El final es parte de la vida misma, lo tomaron con realismo, con meditaciones y oraciones,  pensamientos de agradecimiento a la vida porque los hizo desde la existencia de su abuela. Esa tristeza no es una carga por una existencia donde persiste la vida que viene de sus antepasados. Vida de antecesores que se prolonga con nosotros desde cuando nacimos y lanzamos el primer lloriqueo al mundo. Si ellos mueren y nosotros continuamos, es su misma vida la que continúa con nosotros.

La Clínica donde atendían a Celina era resultado del progreso.  Esfuerzos acumulados entre mujeres y hombres, que confiaron en sí mismos, cuidaron su propio cuerpo, su mente y su entorno de ciudad y región, valoraron sus aprendizajes comunes y su cultura. Con el apoyo de programas de gobierno rescataron la credibilidad y la confianza con el buen manejo de los recursos en su institución para el servicio de la gente, surgió esa clínica como espacio de vida plena donde se nace y se muere con el mejor bienestar posible en momentos de enfermedad y de transiciones de la vida.

Los nietos de Celina crecieron en una familia buena, cada uno logró capacidades y las ejercita para vivir con bienestar; lo hacen como personas que cambian de manera gradual; avanzan, se detienen, maduran y se perfeccionan en conocimientos y atributos mentales, físicos, emocionales, productivos y sociales, poco a poco, año a año; e incluso, minuto a minuto donde se combina la angustia del estrés en el trabajo y el goce de una compra en momentos de vida plena y con libertad.

Cuando Celina hizo una familia y vivió su historia,  tuvo claro que sus hijos y nietos requerían educación, atención en salud, convivencia social, política y cultural, actividad física, servicios públicos y su trabajo; pero eran incapaces de lograrlo solos, necesitaban  a su familia, sus amigos, sus vecinos y colaboradores. Con un grupo de paisanos de Celina, a lo largo de su vida y desde sus antepasados, generaron en su pueblo instituciones capaces de facilitar y servir para apoyarlos en sus necesidades e intereses comunes, cumpliendo bien sus funciones publicas. Hoy día, cuando llegaron políticas públicas que manejan estos servicios con criterios de negocio o instrumento de grupos políticos, sus instituciones parecen fallar; precisamente ahora, cuando ella y los suyos más las necesitan.

En la clínica,  el ortopedista que atendió a Celina, la valoró bien, con un tratamiento de recuperación la reconoció como una mujer vital en su misma ancianidad, la llevó a cirugía y le colocó mecanismos metálicos que le evitaran el sufrimiento. La paciente despertó animosa, reconocía a los suyos como si estuviese en la cocina de su casa, preguntó por los ausentes, se interesó por asuntos que ellos poco reconocían como parte de la existencia de su abuela.  Celina regresó a la casa, lenta, vital, limitada y animosa. Sus hijos y nietos están convencidos que deben reconstruir los espacios de relaciones con su abuela, a su ritmo, con momentos de mayor lucidez y los otros cuando se le van las luces; así son los ancianos. Esperan disfrutarla en sus últimos tiempos de vida. 

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