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Ella no  sabía si llegó temprano o tarde a la vida.                              

Me saludó, me dijo: — ¿Es Usted ese señor que escribe cosas?—   Quería hablar con alguien.                                                                        

Miré sus ojos y adiviné que había arrinconado sus fantasías entre una escombrera de cosas prescindibles.  —Llegué hace pocos días—    Habló con la seguridad de sacudirse la cabeza de alcohólica para echar a volar los  fantasmas que la atrapan y me invito a su cuarto de hotel confortable.                    

Tomamos agua. Recordó cuando el rock había flotado duro hasta hacer borrasca entre sus venas, había usado tantas drogas que pudieron matarla; y  sino las drogas, los sicarios de los distribuidores en las favelas. Se les negó a meterse en sus redes de distribución  a cambio de abastecer su vicio.                            

Era una cita de habladores, una sesión de sexo de palabras. No tuvo temor en desnudarse frente a mí para tomarse un baño y dijo:  —espéreme despejo mi cabeza, el agua apaga el fuego y espanta los demonios que me acosan a meter cocaína. La vi desnuda sin malicia, cuerpo bello delgadito,  al lado de los senos bien armados, como astas de un miura, tenía heridas viejas, marcadas con la armonía de un cruce de caminos polvorientos donde se beben tragos largos, esos que queman tripas. Aspire a nombre de Robert Johnson y me sonó como un sonido de su guitarra con blues antiguo.

Recordé una canción de Nina Simonne: Justo a tiempo:

 

Vamos

 Justo a tiempo, que me he encontrado justo a tiempo.
  Antes de venir mi tiempo se está agotando.
  Yo estaba perdida, los dados fueron lanzados a perder.
  Mis puentes todos se cruzaron a donde ir.
  Ahora se oye, ahora sé dónde voy,
  Sin duda más de miedo que he encontrado mi camino
  Para qué el amor llegó justo a tiempo, me he encontrado justo a tiempo
  Y ha cambiado mi noche de soledad que día de suerte

Y luego otra canción, mientras caía el agua en el baño de la brasilera.

Los pájaros que vuelan alto saben cómo me siento
  Sol en el cielo sabe cómo me siento
  Viento a la deriva porque sabes cómo me siento.

 

Es hermosa la piel de una mujer mojada.

Mientras se secaba volví a mirarla en sus ojos, eran solo dos razones como brotes silvestres que me interrogaban. Pedían explicación, sin mucho verbo y demora,  sobre mi tiempo disponible para hablar con ella. —Se lo puedo devolver, aunque tenga que echarle arena a mil relojes para hacerlo más liviano—.

Se sentía cansada de ese mundo de ricos a quienes se les cumplen todos sus deseos, hasta sus caprichos raros son rutina de cada día. Por eso buscaba un lugar sin deseos porque allí, en versión inversa, lo tendría todo.

Le dije que no sabía responderle si había llegado al lugar equivocado. Le hablé de la desesperanza con la que me desayuno, noticias de muerte y corrupción. Y ella me habló del jovencito que se arrojó del  viaducto. —viví un momento así cuando cumplí todos mis deseos y me inmovilizaron. Me dolía. Él vivió de deseos incumplidos, vio y oyó a los policías que corrían a salvarlo, pero se liberó lanzándose al vacío. No veía nada más allá de la lápida—.   Y le mencioné  tanta gente en Pereira que camina en la calle con la esperanza en su rostro ya vacío.

Confrontamos la historia de experiencias parecidas en nuestros mundos del sur. La vida que pega duro. Y llegamos al asombro porque esa misma gente, aquí en Pereira saluda cordial, muchos con hermandad. Conversaron con ella y se rieron  al lado de un café en la calle, tinto sabrosón que jamás había tomado en su tierra brasilera de café de rescoldo en tazón viejo.

Cambiamos ideas sobre percepciones con olor de hojarasca  verde, lluvia de aguacero pereirano y la nada absoluta donde nuestros desempleados se saben levantar y comienzan a crecer por la calle del rebusque. Es también realidad en Sao Paulo, pero la vio tan dura allá, que le provocó las mismas heridas de la maldita esperanza, hasta cuando escogió el camino que se anda con mochila para llegar a la tierra del paisaje cafetero.

Resolvimos salir a buscar a unos amigos de Apía que remediaron su vida observando pájaros y ahora los buscan los gringos como guías del turismo ecológico. Y vio a los estudiantes que reclaman el cambio para una mejor educación, les siguió con gritos para recordar aquel día cuando hizo lo mismo en su país para burlarse de la muerte.

Sonriente me recordó aquella noche en un bar cuando escuchó a una anciana colombiana sobre estos contornos donde habita el tipo de personas que ha conocido en la calle, han sufrido, pero cuando le preguntó. —Y Usted cómo se siente—,  le respondió que los problemas son parte de la vida y estaba feliz. Les preguntó  a ellos y respondieron: — ¡todo bien, todo bien!  como el Pibe.

Ayer me miró sonriente en la esquina del Prometeo, hablamos despacio y con silencios, tomamos café, mientras tanto vi saltar sus fantasmas despavoridos, se le salían por entre los agujeros de sus oídos. Le decían, nos vamos a mirar correr el agua, el sol de la tarde que admiramos un día de estos. Tendremos mil mañanas para verlo cuando ilumina los nevados.

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